Pregunta Yamid: “¿Qué tienes para hoy?”

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Testimonio de un periodista que trabajó con el reconocido periodista cuando llegó como director de noticias del Canal Caracol.

Es 1998. La noche cae con arritmia. Todo el día, en la redacción, los periodistas de 7:30 Caracol hemos estado esperando la aparición de uno de los hombres más poderosos del periodismo colombiano. Quienes lo conocen tienen certezas. El resto alucinamos, elucubramos, apostamos con el destino. El nerviosismo se hace viral. Yamid Amat viene a tomar la dirección del noticiero, y una vez más, a cambiar la historia de la información periodística del país.

Con Yamid, las cosas son telúricas. No pueden ser de otro modo porque en su cabeza solo habita el asombro, aquello que no tiene explicación aparente. Él no entra por la gatera de los comunes. A este hombre, criado en la Tunja libertadora, todo parece brotarle como una explosión de colores bajo un ADN shakesperiano: da la impresión de hablar solo con verbos, el resto le vale, es gramática muerta. Ese es uno de sus resúmenes, porque tiene varios. Este en particular es comprobable y público. Si usted se sumerge en los detalles de alguna de sus entrevistas, rápidamente puede corroborar que Yamid no pregunta, interroga. No mira, observa. No conversa, excava.

Ciertamente es un maestro de la entrevista y de su técnica, pero es más hábil cazador. Olfatea todo el tiempo y espera el momento para el zarpazo final, para la pregunta incómoda pero necesaria. Se toma su tiempo, es paciente pero preciso. En las librerías nacionales y todavía humeante habita su libro “¡Cuidado con lo que dice!”, una recopilación de entrevistas publicadas en la edición dominical de el diario El Tiempo en los últimos 30 años. Queda sin embargo un vacío hondo, el cosquilleo desesperante de la curiosidad después de leerlo, porque sin duda resulta no menos apasionante conocer el tras bambalinas de esas entrevistas, sus percepciones acerca de cada personaje que ha estado en la línea de flotación de sus preguntas torpedo.

Es esa misma curiosidad latente cuando se entra a su oficina y los ojos se topan con sus fotografías con Yasser Arafat, Fidel Castro, Gabo y todos los que esconden las menciones y premios que ha acumulado a lo largo de su vida periodística. Incluso su pasión a cal y canto por el Independiente Santa Fe despierta inquietudes. También allí cuelga algo de esa convulsión personal.

Por aquel entonces los periodistas del noticiero matutino veníamos de la mano de directores inquietos y díscolos, como Ramón Jimeno, y de la norma al punto, como Daissy Cañón. En esas andábamos, bajo la incertidumbre de cómo sería el nuevo canal privado de Caracol televisión. Se especulaba sin límite. Cada camarógrafo, editor, productor, mensajero, portero y periodista tenía (teníamos) una versión muy particular de lo que iba a ocurrir con las directivas y el escuadrón de reporteros en aquel espacio informativo. 7:30 Caracol era el piloto en el que aterrizaría el canal privado.

Meses atrás, y desde las cuatro de la mañana, hora en que comenzaba labores el noticiero, por la puerta principal entraba un nuevo bisbiseo, variopinto y de todas maneras preocupante. Quizá sufríamos de esa manía de alertarnos por todo y por nada, pero la realidad fue que desde el mismo momento en que la directora Daissy Cañón inició una serie de reuniones con su grupo más cercano, aupada por las versiones que aseguraban que ella sería la persona escogida por el grupo Santo Domingo para dirigir el proyecto de uno de los dos nuevos canales privados –el otro era el de RCN– todo en 7:30 Caracol era especulación; situación dramática y paradójicamente contraria a la tarea que cumplía como informativo.

El caos se asomaba por cada ventana de la babel que comenzó a crecer con el primer comentario que apareció en algún medio de entretenimiento y que removió de manera abrupta la tranquilidad general. Que nos íbamos unos y se quedaban otros, o al revés; que la directora ya tenía muy clara la nómina que la acompañaría en ese proyecto histórico para la televisión colombiana… y un largo etcétera. Y debo decir que había cierta confianza en la sonrisa de Daissy.

Pero llegó un fin de semana de esos calmos y de golpe sacudido por la llamada de un amigo. Al otro lado de la línea hablaba un hombre muy cercano al círculo de don Yamid, siempre al día en los movimientos del “jefe”. Me soltó este comentario : “imagínese mi hermano que los Santo Domingo mandaron un avión pa’ recoger al viejo y llevarlo a Nueva York. ¡¡¿sabe para qué? Pa’ ofrecerle la dirección del canal!! Allá está almorzando con esa gente, así que téngase duro porque va a llegar a sacudir a todo el mundo”.

