La radio se mudó a la red, también algunas de sus costumbres

Los podcasts, ¿revolución a medias?

Por cerca de dos décadas, el podcasting le ha dado el poder de difusión a quienes antes no lo tenían. Sin embargo, como ocurre con la radio tradicional, hay aspectos para estudiar y cosas para corregir de parte de audiencias y realizadores.

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El 13 de agosto de 2004, el periodista inglés Ben Hammersley escribió por primera vez en el periódico The Guardian sobre el podcasting, una forma de transmisión y distribución de archivos de audio, principalmente, que cambiaría la forma de consumir radio para las nuevas generaciones. El podcast se trata de una publicación digital periódica, nativa de internet, que se puede almacenar y compartir en dispositivos móviles. Esto, sin ser su intención principal, cambió las reglas del juego.

Lo que nació como un simple ejercicio de difusión permitió irrumpir en la escena del modelo tradicional de la radio y desafiar la estructura que ya se había instaurado. El desafío, cabe aclarar, no significaba una amenaza para la industria radiofónica, sino un reto amable para que esta plataforma evolucione y mejore.

Como describe Hammersley, “al distribuirse a través de internet, esta radio descargable (los podcasts) no está sujeta a ninguna normativa de programación. Tampoco hay escasez de tiempo al aire, anteriormente una limitación importante para los aspirantes a periodistas de radio”. Así se rompieron cadenas. Se obviaron regulaciones. Se adquirió más libertad. Pero no fueron las únicas ganancias, pues se redujeron costos de producción. Un podcast puede grabarse desde un celular, puede editarse con una aplicación gratuita, producirse a partir de una idea tan básica como sentarse a opinar sobre amores o desamores personales y distribuirse en la red con un mecanismo de fácil acceso. Lo que hizo esta herramienta fue abrirle los micrófonos a la gente. Todo esto fue positivo para los realizadores.

Los podcasts desafiaron la radio tradicional, así como los blogs lo hicieron con la prensa y los youtubers con la televisión en su momento. Le dieron un canal de difusión a los ciudadanos, le llegaron a un oyente descontento de tener los mismos contenidos en parrilla dirigidos por los mismos personajes y cambiaron no solo la capacidad de escoger qué escuchaba, sino también cómo y dónde lo hacía. Como es un producto descargable, este se puede reproducir en cualquier momento, a diferencia de la radio a la que no se le puede dar pausa. También le dio la opción de difusión a un contenido que se había desaparecido. Las crónicas, reportajes, análisis, opiniones y narraciones extensas que hicieron parte de la radio en algún momento ya no son un contenido viable por pautas y tiempo al aire. Tampoco por las agendas de los medios. Pero con tiempo ilimitado y sin restricciones todo es posible. Radio Ambulante, un proyecto latinoamericano, es un gran ejemplo de contar historias de esta nueva manera.

Sin embargo, casi dos décadas después de su nacimiento, esta revolucionaria técnica enfrenta los mismos retos que la radio tradicional: mantener un producto de calidad, tener ganancias a partir de ello, y romper con las dinámicas y estructuras negativas de la vieja radio.

Aunque la aparición de los podcasts permitió una oferta más amplia de productos, persiste una tendencia notable: los oyentes continúan prefiriendo productos conducidos o producidos por hombres. En la vieja radio, lo más frecuente es que la mujer ocupe un rol secundario en la mesa de debate. Sí, leer esto puede resultar chocante para quienes están aburridos del discurso feminista, pero dice mucho de cómo las líneas de consumo se mantienen. Como dice Sebastián Payán, editor de varios podcasts reconocidos como Cosas de Internet y Presunto Podcast: “el podcast no tiene que esperar todos los años que pasaron en la radio para que exista una conciencia sobre paridad de género”.

Sin estudios concretos del tema, muchos productores de podcasts coinciden en que el consumidor de este producto elige un programa con una cara amiga, con un conocido. Diana Uribe y Alejandro Marín son ejemplos de ello. Sus podcasts son muy populares, pero ellos no son desconocidos: son locutores con una gran trayectoria en la radio tradicional y tienen una gran fanaticada a sus espaldas. Otros ejemplos exitosos de programas que logran posicionarse lo hacen recurriendo a la estrategia de la voz a voz y a punta de la calidad de sus productos. Pero esto no es suficiente. Si esta herramienta busca completar su revolución narrativa debe encontrar apoyo de medios y oyentes.

Como la mayoría de las herramientas digitales, los podcasts llegaron tarde a los medios de comunicación que ahora urgen por tener uno, o dos, o decenas, solo porque los tiene la competencia. Pero al revisar este contenido hay poca variación del modelo tradicional. Los programas noticiosos de cafés por la mañana siguen el mismo modelo de los noticieros radiales de la mañana: un saludo, una exposición de los hechos importantes de la agenda, cortinillas y una despedida. Algunas emisoras han sido más descaradas y suben el mismo contenido que publican en su frecuencia como una pista mp3 y a eso le llaman podcast. Y no es incorrecto hacerlo, pero no hay ninguna oferta adicional en ello. Los podcasts son una invitación para que la radio se transforme y haga posible una mejor oferta. Pero la transformación viene acompañada del interés de las audiencias, del apoyo a las ideas nuevas y con esto me refiero a financiación. Si los podcasts se tratan de un lugar de innovación y un terreno fértil para realizar las cosas bien esta vez, es el momento de aprovecharlo todo. Esta es una especie de radio 2.0. Una nueva oportunidad.

 
 

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* Redacción Cultura

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