Regreso de J. M. Coetzee

El nobel de literatura 2003, J. M. Coetzee, volvió a nuestro país invitado por el Fondo de Cultura Económica y las universidades Central y Autónoma de Bucaramanga.

: Isaías Peña, director del Departamento de Humanidades y Letras de la Universidad Central; el nobel de literatura J. M. Coetzee; Rafael Santos, rector de la Universidad Central; el escritor Juan Gabriel Vásquez; Fernando Chaparro, vicerrector académico de la Universidad Central; y Oscar Godoy, docente de Creación Literaria de la Universidad Central.

En el enigmático carácter del escritor John Coetzee pocas son las sonrisas afloran. Pero el año pasado, en el almuerzo de despedida de su primer viaje a nuestro país, no solo le dio rienda suelta a su alegría, también afirmó que desde ese momento estaba pensando en volver a Colombia. Y no mintió. Este año incluyó a Bogotá y Bucaramanga en la gira de lanzamiento de su biblioteca personal, una colección de la editorial argentina El Hilo de Ariadna, que comprende doce clásicos de la literatura considerados por él como obras intensas y fundamentales en su formación como escritor.

Durante su viaje a Colombia, que concluyó este fin de semana, ofreció tres conferencias sobre dicha colección, acompañado por su colega y amiga María Soledad Constantini, directora del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, Malba, y de la editorial El Hilo de Ariadna. El 26 de agosto se presentó en el Auditorio Mayor Carlos Gómez Albarracín, de la Universidad Autónoma de Bucaramanga, durante la decimosegunda versión de la feria del libro de esa ciudad. Allí ofreció un conversatorio con el escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez frente a un auditorio de 800 personas.

A la Universidad Central asistió el 27 de agosto, donde precedió el foro Las lecturas de J. M. Coetzee en el Teatro de Bogotá, invitado por el Departamento de Humanidades y Letras, responsable de que él decidiera venir por primera vez a nuestro país en 2013, cuando el nobel fue el protagonista del primer seminario internacional de autor, en el marco del lanzamiento de la Maestría en Creación Literaria de ese centro educativo.

Finalmente, el 28 de agosto, Coetzee presentó la lectura de su cuento inédito A house in Spain, en el auditorio del Centro Cultural Gabriel García Márquez. Las lecturas fueron hechas en inglés por él mismo, de manera que el público pudo disfrutar la delicadeza de su pronunciación, enérgica y al mismo tiempo sosegada, como las olas de un mar en calma. Posteriormente, Constantini leía la traducción de los párrafos al castellano.

En las intervenciones que hizo en las dos universidades, el nobel se refirió a la Biblioteca Personal de Jorge Luis Borges como uno de los proyectos que inspiraron su nueva colección. No obstante, aseguró que “el proyecto de Borges no era demasiado ambicioso desde el punto de vista filosófico. De hecho, no era un proyecto filosófico, pues hacer una introducción de un canon literario alternativo era una tarea que habría podido hacer el Borges joven, mucho más aventurero, pero no era una tarea posible para el Borges anciano”. Al morir, el escritor argentino apenas había sacado 67 de los 100 libros que componían el listado.

Por ello, el objetivo de John Coetzee no fue, en absoluto, hacer una imitación de esa Biblioteca Personal, sino presentar una colección más humilde, de doce autores en traducción al castellano, a través de los libros que él consideró, habían sido escritos por sus autores en el punto más intenso de sus carreras literarias. No obstante, antes de hablar de las presencias, el nobel hizo referencia a las ausencias de su colección. La guerra y la paz, de León Tolstoi, así como los libros de Dostoyevski, Joyce y Proust no fueron incluidos porque han sido ampliamente editados en sus versiones en español y Coetzee quiso presentarnos obras menos conocidas. Con respecto al Quijote, consideró inapropiado recomendarles a los lectores hispanohablantes la mayor obra de la literatura castellana.

Por otro lado, según la Ley Internacional de Derechos de Autor, solo después de 70 años de fallecido un escritor su obra puede considerarse de dominio público y sus libros se pueden traducir y republicar libremente, así que Coetzee no pudo considerar autores fallecidos después de 1944, con excepción de Samuel Becket, quien murió en 1989, cuyos derechos de Watt tuvieron la fortuna de conseguir. Sin embargo, el nobel aseguró que le habría gustado incluir, entre otros, a William Faulkner y Albert Camus en su Biblioteca Personal.

Hasta ahora la editorial ha lanzado los libros La muerte de Iván Ilich / Patrón y peón / Hadji Murat, de León Tolstoi; El ayudante, de Robert Walser; Madame Bobary, de Gustave Flaubert; Tres mujeres / Uniones, de Robert Musil; La Marquesa de O. / Michael Kohlhaas, de Heinrich Von Kleist; y La letra escarlata, de Nathaniel Hawthorne. Con estos libros en sus manos, el nobel se dirigió al público para hablar poéticamente de ellas, haciendo alusión a la lucha intelectual y emocional de los autores que las escribieron.