Hombre de dramas y retos

Mareante. No había más remedio que aceptar que si la lógica era válida, la premisa no fallaría. Nunca supe si la historia del avión fletado para Yamid fue cierta. Me incliné por pensar que sí, al fin de cuentas él era un pop star de los medios. ¿Quién más allegado al grupo económico y sus cabezas? ¿Quién más, capaz de “romper un coco” de semejante tamaño? Hablamos del segundo hito memorable de la televisión nacional después de su llegada al país a comienzos de los 50 en las charreteras de un dictador.

Yamid no se deletrea con circunloquios. Pese a las aguas cruzadas, él es el epítome del periodismo símbolo de su sociedad y de su tiempo. Con él ya no se sabe cuándo se cruzó la línea que separa la realidad de la ficción. Sus manías estilísticas se convirtieron con los años en un mito ambulante entre el gremio de los comunicadores colombianos. Sí, mito por su carácter, su poder y su estilo. No hay periodista en este país que no tenga una opinión, falsa o verdadera acerca de Yamid. Su nombre se convirtió en un referente infaltable cuando se habla de periodismo y medios en un aula o en un café.

Lo que no saben de él, lo inventan. O lo intentan argumentar académicamente. Un ejemplo es la tesis titulada “Los estereotipos de mujer que han generado los noticieros de televisión…”, presentada en la facultad de comunicación de la universidad Autónoma de Occidente, en cuya introducción se asegura que “particularmente en Colombia el impacto de la estética y la apariencia en las presentadoras surge en los 90 en el noticiero CM&, dirigido por Yamid Amat, pionero en crear la sección de entretenimiento con la modelo Viena Ruiz y posteriormente con la reina de belleza Paola Turbay, espacios de gran éxito en su momento, donde predominaba el escote, la minifalda, la belleza y la estética como condición de presentación noticiosa”. En esta aseveración conviven sin vergüenza la especulación y la verdad. Pero así es como se nutren las leyendas.

Lo cierto es que de un modesto escritorio sobre el que escribía notas sueltas para un periódico que cautivaba lectores con su “color” amarillo y bajo el seudónimo de un líder y prócer del tercer continente (¿se acuerdan de Patrice Lumumba, el anticolonialista congolés?) que devino en un Juan sin miedo arriesgado y preciso en temas políticos, pasó a la mesa de dirección de Caracol Radio en la mitad de la década de los años 70.

La conseja urbana cuenta que una entrevista imaginada por el periodista, ante la reticencia del entonces recién elegido presidente liberal, Alfonso López Michelsen, de concederla personalmente, le cambió para siempre el destino. Fue tan atinada, que las respuestas parecían haber salido de la mismísima boca del político. Eso le gustó a López e intervino para que Yamid calara con todos sus huesos en la cadena radial. ¡y revolucionó la radio! Nunca más “la gran compañía” volvería a ser lo mismo. Tiene una presea adicional: ha sido el único periodista de este país que es recibido en su nuevo cargo con huelga. Eso debió gustarle más que el salario. Es un hombre de dramas y retos.

Yamid tuvo el tupé de cambiar las costuras tradicionales en la cabina radial. Alargó entrevistas; fue culpable del dispendio telefónico; recibió varopalo de la gerencia, pero al final su estilo, como arma arrojadiza, venció los miedos y resolvió la cuadratura del círculo. Él es el progenitor de “6 am-9 am”, el programa que puso a Caracol Radio como la más feraz de las empresas periodísticas de la época a nivel continental.

Para esos días de 1998, Yamid sumaba algunos años dirigiendo otro de los mejores noticieros televisivos de la historia reciente, el noticiero CM&, que disputaba primerísimos lugares en el rating nacional con su competencia QAP, a la postre en cabeza de dos talentosas y aguerridas periodistas capaces de embridar semejante desafío, María Elvira Samper y María a Isabel Rueda.

Esa larga vida de riesgos y decisiones, íntimamente ligada a aquella frase “detrás de las montañas hay más montañas” (¿Quién dijo eso, Mao Tze Tung?) desvela decorosamente sus réditos en el Yamid de estos tiempos: elegante, enérgico, transpirando a Cartier y nunca declinando ante su imperturbable rol de vicario del periodismo.

Con todos sus pergaminos, Yamid era ideal para el propósito del grupo Santo Domingo de entregarle las riendas del nuevo canal televisivo. Y así ocurrió. En cuestión de horas, las expectativas de la directora de 7:30 Caracol, Daissy Cañón, devinieron en un juguete roto.

