"Todavía siento que no sé escribir una novela"

Eleanor Catton, la ganadora más joven del Booker Prize con ‘Las luminarias’.

Eleanor Catton / Flickr: melina1965

Que Las luminarias no es sólo un libro de aventuras se advierte desde que, antes de comenzar, su autora se encomienda a su “fe en la vasta y sabia influencia del cielo infinito”. Igual que se intuye que Eleanor Catton no es solamente una escritora de novelas de entretenimiento, incluso antes de sentarse a escuchar a esta joven que aprovecha la espera para leer su correo en el ordenador de un despacho ajeno, en la oficina de su agencia literaria londinense, a 18.000 kilómetros de su hogar.

Con Las luminarias, que Siruela acaba de publicar en España, Eleanor Catton se convirtió en 2013 en la autora más joven en ganar el Booker Prize (con 28 años, pero terminó el libro cuando tenía 27). Con más de 800 páginas, su novela fue la más larga distinguida jamás con el prestigioso galardón, que recaía por segunda vez en una obra escrita por un neozelandés, tras Keri Hulme. Y lo ganó el mismo año de 1985 en que Catton nació.

Todo empezó mirando a las estrellas. “El zodiaco es una historia en sí mismo”, explica. “Hay 12 etapas, es un movimiento muy estructurado. Cuanto más leía sobre ello, más me daba cuenta de que exhibe una verdad narrativa y psicológica. Hemos proyectado nuestras vidas interiores al cielo durante milenios y toda esa sabiduría está para ser investigada”.

En las estrellas atisbó una estructura, pero había que llenarla. Buscaba algo diferente a su primera novela, El ensayo general (Siruela), un relato íntimo sin una localización concreta. Eso le llevó a la lectura compulsiva de las novelas clásicas del siglo XIX. Quería ambientarla en Nueva Zelanda. Y juntando las dos ideas dio con una historia: la fiebre del oro de la costa oeste de Nueva Zelanda en el siglo XIX, sobre la que había oído hablar en la adolescencia, viajando en coche con su padre, filósofo, a través de las montañas.

Aquella fiebre del oro fue única. “Cuando se descubrió el oro la costa estaba deshabitada”, explica. “Era demasiado peligroso tratar de llegar por mar y el paso por las montañas no se había descubierto. El oro se descubre en 1864 y para 1865 había una civilización salida de la nada”, relata.

Decidió ambientar su novela en Hokitika, el lugar que el oro convirtió, en apenas dos años, en el asentamiento más poblado de Nueva Zelanda. “Leí los periódicos de la época. Fue maravilloso. Ahí está todo lo que puede pedir un novelista, lo que no está en los libros de historia. Gente real de la época que pone anuncios, que manda cartas al director…”.

En 1866 habitaban Hokitika más de 25.000 personas, en su mayoría hombres que huían de un pasado y soñaban con un fruto dorado. Hombres como Walter Moody, protagonista de Las luminarias, que llega a buscar fortuna y encuentra, en el salón de un hotel, una reunión secreta de 12 lugareños que le arrastra a un misterio que rodea una serie de asesinatos no resueltos.

Ya tenía una historia y una estructura. Ahora había que tejerlas. “Con la ayuda de un programa informático estudié lo que pasaba en el cielo de Hokitika desde el día en que se descubrió el oro en 1864. En determinadas latitudes, Mercurio solo es visible durante el verano. Moody sería, pues, mi personaje Mercurio. Llegaría en el medio del verano austral, al final de enero, impondría un orden a la historia y desaparecería. La trama del libro fue surgiendo de las cartas astrales”. Cada uno de los personajes del salón está asociado a un signo del zodiaco y se comporta como él; cada uno es el protagonista de un capítulo, y la extensión de cada capítulo es la mitad del anterior.

Le salió un libro de 800 páginas. “No creo que vuelva a escribir nunca algo ni de lejos tan largo”, asegura. “Exiges mucho al lector con una novela tan grande, por eso me asustaba que fuera aburrido. El libro es tan experimental en la estructura que tenía que haber una recompensa, y esa recompensa es la historia”.


Los derechos ya han sido adquiridos para hacer una serie de televisión. Y entre tanto, con el dinero de los premios, Catton ha creado una peculiar beca. Una que regala a los escritores tiempo para leer. “Los premiados se llevan el dinero, leen lo que quieran durante un tiempo y escriben algo en respuesta que luego se publicará en la web”, explica.

En las estrellas, Catton observa males de estos tiempos. “Es imposible ignorar las estrellas si vives en Nueva Zelanda”, explica. “He tenido esa experiencia de levantarme en medio de la noche y quedarme pasmada. Me hace pensar que el hecho de no ver ya las estrellas es una de las cosas que más nos separan de nuestros ancestros. Nos hemos vuelto muy individualistas y desdeñosos con la idea del destino. Me pregunto cuánto de eso tiene que ver con que no tenemos todas las noches la sensación de cuán insignificantes somos en medio de ese extraordinario tapiz de estrellas que puedes ver a salvo de la polución lumínica”. Catton sigue viviendo cerca de las estrellas en Auckland, con su novio poeta. Haber logrado tanto tan joven la asusta. “Todavía siento que no sé escribir una novela. Sé escribir dos, ya las he escrito. El éxito es algo muy privado. Tienes que ser firme. Debes ser capaz de cerrar la puerta y sentarte con tu libro y tu ordenador. Ese es tu mundo”.

 

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