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Publicar o no publicar: los medios y el escándalo de los falsos positivos

A raíz de la publicación en el New York Times de una denuncia que ya conocía la revista Semana, revive la controversia sobre la independencia de los medios y su compromiso con los ciudadanos.

Falsos positivos
Archivo El Espectador

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*Nota: este artículo fue escrito antes de que el periodista Daniel Coronell informara que la Revista Semana le había cancelado su columna en esa publicación.  

Un suceso representativo

Como decía Borges: hay momentos cuando un hombre representa a toda la humanidad. También hay circunstancias en las que un solo suceso deja ver el talante de una sociedad. Eso es lo que acaba de suceder en torno a la publicación del New York Times sobre el riesgo de que vuelvan los “falsos positivos” o las ejecuciones extrajudiciales a Colombia. Este caso ha despertado indignación por la gravedad de la denuncia y, además, por la decisión editorial de la revista Semana de aplazar su publicación por razones que no han sido suficientemente aclaradas.

La publicación del New York Times ha sido ampliamente reafirmada y respaldada, no solo por la validez y pertinencia de la propia pieza, sino por el respaldo editorial del medio, de varios políticos y de voces de organismos internacionales. Por eso queda en el ambiente la inquietud: ¿por qué Semana no publicó el reportaje si tuvo durante un mes la información? ¿Qué tanta responsabilidad les cabe a determinados líderes políticos por el lenguaje de odio que el caso ha despertado, por la estigmatización del trabajo periodístico y la pérdida de credibilidad de los medios? Por último, ¿hay un plan sistemático para crear caos e incertidumbre en el régimen comunicativo actual? Sea cual fuere la razón que explique la demora o renuencia de Semana a publicar esta información, los efectos de esta decisión serán devastadores para el periodismo y para la democracia.

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Alrededor de estos motivos ya hay varias hipótesis, que han presentado medios como La Silla Vacía o columnistas como Daniel Coronell: la “interacción” entre directivos de la publicación y representantes del gobierno Duque; razones ideológicas o políticas; y asuntos de conveniencia económica fundamentada en la pauta oficial. El hecho es que con la (falta de) decisión de la revista, perdimos todos.

Los medios en la encrucijada

La nuez de esta crisis está en la forma como se están resolviendo dilemas que creíamos superados: entre la credibilidad y la sostenibilidad, y entre la lealtad con el poder o con los ciudadanos y las audiencias.

Resulta aleccionador que en medio de este ambiente contaminado sobresalga la estatura editorial del New York Times, un medio que ha comenzado a resolver sus problemas de financiación a través de los suscriptores. Este es el grado máximo de credibilidad de las audiencias y el sustento ideal de un medio en un entorno democrático.

Ocultar información trascendental anula el pacto de confianza que deben tener los medios con sus audiencias. Que un medio diga que tiene libertad editorial, sin tener en cuenta el interés ciudadano hace tambalear su prestigio, remueve los principios fundamentales del oficio y pone en juego toda la democracia.

Uno de los aportes de los nuevos medios ha sido demostrar que los medios tradicionales no conocían a sus usuarios, aunque hablaban en su nombre para justificar decisiones, es decir, para justificarse a sí mismos. Hoy ya no es posible hablar del periodismo como cooptación de la voz de los que no tienen voz, en medio de la conversación social que se viene tomando la agenda mediática.

Medios y poder

La cercanía del periodismo con los poderosos echa por tierra el principio fundamental de este oficio, que se debate entre ser observador independiente del poder y ser decididamente contrapoder.

Esto es así inclusive si se esgrime el pretexto del interés general y el necesario equilibrio que plantea Jack Fuller entre el daño causado por publicar algo y el daño causado por no hacerlo. En el dilema entre los medios y el poder, el periodismo debe estar de parte de los ciudadanos. Si la razón que se esgrime para ciertas decisiones es la sostenibilidad económica, se está optando por un modelo de negocio cortoplacista, de pauta oficial. Es la lógica del sálvese quien pueda. Pero si se trata de salvaguardar los intereses de las empresas que financian los medios —y en este caso no se puede ignorar la reciente compra del 50 por ciento de Semana por el grupo Gilinski—, es probable que se cumpla la vieja profecía de que sobrevivan esas empresas pero desaparezcan los medios.

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El dilema de la línea editorial y del sesgo político no pocas veces es suplantado por el peso del interés económico. No obstante, este interés debe estar supeditado al mandato ético que planteó en 1933 Eugene Meyer en The Washington Post cuando dijo que: “en su búsqueda de la verdad, este diario está preparado para sacrificar su fortuna material si ello es necesario para el bien público”.

Los políticos contra los periodistas

A la par con la incertidumbre que creó esta situación, resurgió el debate sobre la creciente estigmatización de periodistas y medios por parte de líderes políticos. Los recientes señalamientos contra el New York Times son ejemplo de cómo las afirmaciones de los políticos pueden minar la posibilidad de tener referentes creíbles, y poner en riesgo la vida y honra de los reporteros.

Recordemos que en la clasificación de libertad de prensa de Reporteros Sin Fronteras (RSF) en 2018 Colombia apareció en el puesto 129 entre 180 países. Otro motivo para exigir, como propone la misma RSF, que se cree el puesto de representante especial del secretario general de las Naciones Unidas para la seguridad de los periodistas, un cargo que debería tener un capítulo colombiano, en vista del aumento de las amenazas y agresiones contra la prensa.

Más allá de las estrategias de sobrevivencia de los medios en medio de una crisis tan severa, o de la imagen de un gobierno, está en juego el pacto que asumimos como sociedad. El soporte de este pacto es la labor periodística, fundamentada en la idea de que el reportero, por encima del medio, no tiene ataduras, y que sus sesgos se borran ante el imperativo categórico de informar siendo leal, ante todo, al ciudadano.

*Columnista, profesor de la Universidad Javeriana y analista de Razón Pública.

Esta publicación es posible gracias a una alianza entre El Espectador y Razón Pública. Lea el artículo original aquí. 

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Mario Morales*

Medios

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