Noventa años de pedagogía y cultura

Sintonizando el origen de la radio en Colombia

La aparición de este medio de comunicación dio paso al progreso tardío en el país. Bogotá y Barranquilla abrieron el camino en 1929.

La HJN, La Voz de Barranquilla y la HKC fueron las primeras emisoras en Colombia. / Jairo Higuera

“Un público numeroso y entusiasta escuchó anoche en la Plaza de Bolívar el primer concierto de radio dado por la estación radiodifusora oficial de Puente Aranda, que tuvo el más completo éxito. También se oyó con absoluta nitidez el discurso inaugural del nuevo servicio pronunciado por el señor ministro del ramo y una interesantísima exposición del director del Observatorio Nacional, R. P. Sarazola, en la cual explicó el desarrollo del nuevo medio de comunicación y las enormes ventajas que tiene como vehículo de cultura y adelanto espiritual y material”.

“El ministro de las Comunicaciones aprovechó la oportunidad para hacer un elogio desmesurado del Gobierno actual, llegando a decir que el doctor Abadía había sido el más eficaz de los propulsores del progreso y engrandecimiento de la República. Al oír esta estupenda declaración del doctor García, la multitud estalló en una unánime y homérica carcajada que resonó en los muros del Capitolio”. Así publicó El Espectador luego la primera transmisión por parte de la HJN una tarde de septiembre de 1929 en la que la instalación de altoparlantes permitió la difusión masiva del concierto y el discurso.

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Las versiones sobre el origen de la radio en Colombia se chocan entre Barranquilla y Bogotá, cada una de ellas tiene algo de verdad, pues en ambas ciudades se encuentra la génesis de este medio de comunicación. En Bogotá se dieron los primeros esfuerzos en el gobierno de Miguel Abadía Méndez, el político conservador que estuvo en el poder entre 1926 y 1930. Varios receptores y transmisores de baja frecuencia habían llegado al país hacia 1923, acercando y poniendo sobre la mesa la creación de estaciones transmisoras de perifonía que desde hacía un par de lustros habían llegado a otros rincones del mundo.

El periodista y arquitecto José de Jesús García fue nombrado en 1926 como ministro de Correos y Telégrafos. Bajo su ministerio, se emitió el Decreto N.° 1.182 el 18 de junio de 1928, en el que se establecían las condiciones para que el Gobierno concediera los permisos necesarios para la instalación de las estaciones transmisoras de perifonía.

La instalación de broadcasting —emisión de ondas de múltiples formatos— de onda corta en Bogotá lograría que las transmisiones abarcaran grandes distancias. Difundir ondas de radio a 300.000 kilómetros por segundo era el objetivo del ministerio en febrero de 1929.

Con la inauguración de la HJN en el Teatro Caldas, de Chapinero, García afirmó que “en el Ministerio de Correos y Telégrafos se nos informó que la estación tiene una onda de 425 metros, que es más bien larga. Las personas que quieran oír los conciertos necesitan un aparato capaz de recibir ondas de 425 metros . El precio de estos aparatos es de $10 a $500, según la clase y se venden en el comercio de Bogotá”.

La entrada al aire de La Voz de Barranquilla, el 8 de diciembre de 1929, y de la HKC, el 14 de enero de 1930, en la capital del país vaticinaba el auge de las emisoras como uno de los negocios más lucrativos para los grandes empresarios. La inmediatez en manos de la radio provocó que esta tuviera prelación entre la población; incluso, la prensa escrita tuvo que negociar con el paso de los años las lecturas de los periódicos en las franjas noticiosas de las emisoras para no perder la batalla por la primicia.

Cuando el escritor Daniel Samper Ortega asumió la dirección de la HJN, El Espectador escribió una editorial que resulta precisa para comprender el rol que le fue adjudicado a la radio: “Orientadas con un criterio razonable que alterne el sentido práctico y el buen gusto, las estaciones radiodifusoras pueden desempeñar en el desarrollo de la cultura del país un papel tan importante como el de los colegios y universidades; y acaso más ameno que el de estos, especialmente en las clases trabajadoras, que no disponen de dinero ni de tiempo para asistir a los establecimientos de educación, oficiales o particulares, el radio llena una misión didáctica cuyo alcance benéfico difícilmente podríamos meditar”.

Justamente este fue uno de los logros de la radio en Colombia: acercar la educación y la cultura a todas las clases sociales, erigiendo, tal vez, una manera de educar mucho más democrática, que aunque utópica y finalmente incierta logró un alcance que décadas anteriores no se había observado.

La aparición de Radio Sutatenza, en 1947, y de la HJCK, en 1950, respectivamente, reafirmó ese propósito de la radio por democratizar la educación y la cultura. Sus esfuerzos por inclinar los contenidos hacia una formación integral de los oyentes se reflejó en ejercicios pedagógicos asociados a la alfabetización y lectura, que interesó a un número importante de personas por el lenguaje y las artes como canales de identidad.

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En 1944 ya se habían creado 71 estaciones en 27 centros urbanos. Doce en Bogotá, nueve en Medellín, nueve en Barranquilla, siete en Cali, cuatro en Pereira, tres en Armenia, dos en Buga, Bucaramanga, Cartagena, Manizales, Popayán y Santa Marta, y una en Buenaventura, Calarcá, Cartago, Cúcuta, Girardot, Ibagué, Jericó, Neiva, Palmira, Pasto, Sincelejo, Sonsón, Quibdó, Tuluá y Villavicencio.

La Cadena Radial Colombiana (Caracol), fundada en 1948 por William Gil Sánchez, y la Radio Cadena Nacional (RCN), fundada por Roberto y Enrique Ramírez Gaviria y Rudesindo Echavarría en 1951, surgieron como sociedades comerciales que estaban compuestas por varias emisoras y que por su poderío empresarial empezaron a establecer tendencias importantes en cuanto a contenidos y parrillas de programación en el escenario radial.

Como un suceso ineludible, muchos de los medios de comunicación, en este caso de la radio, surgieron por el apoyo de grandes grupos económicos o de sectores del Estado. Así, de una forma u otra, la programación de muchas de las emisoras se veía supeditada, para bien o para mal, a los intereses de sus dueños. De allí la importancia de la llegada de emisoras públicas, de emisoras comunitarias que no nacieron siendo parte del establecimiento y de lo oficial.

La radio ha sido el primer contacto del ciudadano con la noticia, quizá podríamos atribuirle a la radio la mala costumbre, pero también la ineludible necesidad, de la inmediatez, de la curiosidad por la información de primera mano, por las voces y los testimonios de los sucesos históricos. La radio ha construido otro modo de literatura, también otros espacios de ocio encumbrados en la música que mueve fibras y evoca gritos desgarrados; en la sátira a una política cada vez más rapaz y a una sociedad que se reafirma en lo indolente. De la radio se puede decir mucho, y de su historia también, y no hace falta decirla, pues ella misma se encargará de recordarla y difundirla por medio de los micrófonos y ondas que rompieron fronteras y también algunos paradigmas.

 

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Andrés Osorio Guillott

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