Desde “Doña Rita” hasta “Voz Populi”

En la radio la risa no se apaga

El humor ha estado presente en este medio prácticamente desde su nacimiento. El alcance y los formatos flexibles han permitido tener productos tan longevos como “La Luciérnaga”.

En “La Luciérnaga”, el humor ha tomado la forma de cuentachistes, pero también de crítica política. Archivo.

“Siempre hubo humor en radio”, dice Hernán Peláez, uno de los principales testigos del desarrollo de este medio en Colombia. Si bien el programa que dirigió hasta 2014, La Luciérnaga, es considerado un producto emblemático del humor y el humor político en el país, es innegable la tradición en estos géneros que, durante décadas, ha sido construida por muchos talentos, carcajada a carcajada.

La Escuelita de Doña Rita o Emeterio y Felipe, Los Tolimenses, seguro están entre los nombres que vienen a la cabeza a la hora de rememorar el humor entre pícaro e inocente, con una impronta de las costumbres colombianas (aunque algunos de los formatos fueran importados, de Cuba, por ejemplo), que se consolidó hacia mediados del siglo pasado. “El humor siempre ha sido partícipe en la radio”, coincide Jorge Alfredo Vargas, director de Voz Populi, de Blu Radio.

Según Peláez, cuando apareció La Luciérnaga, en 1992, “el país estaba más preparado” para el tipo de información y de crítica que se empezó a hacer desde esos micrófonos. Colombia acababa de expedir la nueva Constitución política, un manifiesto de modernidad en medio de violencia y narcotráfico que reconoció la diversidad étnica y cultural de la nación, al tiempo que promovió la libertad de expresión y prohibió la censura.

Era un panorama diferente al que se enfrentaron personajes como Antonio Ramírez, Hernando Latorre y Humberto Martínez Salcedo, primero en La Cantaleta y luego en El Pereque. Como contó Ramírez en Las Joyas de la Corona, de Señal Memoria, era usual que los anunciantes presionaran a las emisoras y que los gobiernos —del Frente Nacional, en esa época— ordenaran suspender programas porque el contenido les molestaba.

Lo que Peláez denomina “contrapunteo” y “burla al tema político y a los políticos” que existía antes de 1992, ahora era una propuesta que, para Vargas, tenía la intención de reencontrar a la gente con la radio a raíz de los apagones del mismo año. El exdirector de La Luciérnaga cuenta que, entre las claves, estuvo mezclar un humor de cuentachistes y otro humor más fino y crítico, humor político.

También, considera que un acierto para mantener a las audiencias es estar al día, “trabajar con personajes del momento, actualizados”: el ministro, presidente o político del momento. Si bien en el humor hay fórmulas o “recetas”, hay que saber prepararlas, en palabras de Vargas. Quizá por lo mismo algunos de los chistes de Montecristo (Guillermo Zuluaga) o de Los Tolimenses hoy no solo estarían fueran de onda, sino que generarían indignación colectiva por ser considerados discriminatorios, sexistas o racistas.

En televisión, el humor político ha sido más bien inconstante, y sobre todo después del asesinato de Jaime Garzón y del cambio en el modelo económico del negocio en los años 90. Al menos, ninguna producción ha durado tanto como La Luciérnaga. Para Peláez, la longevidad del programa ha radicado no solo en que la radio tiene mayor alcance —incluso en quienes no saben leer o escribir—, sino en que la producción puede ser mucho más flexible.

“En radio usted tiene a cinco o seis personas y con eso hace veinte personajes (solo con la voz). En televisión es más difícil, por costos, por producción… La TV tiene más limitantes, y tiene que ser un tipo de humor muy cautivante”, dice. “Si Garzón no estaba en el programa, no servía. En radio no. En mi época rotaba a los humoristas; el programa se podía hacer con uno, dos o tres o ninguno”.

Uno de los aportes del humor y en particular del humor político en radio, dice Peláez, ha sido despertar la curiosidad del público: para entender el chiste o la crítica, como oyente, debo estar informado, y, si no conozco la polémica del momento, sobre todo si me están hablando de ella de 4 a 7 p.m. toda la semana, averiguo de qué se trata. Un poco en el mismo sentido apunta la fórmula de Voz Populi: dar información, luego opinión y luego humor. Si tengo la noticia y luego el análisis, cuento con las herramientas para entender la sátira o la crítica a través del humor y, así, reírme o indignarme. En el humor político no siempre hay risa.

Estos géneros y formatos se enfrentan a un reto: el de transformarse para las nuevas generaciones, usuarias de nuevas plataformas e incluso portadoras de nuevos valores e idiosincrasias. Sin embargo, es claro que los escritores siguen teniendo un punto a favor: la cantidad de materia prima en nuestra política para hacer humor. No será un problema para la versión televisiva de Voz Populi pasar de media hora a una hora completa de programa próximamente. Como dice Vargas, hay mucha papaya.

 
 

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María Alejandra Medina / @alejandra_mdn

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