La autocensura después del atentado a Charlie Hebdo

En vez de restringir la publicación de material que pueda resultar provocador, se necesitan mecanismos para proteger el derecho a la libertad de expresión.

La masacre cometida en la redacción del semanario francés Charlie Hebdo plantea una amenaza contra el ejercicio de la libertad de expresión. Para los directores de medios en EE.UU. y Europa, donde los fundamentalistas violentos pueden estar a la vuelta de la esquina, no fue tan fácil tomar la decisión de republicar las caricaturas sobre Mahoma hechas por la revista satírica. A raíz del atentado, muchos editores en el mundo se han visto ante el desafío de buscar un balance entre proteger la libertad de expresión sin ofender a los musulmanes y sin poner en peligro su propia vida, la de sus periodistas y el futuro de sus empresas.

Mientras una buena parte de la prensa mundial respondió al ataque reivindicando el derecho a la libertad de prensa y republicando las sátiras que habrían desatado las represalias contra el semanario francés, otros medios (entre ellos CNN, Al Jazeera America, el New York Daily News y el diario británico Telegraph) optaron por no publicarlas o por difuminarlas. En el caso de CNN, que no publicó las caricaturas, se conoció un memo enviado por el director editorial Richard Griffiths a sus trabajadores: “Aunque no estamos mostrando por ahora las caricaturas… que son consideradas ofensivas por muchos musulmanes, animamos a las plataformas a describir verbalmente las caricaturas en detalle. Esta es una clave para entender la naturaleza del ataque contra la revista y la tensión entre la libertad de expresión y el respeto por la religión”.


La libertad de expresión, como se concibe en Occidente, es un derecho humano fundamental para el ejercicio de la democracia. Como han señalado diversos organismos internacionales, entre estos la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), las expresiones satíricas, como parte de aquellas que pueden chocar o inquietar a cualquier sector de la población, también se encuentran protegidas por el derecho a la libertad de expresión. Por más provocadoras que puedan ser, entonces, se debe garantizar el derecho de los periodistas (los caricaturistas están incluidos en esta definición) a publicarlas.

Siguiendo estos estándares, gobiernos de Occidente se han negado a considerar un delito la publicación de ataques contra las religiones, a pesar de la presión de algunos sectores musulmanes. Por ejemplo, en 2007, tras una denuncia interpuesta contra Charlie Hebdo, la justicia francesa decidió que las caricaturas estaban amparadas por el derecho a la libertad de expresión y que no atacaban al Islam sino a los fundamentalistas violentos. El poder judicial en países como Dinamarca y Reino Unido, donde sectores musulmanes también han interpuesto demandas contra medios de comunicación, ha sido similar.

En los estados musulmanes el discurso sobre la libertad de expresión es muy distinto. Y también lo es para muchos musulmanes que viven en países de Occidente. El islam es una religión esencialmente iconoclasta: las imágenes de dios y su profeta Mahoma no deben representarse, mucho menos en modo de burla. La crítica o la oposición a las autoridades religiosas es reprimida con fuerza en muchas de estas sociedades. Los sectores más radicales de los musulmanes, muy apegados a estas prohibiciones, suelen estallar con furia cuando se ofende su religión. Así fue cuando Charlie Hebdo publicó caricaturas de Mahoma, cuando oficiales del ejército estadounidense quemaron ediciones del Corán en Bagram -la mayor base militar de ese país en Afganistán-, o cuando fue lanzada en EE.UU. una película que ridiculizaba al profeta y lo pintaba como un promiscuo.

La autocensura implicaría la negación de valores que soportan la sociedad occidental: la democracia y los derechos humanos. “No debemos dejar de ser nosotros mismos por esta clase de ataques (…) si nos autocensuramos, si cambiamos la forma en que vivimos y en que pensamos, eso le da a los terroristas una victoria. Lo último que debemos hacer es dar a estos fanáticos malignos cualquier tipo de triunfo", fue la reacción del primer ministro australiano Tony Abbott frente al debate sobre la autocensura en algunos medios de su país.

Asimismo, el instituto Robert F. Kennedy Human Rights (RFK) ha señalado que “al autocensurarse los periodistas están obedeciendo a la intimidación por parte de quienes quieren silenciar el intercambio de opiniones y restringir el ejercicio de la libertad de expresión”.

En el mismo sentido se pronunció Tim Wolff, editor de la revista alemana Titanic, conocida por publicar sátiras controversiales similares a las producidas por Charlie Hebdo. En una entrevista con la Deutsche Welle, dijo que “si estos ataques (contra el semanario francés) son el trabajo de los islamistas, esto hace a la sátira incluso más relevante (…) después de esos ataques debe haber más sátira, ese será el caso de nuestra revista también”.

En vez de la autocensura, entonces, lo que se necesitaría es protección para los periodistas. Garantizar que la labor de quienes se toman en serio el ejercicio de este derecho a la libertad de expresión, como lo hacían los trabajadores de Charlie Hebdo, no implique poner en riesgo sus vidas. A raíz del atentado, múltiples organizaciones han llamado a los Estados a fortalecer los mecanismos para proteger la libertad de expresión de los periodistas y los ciudadanos en general. El RFK, por ejemplo, reiteró su llamado sobre la necesidad de un mecanismo interestatal para la protección de comunicadores y exhortó al Consejo de Derechos Humanos de la ONU a establecer una declaración sobre la importancia de la prensa libre y la protección de periodistas.

 

 

 

 

@DanielSalgar1