El periodismo, ¿gran perdedor de las elecciones?

En este texto, un periodista hace el examen crítico al papel que jugaron los medios de comunicación en las pasadas elecciones, en particular durante las últimas semanas, cuando solo quedaban dos candidatos: Iván Duque y Gustavo Petro.

Iván Duque Márquez responde preguntas durante la campaña presidencial de 2018.Archivo / El Espectador

Por: Jorge Eduardo Espinosa, especial para El Espectador

La credibilidad del periodismo está en crisis. Aquello no es novedad. Hace 10 años, cuando entré por primera vez a una sala de redacción, ya había desconfianza entre el público, pero el alcance de las críticas era limitado. Eso cambiaría pronto. Las redes sociales como Facebook, fundada en 2004, y Twitter, fundada en 2006, eran ya experimentos prometedores pero reducidos entre el público hispanohablante. Solo hasta el primer trimestre del 2008 la empresa de Mark Zuckerberg, Facebook, lanzaba las versiones en español, alemán y francés y en agosto de ese mismo año alcanzaba 100 millones de usuarios. A partir de la masificación de las redes el ejercicio periodístico nunca volvería a ser el mismo. Ya no se trataba de informar al público desde una tribuna vertical inalcanzable, sino desde una plataforma horizontal y de contacto permanente con los lectores.

Fue entonces cuando las opiniones sobre el periodismo de quienes compraban el periódico, oían la radio o veían los noticieros de televisión empezaron a circular por las redes y los periodistas, esta vez desde el otro lado de la pantalla, tuvimos que aprender a responder, en vivo y en directo, por el contenido y la calidad de nuestro trabajo. La auditoría permanente tuvo una ventaja: era necesario oír al público, entender lo que pensaban y sentían sobre el ejercicio periodístico, en fin, acercarse a la gente, que en definitiva es la esencia misma de nuestro trabajo.

También tuvo –y tiene- desventajas. Como bien anotaba la filósofa española Adela Cortina en una columna de opinión en El País de España, hoy más que nunca “Necesitamos un periodismo competente, que no se limite a decidir qué es de interés público con el “me gusta” o el “no me gusta”.” La idea de Cortina, que no sobra repetir como mantra, es que las plataformas sociales como Facebook o Twitter no se crearon para servir a los valores democráticos, sino para ofrecer experiencias “atractivas”. El buen periodismo, por otra parte, debería ser incómodo, molesto, desagradable al poder, y debe servir, también, para fortalecer la democracia.

Siguiendo pues con la idea de Cortina sobre un periodismo competente que no decida con base en los “me gusta” o los “likes” de las redes, propongo entonces un examen crítico del papel del periodismo nacional en las elecciones presidenciales. Lo que quiero decir es que ningún análisis serio sobre el desempeño de la prensa se puede hacer en 140 caracteres, ni en un hilo de Twitter, ni en un post de 100 palabras en Facebook. También, trataré de limitar este texto al análisis de las últimas semanas de la campaña cuando solo quedaban dos candidatos: Iván Duque y Gustavo Petro.

La premisa general, compartida por algunos colegas como Mario Morales en su columna de Razón Pública es que el periodismo perdió las elecciones. Recuerda Morales, con razón, que el único activo que tenemos quienes ejercemos este oficio es la credibilidad, y que la perdimos en estas semanas de pasión. Menciona, como tantos usuarios en las redes, que fue evidente el sesgo en el cubrimiento y el doble rasero en las entrevistas a los candidatos.

El candidato favorito del establecimiento, incluyendo buena parte de la clase política tradicional, era Iván Duque. Por tanto, fue Gustavo Petro la víctima permanente de un cubrimiento injusto, sesgado y deshonesto. Esta narrativa no es nueva, ni surgió en el transcurso de estas elecciones. Durante los cuatro años de la alcaldía de la Bogotá Humana muchos ciudadanos sintieron (sobre todo en Bogotá, pero no solamente) que el periodismo dejó de hacer su trabajo para dedicarse a destrozar el proyecto político de Petro.