Coetzee habló ampliamente de Walser, escritor suizo que pasó sus últimos años en una clínica psiquiátrica y al morir dejó una amplia obra escrita en letra diminuta, aunque aseguraba que “no estaba allí para escribir, sino para ser loco”. Al respecto, el nobel opina que, contrario a lo que se suele pensar, la locura no es un estado sagrado ni da acceso a un mundo que está más allá del alcance de la gente común. Tampoco es una condición que facilite la escritura, sino que por el contrario, la dificulta, al tiempo que hace al escritor un ser desgraciado.

Durante su intervención, el autor se refirió de manera particular al doceavo título de la colección, que constituye una antología de poesía y que será lanzado en 2015. “El mayor placer que tuve al armar esta biblioteca fue hacer la selección de los poetas cuya obra admiro y de la que he aprendido. Abarca desde poetas anónimos pertenecientes a la tradición oral africana y australiana hasta poetas más jóvenes que yo, en una gran variedad de lenguas”, aseguró Coetzee.

Cuando John Coetzee nos visitó en abril de 2013 se sorprendió gratamente por el gran número de lectores con quienes contaba en nuestro país. Las regalías de Colombia le llegan por Panamá, dijo, por lo que no se había imaginado que lo estuviéramos leyendo. Tal vez por eso, como un animal que ya conoce el camino y cuyos pasos se definen con mayor seguridad, este gran escritor regresó a nosotros y, de hecho, se mostró más abierto y espontáneo, firmó autógrafos voluntariamente al finalizar sus lecturas, sonrió mucho más y estuvo menos tenso con las cámaras, los cocteles y el roce social al que lo obliga la fama. A fin de cuentas, él mismo asegura que “un gran escritor se convierte en propiedad de todos nosotros”.

Descifrando a Coetzee

Hay tres razones por las cuales John Coetzee es objeto de admiración en el mundo de las letras. En primer lugar, por su prolífica obra literaria: 21 libros de novelas y ensayos publicados entre 1974 y 2014 que lo han hecho merecedor de los máximos galardones, entre ellos el Premio Nobel de Literatura 2003 y el Booker Prize, que recibió dos veces. Segundo, porque durante toda su vida ha sido profesor. Trabajó en las universidades de Texas y la Estatal de Nueva York, en Estados Unidos; en la de Ciudad del Cabo, en su país natal, Sudáfrica, donde estudio lengua y literatura inglesa y matemáticas y adonde regresó para ejercer como docente durante más de una década; y actualmente, en la Universidad de Adelaida, en Australia. Tercero, por una mezcla entre las circunstancias que han marcado su vida y el carácter que construyó en torno o, incluso, a pesar de ellas. Un carácter a menudo indescriptible, pero del cual se pueden destacar características que convierten a John Coetzee en un hombre excepcional.

Coetzee vivió en carne propia el crimen y censura del apartheid, una experiencia reveladora para el autor de Contra la censura, ensayos sobre la pasión de silenciar (1997), sobre la cual hablaría desde dos perspectivas en Verano (2009), una de sus obras autobiográficas. "(A John Coetzee) le ilusionaba pensar que un día la política y el Estado se desvanecerían. Yo llamaría a esa actitud utópica. Por otro lado, no movía un solo dedo con la esperanza de que esos anhelos utópicos llegaran a realizarse. Era demasiado calvinista para eso”. Más adelante, haciendo referencia a los sudafricanos de piel blanca, escribe: "Teníamos un derecho abstracto a estar allí, un derecho de nacimiento, pero la base de ese derecho era fraudulenta. Nuestra presencia se cimentaba en un delito, el de la conquista colonial, perpetuado por el apartheid. (...) Nos considerábamos transeúntes, residentes temporales, y en ese sentido sin hogar, sin patria”. ¿Será esta la principal razón que impulsó a John Coetzee a radicarse en Australia, e incluso a pronosticar que moriría en ese país, como lo relata en esa misma novela?

Este, como muchos otros aspectos de su personalidad, parece componer el enigmático rompecabezas para descifrar a John Coetzee, un autor que, contrario a casi todos sus contemporáneos, ha mantenido la vida privada al margen de la figura pública. No solo es reacio en su contacto con los medios sino que las muy pocas veces en las que les ofrece entrevistas a los periodistas, sus respuestas son lacónicas. “Coetzee siempre ha tenido ese defecto: tomarse las preguntas demasiado al pie de la letra, así como responderlas con excesiva brevedad. Esa gente no quiere respuestas breves. Quieren algo más pausado, más expansivo, algo que les permita discernir qué clase de individuo tienen delante”.

Del mismo modo en que nos atrae lo que está escondido y nos interesamos más por lo incomprensible, nos gusta Coetzee. Por qué nos gusta es mejor no explicarlo, pues como dice él mismo: “no estoy seguro de que resulte bueno ser demasiado consciente de los propios gustos, no vaya a ser que se petrifiquen y dejen de crecer”.

*Periodista y jefe de prensa de la Universidad Central.

 

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