Falleció el periodista Enrique Alvarado

Durante casi cuatro décadas ejerció en El Espectador, 23 de ellos como jefe de redacción nocturno. Después se dedicó a la cátedra hasta los 85 años.

A sus noventa años, en silencio como fue la mayoría de su vida, se fue Enrique Alvarado y con él un personaje discreto pero laborioso, que lo dejó todo en el periodismo y la cátedra.Cortesía

Cuando Guillermo Cano Isaza entró a El Espectador de sus mayores, los jefes eran ellos, Luis y Gabriel Cano, pero en la redacción los que daban las órdenes eran Alberto Galindo y Darío Bautista. En algún recoveco de la nómina de redactores, linotipistas o ayudantes, ya circulaba Enrique Alvarado Sotomayor. Como correspondía a los que se asomaban al mundo de los diarios, se empezaba desde pasando cables, levantando textos en máquina de escribir, revelando fotos, o comprando los cigarrillos. De todo hizo Enrique Alvarado hasta que se convirtió en redactor de planta.

En los días difíciles de la censura, o en los tiempos de la dictadura de Rojas Pinilla, los aportes de Enrique Alvarado le fueron dando importancia en la redacción a la hora de los cierres. Pero también fue protagonista cuando la ocasión fue la hípica, y todos se convirtieron en una sola cofradía de amigos encantados por las carreras de caballos. A tal punto llegó la euforia, que el propio Guillermo Cano decidió comprar a buen precio un potro llamado Pasto de Oro, que apenas ganó una carrera. Ese caballo lo compraron entre Guillermo Cano y Enrique Alvarado, porque así era el director y así Alvarado.

Después el director compró Mona Belle, una yegua del criadero de Las Mercedes que tampoco triunfó. Así recordaba Enrique Alvarado estas épocas: “Era un tiempo de pronósticos diarios y una afición sin límite. Alrededor de Mariano San Ildelfonso se creó un fogón de amigos de la hípica que nos llevó a ilusionarnos como propietarios y apostadores”. Alvarado siempre admitió que el único que sabía montar los caballos era Luis Palomino, pero que los que conocían de hípica en el periódico eran Mike Forero, Lucio Duzán, Alfonso Palacio Rudas y Guillermo “El Mago” Dávila.

El 31 de octubre de 1963, después de 13 horas de trasteo con grúas, remolcadores y hasta zorras, se produjo la primera edición en la nueva sede situada en la avenida 68 con calle 22 A. En medio de los cambios administrativos y empresariales que trajo también el traslado del periódico de la avenida Jiménez al occidente de Bogotá, hubo relevos en la redacción. Darío Bautista asumió la subdirección, y Guillermo Lanao y Enrique Alvarado se convirtieron en jefes de redacción, diurno y nocturno, en una época en que las noticias malas empezaron a proliferar.

En esa redacción, que fue la que armó Guillermo Cano desde su intuición y su conocimiento, uno de los silenciosos guardianes fue Enrique Alvarado Sotomayor. Si lo había visto todo cuando llegó Gabriel García Márquez en los años 50 a revolucionar la escritura periodística de crónicas y reportajes, ahora en los años 60, junto a los estelares de una generación inolvidable -Carlos Murcia, Oscar Alarcón, Antonio Andrauss, Luis de Castro o Rufino Acosta-, Enrique Alvarado volvió a ser testigo de una generación magnífica. Lo hizo hasta poco antes de que mataran al director.

Fue el momento en que también Darío Bautista, Guillermo Lanao y Enrique Alvarado le pasaron la posta de la jefatura de la redacción a dos cargaladrillos de la casa: Luis Palomino y Pablo Augusto Torres. Entonces Enrique Alvarado se trasladó a la docencia. Es larga la lista de las universidades que contaron con sus servicios. La Sabana, El Inpahu, Los Libertadores, para él no hubo distinción, y hasta sus 85 años permaneció en las aulas, impartiendo secretos, compartiendo anécdotas de sus tiempos en El Espectador, y para cada hecho, un ejemplo de la vida y obra de Guillermo Cano.

Nunca contó a sus alumnos que, además de su jefe y emblema de varias generaciones de periodistas del siglo XX, Guillermo Cano y su esposa Ana María Busquets, habían sido sus padrinos de matrimonio con Bertha Nieto, que estaba enferma y apenas le sobrevivió pocas horas. Sus clases fueron eso, una mezcla de enseñanzas y recuerdos. Todos los días, muy temprano, antes de que entraran los estudiantes, él llegaba elegante, perfumado y de paño, a explicar los términos precisos de una noticia, y cómo la única manera de lograrla era escribiendo mucho, leyendo mucho y rastreando en la calle.

Una de sus alumnas recuerda que siempre les decía que, a diario, Gabriel Cano llevaba a la cartelera del periódico el periódico corregido con un lápiz rojo. Era un paredón de comentarios y gazapos donde daba cátedra de periodismo bien escrito. Por eso él decidió hacer lo mismo. Los trabajos de los estudiantes los calificaba con un esfero rojo, frase a frase, recordando siempre que, por más palabras bonitas en un texto, en periodismo lo válido era la información. La que siempre buscó para vivir actualizado de lo que pasaba en Colombia y el mundo.

A sus noventa años, en silencio como fue la mayoría de su vida, se fue Enrique Alvarado y con él un personaje discreto pero laborioso, que lo dejó todo en el periodismo y la cátedra, que vivió los acontecimientos de muchas décadas del siglo XX y los comienzos del XXI; y que ahora despiden sus amigos.

*Este domingo a las 4:00 de la tarde será la velación de Alvarado en la funeraria Los Olivos, calle 41 con Avenida Caracas. La misa de despedida será mañana lunes 23 de septiembre a las 2:00 de la tarde en la Capilla de los Jesuitas de la carrera 25 #39-69. La velación será entre 8:00 de la mañana y la 1:30 de la tarde. 

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