Alan Rusbridger dejará The Guardian

El hombre que convirtió al periódico en uno de los medios más consultados y respetados del planeta. El mismo hombre que defendió las revelaciones de Edward Snowden y que, por primera vez, acogió los documentos de Julian Assange y Wikileaks.

Alan Rusbridger. /AFP

Alan Rusbridger ha sido el editor del diario inglés The Guardian desde 1995. Dicho de otra forma, Rusbridger ha estado frente al periódico mientras éste se transformó de una plataforma de papel a un negocio con corazón digital en una de las épocas más difíciles para un oficio tan indispensable, como complicado de mantener financieramente.

Y si el panorama en los años 90 no era halagador para los periódicos, y en general para las organizaciones mediáticas que no habían entrado en la red (o sea, prácticamente todas), la cosa tampoco cambió demasiado en la primera década del nuevo siglo y después se puso peor, incluso.

Peor en varios sentidos, principalmente en el lado económico de la ecuación, pero peor también porque con la entrada de lo digital, el reino del bit y el electrón, no sólo cambió el modelo de negocios del periodismo, sino los peligros para la profesión como tal.

Rusbridger ha sido uno de los pararrayos de un movimiento global en contra de la vigilancia sistemática de los gobiernos, pero también uno de los defensores de un oficio juicioso y responsable con la información: tanto The Guardian, como su editor, se han logrado posicionar en una especie de punto medio entre las amenazas de la era digital y sus beneficios que, sobreexplotados, terminan por ser tan dañinos como su otro extremo.

Ambos casos están representados por las revelaciones de Edward Snowden y las de Julian Assange y Wikileaks. En los dos escenarios, Rusbridger y su equipo terminaron por sentar una serie de estándares y precedentes que, con una certeza casi probada, terminarán por afectar la forma como se desenvuelve el oficio en medio de una revolución que, en opinión de algunos, apenas está empezando a madurar.

Durante las revelaciones de Edward Snowden (extécnico de la CIA hoy refugiado en Rusia), Rusbridger entabló una conversación profunda y necesaria acerca de cuáles son los límites de un gobierno para protegerse y, al menos en el papel, proteger a sus ciudadanos: ¿qué tan válido es quebrantar todos los principios que sostienen a un Estado en defensa del Estado? Y en la mitad de esta encrucijada moral y ética también se abrió una conversación acerca de las posibilidades y alcances del periodismo, el reporte de los hechos para formar un electorado informado y maduro, en medio de una de las mayores filtraciones de documentos y acciones secretas de la historia.

Claro, detrás de Rusbridger también existieron los hombres del escándalo de los papeles del Pentágono o incluso de Watergate, pero lo crucial acá, la diferencia esencial, es que a través de un medio tecnológico, la relación entre periodismo, lectores y gobernantes se redefinió en términos de alcance y utilidad: el mismo dilema moral, sólo que agrandado por un factor de 100, 1.000, 10.000.

En cierto punto, los servicios de inteligencia británicos requirieron que todos los documentos de Snowden que tenía The Guardian fueran destruidos, una acción polémica y extrema, por decir lo menos: el periódico continuó reportando sobre el tema y su editor llegó a tener por lo menos 100 reuniones con agencias de inteligencia de su país y de Estados Unidos en apenas unos meses. Con elegancia, aunque con persistencia, Rusbridger llegó al parlamento inglés en diciembre del año pasado para condenar y, claro, resistir. El periódico ganó un premio Pulitzer por su trabajo en el escándalo destapado por Snowden, entre una constelación de reconocimientos en varias latitudes.

El caso Assange/Wikileaks fue un animal bien diferente, aunque también algo parecido. Una filtración masiva a través de medios digitales de documentos clasificados que desnudaban algunas de las conductas reprobables y ciertamente vergonzosas de varias instituciones del gobierno estadounidense. En este asunto, The Guardian sumó esfuerzos a The New York Times y Der Spiegel, aunque buena parte del conflicto con Assange fue un asunto que estalló en la cara del periódico británico. La necesidad en este punto fue tratar responsablemente la información de una fuente que, en el relato oficial, comenzó a comportarse más como una celebridad que como un periodista, un interesado en difundir los datos.

Las filtraciones de Assange, hasta cierto punto, exponían la vida de personas en terrenos como Afganistán e Irak. Tanto The Guardian, como sus compañeros mediáticos, debieron editar los datos duros y crudos que traía Wikileaks, una jugada que comenzó rápidamente a amargar la relación de Assange con sus aliados de publicación. Si bien esta es la versión oficial, lo cierto es que el vínculo entre el portal en línea y los medios terminó por romperse inexorablemente.

The Guardian es hoy uno de los periódicos en inglés más consultados del planeta. Pero, sin duda, es el medio de comunicación con acceso gratuito a su sitio web más reputado y grande. Toda una hazaña en términos comerciales que se explica, en buena parte, gracias al inusual modelo de negocios del medio.

El periódico depende en gran medida del manejo de un fondo, una especie de fidecomiso, conocido como Scott Ttrust, que fue establecido desde el nacimiento de The Guardian con la intención de liberar el periodismo de las presiones del mercado: reportar sin atarse a los anunciantes, o al menos hacerlo en la mayor parte posible.

Esto ha permitido que la empresa crezca y su plataforma digital se mantenga abierta, pues, si bien tiene publicidad, no está atada de por vida a la rentabilidad del departamento de mercadeo, sino al manejo cuidadoso del fondo.

Rusbridger pasará, a mediados del próximo año, a dirigir éste fondo. Aún no ha sido anunciado su reemplazo.
 

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