Esta idea se reforzó luego con el regreso a la alcaldía de Enrique Peñalosa, que contó durante meses con una tolerancia por parte de esos mismos medios que antes, sin contemplación, criticaron a Petro desde el día mismo de su posesión. Mientras a Peñalosa se le consideraba en algunos medios como un “incomprendido”, a Petro lo graduaban como un pésimo administrador de una ciudad que estaba cerca del apocalipsis. La sensación de muchos petristas, y de algunos otros que no lo eran, era que todos los medios, sin excepción, estaban en contra de la Bogotá Humana. No había matices a la hora de analizar el cubrimiento periodístico: los medios, todos, odiaban a Petro y querían acabar con su gobierno.

¿Era así? El entonces director de Semana.com, Armando Neira, escribía en un artículo del 2015 que “sin duda había periodistas muy influyentes y con altos niveles de audiencia que detestaban a Petro y que se mostraban obsesionados en transmitir sólo informaciones negativas” sobre su alcaldía.

Este factor, que llamaré de visibilidad, es muy importante en este análisis. Cuando un periodista muy mediático, es decir que tiene muchos seguidores en sus redes o tiene audiencia amplia, muestra un evidente doble rasero y un sesgo en sus opiniones y cuestionamientos, la conclusión inmediata puede ser que el periodismo, todo, está en contra de un determinado candidato. Esa visibilidad de uno (o varios) periodistas tiene mayor impacto en la crítica que, pongamos, los reportajes, crónicas y entrevistas que se publican cada semana sobre esos mismos asuntos.

Así, en muchas de las críticas al periodismo nacional en estas elecciones, se citan como ejemplos incontrovertibles del desastre algunas entrevistas radiales a Gustavo Petro. Carlos Cortés, periodista y colaborador de La Silla Vacía con sus videos de La Mesa de Centro, afirma que durante la campaña hubo unos episodios y unas caras visibles que marcaron la discusión sobre el papel de los medios. En el mismo sentido opina Ana Marcos, periodista española que trabaja como corresponsal en Colombia de El País de España: “algunas radios eran exageradas en el trato entre un candidato y otro, era evidente el sesgo a favor de Duque”.

Uno de los episodios más citados, con razón, tuvo que ver con unos zapatos. Lo que no debió pasar de ser una anécdota simpática en una revista de variedades, se convirtió de repente en un cuestionamiento “serio” y permanente al entonces candidato Petro. La lógica, tramposa, era esta: ¿por qué un señor que dice ser de izquierda calza unos Ferragamo? Algunos periodistas, equivocados, formularon más o menos la siguiente ecuación: “el expropiador castrochavista que usa Salvatore Ferragamo, qué horror”. Sin duda atractivo para el número de clicks, pero inútil para un ejercicio democrático informado. Marcos, que por primera vez cubría unas elecciones en Colombia, se pregunta qué importancia tiene hablar de zapatos en un país que atraviesa una etapa de cambio político y social tan importante. “Esto no es Suecia”, concluye.

Las redes, que por su naturaleza pueden amplificar y volver tendencia los asuntos más triviales, colaboraron sustancialmente a extender la idea de que los tres o cuatro periodistas que preguntaban sobre los Ferragamo de alguna manera representaban al periodismo colombiano. Y, en ese mismo sentido, a percibir que lo único que interesaba al periodismo nacional era desacreditar a Petro con artimañas mediocres e ideas preconcebidas. Marcos, igual que la reportera de La Silla Vacía Laura Ardila, se preguntan qué tan justo es reducir el trabajo periodístico de cientos de colegas a 3 o 4 entrevistas. Ambas coinciden en que el sesgo a favor de Duque fue evidente en algunos episodios, pero rescatan también el trabajo de periodistas que trataron de hacer un cubrimiento honesto y transparente.