“Espere y verá”

Pasadas las siete de la noche de aquel día inquieto, por fin llegó Yamid a las instalaciones del noticiero. Todos flanqueábamos una larga mesa oscura. El sitio estaba dispuesto para una especie de ritual perfomático. Nosotros, el atrezo. El rostro adusto del periodista hacía juego con la angustia dibujada en cada uno de nuestros músculos faciales. La única sonrisa visible era la de Mauricio Martín, fiel alabardero de Yamid y quien, pensándolo mejor, no sonreía, se burlaba de nuestro terror con una mueca de “espere y verá”, de pies junto a su jefe.

Lo que vino después de un corto saludo con significante vacío (puesto así para que cada quien interpretara lo que quisiera), fue un rescoldo de compasión. Yamid recorrió con mirada filosa a cada uno de los periodistas. Y volvió a empezar el recorrido por su lado derecho, esta vez preguntando: “¿Qué haces tú en el noticiero?”. Cada uno respondió como se lo permitía el grado de zozobra. Algunos intentaron la contundencia y la brillantez; otros optaron por la modestia. ¿Qué respondí? Mi desenvoltura retórica no acudió a mi. Más bien parecí poseído por el espíritu de un muñeco de concesionario que no me dejaba expresar con claridad y serenidad la inoportuna tarea que cumplía en ese momento por mandato del jefe de redacción: “periodista de investigación”. ¡Eso no existía en el organigrama de Yamid!. Un periodista de investigación era fácil etiquetarlo al instante por simplificación: ¡No hacía prácticamente nada, según su evangelio! Sentí que su interrogatorio pasaba como un ciclón sobre mí y que me había sacado de la vereda.

A cada respuesta de los periodistas, Yamid le indagaba a su asistente Martín por el paralelo de la función descrita con las de sus periodistas en el noticiero CM&. Por supuesto, en CM&, eso de “periodista de investigación” no tenía un escritorio ni figuraba en la nómina. Varios quedamos escamados ante el flamante director. Sin embargo, al final una vaharada de buena suerte nos llevó de la cresta de las olas a la firmeza de la playa. Señalando con su dedo índice decidió quién se quedaba con él en el canal. Yo fui uno de ellos. A los demás los mandó Daissy Cañón.

Y comenzó una aventura que hoy es provecta. En los consejos de redacción, Yamid jamás ha concedido una atención flotante. Para su olfato periodístico todos los elementos son privilegiados, hasta que dejen de serlo. Le gusta la letra menuda de las grandes cifras. Pone en valor aquello que merodea los predicamentos oficiales y su proyección periodística hace que estos queden casi siempre en segundo plano. En sus continuidades no hay espacio para el vodevil, ni los titulares rojos ni los rumores desabridos.

No enseña nada por voluntad propia. Por años ha esquivado con éxito invitaciones a charlas, talleres, debates y conversaciones universitarias. Jamás tomó a un periodista de la mano para transferir conocimientos o técnicas. Como todo en él emana –haga de cuenta el vapor— la movida está en que uno preste atención, por días y meses, a sus decisiones y acciones y saque conclusiones. Así es como se llega a conocer y aprender de ese Yamid arcano. Siempre será un privilegio inefable el que acepte y publique uno de tus textos, sin mayores cambios, en el espacio personal donde habitan el editorial y sus pasiones: el uno, dos tres, por ejemplo. Y mejor aún, si alguna vez te da el visto bueno para una historia que roce los cinco minutos. Hay quienes hemos vivido para contarlo. Y por eso lo amamos quienes escogimos una de las dos únicas maneras de navegar con él.

Pero aún así también tenemos “heridas de guerra”. El furor moloso de Yamid con las noticias no da tregua. Él vive, respira, piensa y se mueve por las noticias. Y por eso, más que cualquier otra cosa a la hora del consejo de redacción, el señor Amat, incombustible irredento, solo espera noticias. Con su omnisciencia no combinan los “yo creo”, “es posible”, “a lo mejor”, “quizás” ni “de pronto”. Solo noticias claras, crudas, precisas, como regalo para un día que puede empeorar en caso de que a algún reportero se le ocurra ofrecer “un desayuno” como hecho noticioso. Si eso ocurriese, el riesgo alto y grave, gravísimo, es recibir como respuesta la pregunta más tajante, de carga profunda y lastre duradero por parte de Yamid Amat: “Perdón…¿usted es periodista… o panadero?”.

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