Zeta, libre como el viento

Con este lema, que refleja la independencia de su línea editorial, la publicación ha sobrevivido a las balas de los narcos y la censura oficial.

Adela Navarro, directora del semanario ‘Zeta’ de Tijuana (México). / Fabio Posada

En la fronteriza ciudad de Tijuana, México, protegidos solo por un aviso de cuatro letras que significan una sola (Zeta) y que cuelga a la entrada de una casa amarilla que hace las veces de redacción y refugio, una veintena de reporteros sigue con firmeza el lema de este semanario, que se ha convertido en una leyenda para el periodismo de América Latina: “Libre como el viento”.

Zeta fue fundado en abril de 1980 por Jesús Blancornelas y Héctor Félix Miranda, dos periodistas que se rebelaron contra la censura impuesta en los medios donde trabajaban. Desde sus inicios el semanario manejó una línea editorial independiente y crítica del gobierno, que en México estuvo durante 60 años en manos del mismo grupo político, el Partido Revolucionario Institucional (PRI).

Como una medida de seguridad para evitar la censura oficial que restringía la venta de papel a la prensa que no fuera favorable al PRI, Zeta se imprimió desde el comienzo en San Diego, Estados Unidos, y todos los fines de semana sus 50.000 ejemplares, tiraje cuando lleva alguna revelación exclusiva, pasan la frontera al igual que miles de inmigrantes.

Debido a sus posturas este medio ha sido blanco de varios atentados en sus 34 años de labores. Uno de los ataques acabó con la vida de Miranda en 1988. En el hecho participó el jefe de escoltas de Jorge Hank, alcalde de Tijuana en esa época, y aunque hay varios detenidos, las autoridades no han vinculado aún al autor intelectual.

En 1997, en otro intento por callar al semanario, quedó gravemente herido Blancornelas. El azar lo salvó, ya que una de las balas disparadas por los ocho sicarios hirió de muerte al matón que estaba designado para darle el tiro de gracia.

En junio de 2004, Francisco Ortiz Franco, editor general de Zeta, también fue asesinado. Y aunque las autoridades mexicanas nunca han podido esclarecer este crimen, se cree que su sentencia de muerte la firmó al publicar un artículo con su nombre en el cual salían a la luz las fotos de los rostros de varios miembros del cartel de Tijuana, fundado por los hermanos Arellano Félix.

Es que, además de oponerse a los abusos del gobierno, Zeta se ha dedicado con esmero a investigar el surgimiento y consolidación del narcotráfico en México. En sus páginas se han publicado numerosos reportajes sobre estos tópicos y sobre la corrupción en los estados del norte de ese país.

Adela Navarro, líder de este equipo periodístico y quien tomó la posta tras el fallecimiento de Blancornelas debido a una enfermedad terminal en 2006, abrió las puertas de la redacción a un grupo de periodistas latinoamericanos en una visita coordinada por el Instituto de las Américas como parte de su taller anual de Periodismo de Investigación.

La actual directora de Zeta, que llegó al semanario hace 24 años, es una mujer alta, de pelo negro lacio, delgada y de buen humor a pesar de haber sido golpeada por la desgracia de tener que enterrar a tantos amigos y colegas. Conserva una sonrisa sin arrugas y una mirada firme, en la que se percibe la costumbre de sobreponerse al miedo, porque como casi todos en ese medio, ella también ha sido amenazada varias veces.

Navarro asegura con vehemencia: “las advertencias sobre amenazas o peligro contra nuestras vidas las hemos recibido de autoridades de Estados Unidos y no de México”, además, lamenta la alta impunidad en que se encuentran los ataques contra el gremio periodístico en dicho país, donde al menos 20 reporteros están desaparecidos y muchos otros asesinatos están sin resolverse.

Explica también que la línea editorial de Zeta en muchas ocasiones es dictada por la sociedad “a través de las propuestas y denuncias que los lectores nos hacen llegar por teléfono, correo electrónico, cartas o en los comentarios que dejan en la página web. La sociedad es testigo de lo que pasa, es víctima de alguna represión o ataque del gobierno, nos lo denuncia y nosotros lo investigamos y lo publicamos. Creo que ese periodismo cerca de la sociedad y lejos del gobierno es lo que nos ha mantenido vigentes por ya casi 35 años”, señala Navarro.

Esta valerosa mujer cree que a las dificultades de reportear los abusos y negligencias del gobierno se sumó en esa región la maldición del crimen organizado. Por tal razón, el medio ha asumido como su deber investigar a los carteles en México, sus relaciones con la autoridad, con el gobierno, no olvidar a los asesinados y recontar cada uno de los muertos, porque eso habla de la impunidad que sigue vigente.

“No es fácil venir a trabajar aquí, porque ese compromiso con la verdad lo hemos pagado con vidas y sangre”, confiesa y, como equilibrando lo que acaba de decir, destaca que los valores periodísticos de Zeta continuarán, ya que “ahora tenemos una nueva generación de periodistas que están por sus veinte”.

Más allá de los problemas obvios de ejercer el periodismo de investigación en Tijuana, una ciudad con un millón y medio de habitantes pero con una alta población flotante debido al paso fronterizo, que además fue el centro de operaciones del cartel de los hermanos Arellano Félix y cuya plaza se disputan desde hace varios años con el cartel de Sinaloa, uno de los más violentos de México, su directora dice que la mejor recompensa y el mayor orgullo del trabajo que realizan es que “la gente confía en el periodismo de Zeta: si lo decimos nosotros saben que es cierto, y eso no pasa con otros medios mexicanos”.

El valor, la independencia y el buen periodismo de Zeta le han sido reconocidos a través de su historia con varios premios, entre los que se cuentan el Ortega y Gasset, recibido en 1988; el María Moors Cabot, en 1998, y el Premio Internacional a la Libertad de Prensa 2007, otorgado por el Comité para la Protección de Periodistas.