La revista Semana, por ejemplo, hizo un análisis sobre las cifras de vivienda durante la alcaldía de Petro en Bogotá, desmintiendo la percepción de que nada se hizo durante su gestión. El Espectador, cuando terminó su alcaldía, escribió este artículo señalando porcentajes de cumplimiento de su plan de gobierno. La Silla Vacía está tratando, desde antes de la elección, de hacer una verificación de las afirmaciones de los políticos de turno. Su detector de mentiras, que seguro es susceptible de mejorar, es un ejercicio honesto y trabajado de periodismo fact check.

No se trata de arrodillarse y aplaudir a los periodistas que hicieron bien su trabajo, faltaba más; se trata más bien de percibir los grises en las afirmaciones generales. Petro, durante la campaña, dijo varias veces que los medios (de nuevo generalizando) no habían contado que la pobreza en Bogotá se redujo durante su administración. Esa certeza de Petro -que los medios no lo contaron-, que no es cierta (https://www.elespectador.com/noticias/bogota/pobreza-bogota-ha-disminuido-mitad-petro-articulo-551396), indica el mismo patrón de visibilidad que señalaba arriba: que dos o tres periodistas “famosos” o “célebres” no lo cuenten en sus espacios, no quiere decir que el periodismo entero lo silencie también.

Porque, vamos a ver, ¿de quién depende que un periodista sea visible? En buena medida de las audiencias que tiene, de la gente que lo sigue, que lo replica, que lo oye y lo lee como una fuente de información e incluso, siguiendo esa tendencia algo morbosa a oír, ver o leer lo que nos indigna, de desinformación.

La paradoja consiste en que, con frecuencia, las críticas en las redes a los periodistas más conocidos sirven para amplificar sus equivocaciones y sus sesgos cuando, por ejemplo, la pregunta sobre los Ferragamo se vuelve tendencia por una semana. También, del lado de la audiencia crítica, debería cuestionarse por qué no fueron tendencia los múltiples artículos que destacaban los logros de su alcaldía y, pongamos, la importancia de sus propuestas ambientales, así como otras entrevistas radiales que fueron respetuosas, serias y sin sesgos.

No debería ser difícil de entender por qué las equivocaciones de un puñado de periodistas no representan al total del periodismo nacional, incluso si aquellos tienen una enorme visibilidad. Una posible conclusión, entonces, es que quien perdió no fue el periodismo, sino algunos periodistas, señala Rodrigo Pardo, director editorial de la revista Semana. Recuerda, además, que esa revista fue acusada de “petrista” porque dos de los columnistas del impreso escribieron que votarían por ese candidato y porque una portada antes de la primera vuelta mostraba, solo, al candidato de la Colombia Humana. “El fenómeno era el crecimiento de Petro”, argumenta Pardo.

Hay también quien cree que la labor velada de los medios, y por tanto de los periodistas colombianos, es engañar deliberadamente a los lectores. Habrá, como en cualquier otro oficio, individuos deshonestos entre nosotros, pero no son la mayoría. Los reporteros en las salas de redacción del país (país que no solo está en Bogotá, que ejerce un periodismo más cómodo) están haciendo, cada día, un esfuerzo por contar las historias que merecen ser contadas, con frecuencia en contextos complejos para su integridad. Aquel que siempre parte de la mala fe del periodista está necesariamente contribuyendo al deterioro de múltiples fuentes de información que son valiosas para la democracia. Acabar a todo un gremio con una generalización ligera no ayuda a combatir la desinformación, la fomenta. No es gratuito que el encabezado de muchas cadenas venenosas de Whatsapp diga algo como “Envie (sic) este mensaje a todos sus contactos porque los grandes medios se lo van a ocultar” o alguna otra frase semajante. No es que no se pueda criticar a los medios, es que limitarse al ataque general como premisa es injusto y es peligroso.

