Titanes en pro de la educación

En las comunidades más vulnerables del país, lideres locales han enfocados sus esfuerzos por brindar una educación de calidad a quienes no tienen los recursos para pagarla y además hacer que sus proyectos sean autosostenibles.

Producir para enseñar

En el Instituto San Pablo Apóstol de Ciudad Bolívar, en Bogotá,  todos sus estudiantes están becados. Desde hace 40 años, el padre Isaías Guerrero se ha enfocado en brindarles la mejor educación a niños de estratos 1 y 2, con el fin de que cuando terminen el bachillerato puedan estudiar en las mejores universidades del país.
Comenzó en 1989, con cuatro grados de bachillerato y 220 alumnos, en el barrio Jerusalén de Ciudad Bolívar. Hoy tiene tres colegios, dos más en Potosí y El  Libertador, en los que además tiene un convenio con el Sena para ofrecer gratis 36 carreras técnicas y tres tecnológicas.

Su trabajo es totalmente sostenible. Con el dinero que da un taller de artes gráficas y uno de inyección de plásticos, en los que trabajan egresados de la institución, es capaz de mantener los megacolegios, que están entre los diez mejores de la ciudad.

Para Guerrero, su trabajo consiste en producir para educar. En los 26 años que lleva    liderando la iniciativa ha conseguido que 850 de sus exalumnos sean profesionales, por lo que su  próxima meta es hacer de  su colegio una universidad, para que sus pupilos continuen su legado, ofreciendo  una  educación de calidad a los menos favorecidos de Bogotá. 

El arte de educar 

Todas las mañanas, Lucía Bonilla debe desarmar su cama para dar paso a  un pequeño salón donde recibe todos los días a sus alumnos: niños campesinos e indígenas que viven en la Comuna 8 y en las veredas cercanas a Popayán.

Desde hace 30 años, Bonilla se ha encargado de enseñar las artes y formar en preescolar y primaria a cientos de niños en la Fundación Artística El Dancing, que comenzó siendo una academia de baile, en el salón comunal de su barrio, pero que luego  de recibir formación convirtió en una escuela en la que trabajan pasantes de las universidades del Cauca y Autónoma. Además, allí se enseña danza y teatro para que los niños no caigan en las drogas y la criminalidad. 

Bonilla no recibe ninguna retribución. Mantiene su escuela con lo que gana del alquiler y venta de vestidos para fiesta, así como de la organización de eventos de quinceañera. “Para mí, el dinero es secundario y lo más  importante es que los niños sean bien educados para que  hagan bien a la sociedad”,  asegura.

Ella también se ha preocupado por aquellos que tienen necesidades educativas y por eso aprendió lenguaje de señas y otras habilidades para dar refuerzos a niños especiales con la idea de que  estudien  en  escuelas particulares. La principal meta de Bonilla es acompañar la educación de los niños de su escuela y darles la oportunidad de terminar sus estudios básicos.

Un colegio sin limitaciones

En la vereda Caimital, de Malambo (Atlántico), el desbordamiento del canal del Dique hizo que, en octubre de 2010, la población se inundara y el agua se llevara a su paso la escuela, donde un solo profesor dictaba clase.

Ese educador, José Luis Castro, no pidió la reubicación de institución y decidió quedarse para reconstruir el colegio con 56 estudiantes, a quienes les dictaba clase en un gallinero debajo de un árbol. 

Hoy, la Escuela Caimital cuenta con 104 estudiantes, que tienen a su disposición dos aulas, una biblioteca y un comedor que el maestro ha logrado financiar en estos últimos seis años. Además, con su trabajo compró un vehículo para transportar a los niños que viven alejados de la escuela.

Ya no es el único profesor, pues cuenta con el apoyo de tres maestros más y el de sus estudiantes, quienes se sienten agradecidos porque allí no sólo reciben clases de primaria; además, se hacen todos los esfuerzos para dotarlos de uniformes, útiles y alimentación,   con el fin de optimizar su calidad de vida.

Para Castro, lo importante es que sus aprendices no pierdan las ganas de estudiar y que en un futuro pueda brindarles educación secundaria debido a que muchos desertan al salir, por las pocas oportunidades y las dificultades que existen para estudiar en un lugar apartado de su vereda.

Más de lo que se puede ver

El mayor retirado de la Policía Gilberto Espitia dedica su tiempo libre a cerca de 38 niños ciegos que hoy forman parte de su fundación, en la que no sólo reciben  refuerzos escolares, sino además clases de escritura, braille, música y manualidades.

En ella, trabajan profesionales que cubren cada uno de los aspectos de la educación especial, con el fin de que los estudiantes reciban la formación adecuada para explotar todas sus habilidades y puedan optar a un cupo en una universidad pública o una beca en una privada.

Espitia es el gerente de una empresa de seguridad con la que ha liderado otros procesos enfocados a la protección del medio ambiente y al trabajo en la formación de niños vulnerables, con los que ha logrado obtener otros varios reconocimientos.

De esta forma, Espitia ha logrado que su empresa de seguridad se convierta en la base de sustento de su fundación para niños ciegos, en la que forma a los menores gratuitamente y con la que pretende crear alianzas con  grandes universidades para que  sus alumnos reciban educación superior, y ya graduados puedan ayudar a niños que pasan por sus mismas condiciones.