La periodista y profesora Ana Cristina Restrepo, cuando le pregunto por el desempeño de los medios en el cubrimiento de las elecciones, señala como contexto dos factores preocupantes. Por una parte, una cercanía evidente de los medios con el poder, y por otro, la práctica muy cuestionable de disfrazar opinión como información.

"Se infundió miedo, se hacían cubrimientos para hacerle pensar a la gente que esto se volvería Venezuela, titulares que infundían miedo, se sobredimensionaron los supuestos efectos perversos del proceso de paz". La reflexión de Restrepo lleva implícita una pregunta que, si se trata de reflexionar, los periodistas del país tendríamos que debatir seriamente: ¿qué tan culpable fue el periodismo en el crecimiento exponencial de términos como "castrochavismo" y de frases efectistas que advertían de la inminente (y claramente falsa) llegada de la guerrilla al poder? ¿Introdujimos en el debate electoral más de lo debido estas preconcepciones? En otras palabras, ¿hablamos mucho de ello?, ¿le dimos demasiada importancia? No siempre que se debatía sobre el "castrochavismo" se hacía para reforzar la idea de su inmimencia, al contrario, se hacía para desmentir sus premisas. ¿Logramos algunos de nosotros, sin pretenderlo, justo lo opuesto a lo que pretendíamos?

El cronista y periodista argentino Martín Caparrós defiende esta atractiva idea de que el periodismo debería escribirse contra el público. El argumento de Caparrós es que los medios nos inventamos tantos medios –Me gusta, Like, Fav, RT, Ay qué rico- para reducir el oficio a una categoría estadística medible: cuántos clicks tenemos, qué es lo más compartido, comentado, etc. que con frecuencia rellenamos las plataformas “de listas y consejos y dietas y tetas”.

Nuestra evidente crisis de credibilidad también tiene que ver con esta decisión, consciente, de someternos al inclemente ritmo de la oferta y la demanda de información. Lo que es de interés, lo sabemos, nunca será lo más taquillero, pero seguirá siendo lo fundamental. Y en esto, además, la formación crítica del público.

Quiero decir que, con frecuencia, ocurría que un artículo periodístico que criticaba la propuesta económica de uno de los candidatos era señalado como una paparrucha de los medios en contra del político de sus amores. Esa tendencia, que tampoco es nueva, ha visto su cara más visible en Estados Unidos. Muchos de los seguidores de Trump, 46% según una encuesta de diciembre del 2017 de Politico–Morning Consult poll, creen que los medios inventan historias sobre el presidente.

No todas las críticas desde los medios a los candidatos durante la campaña electoral tenían la socarrona intención de difamar su proyecto electoral. Hubo historias, me dice Laura Ardila de La Silla Vacía, que cuestionaban puntos de la campaña de los dos candidatos, y que algunos seguidores interpretaron como un engaño premeditado y personal contra el político. "Algunos trataron de graduarnos de mentirosos y de malos periodistas por cuestionar algunas de las promesas de campaña".

Es posible, claro, debatirlo todo, estar siempre en desacuerdo con las publicaciones de un medio, pero no es posible debatir si la primera acusación, cuando hay un desacuerdo, es descalificar el trabajo periodístico como "mentiroso".

Las campañas electorales retan, como pocos acontecimientos, al periodismo. En Colombia, en los últimos años, la prensa ha tenido que lidiar con el cubrimiento de un proceso de paz que todavía no termina y con unas elecciones en las que se enfrentaron dos visiones opuestas de país. Uno de los mayores males que tiene nuestro oficio es la falta de autocrítica y la permanente incapacidad para reconocer que cometemos, cada día, errores que importan y que tienen una repercusión en nuestras vidas. Este ejercicio, preliminar, pretende también abrir una conversación sobre un activo fundamental de la democracia: el ejercicio periodístico. Lo creo así con profunda convicción.

@espinosaradio

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