Adolfo Pacheco Anillo, un pilar de la modernidad del Caribe

Esta es la historia del autor de temas tradicionales del vallenato y de la música sabanera como “La hamaca grande”, “El mochuelo”, “Mercedes” y “El profesor”. Nació el 8 de agosto de 1940 y fue declarado “Compositor vitalicio”.

Imagen tomada del trabajo discográfico “Sueño Pacheco” de Adolfo Pacheco Anillo. Codiscos

Lo vi por primera vez en la tarima Francisco el Hombre del sexto Festival Vallenato. Él tenía treinta y tres años y yo apenas era un adolescente al que lo atraía la música. Lo vi cantando y tocando guacharaca. Ese medio día, con un sol como el que siempre tenemos en Valledupar, oí los versos de Fuente vallenata, un paseo que relata todo ese encuentro migratorio que originó nuestra música caribeña. “Como aquel alemán que te forjó y te puso en las manos de un pirata, tienes santísimo acordeón, penas como las de tu raza”.

Después supe por boca de mi padre que era Adolfo Pacheco Anillo y que venía, de un lugar lleno de música, al que llaman Sabana. Hubo aplausos para él, pero todos estábamos esperando la presencia de un nuevo concursante, al que mi padre me señaló y dijo, “ese es Armando Zabaleta y es guajiro, como nosotros. Ese es, junto con Leandro Díaz, de los buenos compositores que tiene el Vallenato”.

Cuando “Chema” Martínez abrió su acordeón y él empezó a narrar los versos de No vuelvo a Patillal, sentí un llamado que me recorrió todo el cuerpo. Sobre todo el verso, “No vuelvo a Patillal porque me mata la tristeza, al ver que en ese pueblo fue donde murió un amigo mío, era compositor como lo es Zabaleta y era lo más querido de ese caserío”. Lo cantó adolorido, gesticulaba con sus manos al cielo como elevando una plegaria  Era el homenaje a Fredy Molina Daza, un joven de escasos 26 años, que había fallecido en la plenitud de su mundo creativo. Todos aplaudieron y casi que en coro, dijeron: “esa es la ganadora, no hay más”.  

Mi padre al día siguiente, me dijo que había sido la ganadora. Él estaba feliz porque un guajiro había triunfado. Al poco tiempo, salió esa obra en la voz de Jorge Oñate y el acordeón de Miguel López, consagrando tanto al autor como a sus intérpretes.

Ese hecho, junto a la pérdida en distintos tiempos de Andrés Landero, Alfredo Gutiérrez y Lisandro Mesa, frente a Nicolás Mendoza Daza y Miguel López y, la salida de la obra Vallenatología de Consuelo Araújo Noguera, se convirtieron en el detonante preciso para que la rivalidad entre sabaneros y vallenatos se trenzaran en fuertes dimes y diretes, que aumentaron la popularidad del Festival, porque a pesar de esas discordias la presencia de los músicos de esa región, crecía siempre en busca de demostrar que ellos también podían tocar vallenato.

Al tiempo que esa rivalidad aumentaba, la popularidad del creador Pacheco Anillo, un sanjacintero, nacido el 8 de Agosto de 1940 en el hogar de Miguel Pacheco y Mercedes Anillo, se hacía más notoria y ganaba adeptos en el territorio del vallenato, lo que llevó a muchos de nuestros intérpretes a interesarse por grabar sus canciones.

Adolfo Pacheco tiene una obra reconocida por el pueblo. En una de sus canciones, narró en una décima musicalizada, a ritmo de paseo, los trazos de su infancia, cuya tonalidad menor la cubre con un dejo melancólico que trata de atrapar ese tiempo que ya se fue, en el que narra su biografía, y expone todo lo que fue su vida infantil y de adolescente. Todo ese mundo está ahí como una hoja de ruta, inmersa en ese relato de versos que lo hace grande, “dice en sellado papel, yo reverendo Trujillo, bauticé a un Pacheco Anillo, de nombre Adolfo Rafael…”.

La música hecha aquí, allá o donde se construya no tiene fronteras, es libertaria, rebelde, revolucionaria, invasora, sin hacer daño y llega a donde nunca lo pensó su creador. Es lo que pasa con la obra de Pacheco Anillo, cuyos linderos existen, pero cuando se trata de caminar, los deja tirado y a conquistar mundos se dijo, con la sola arma que ha tenido: sus canciones.

En el paseo El mochuelo, aparecen elementos determinantes, entre ellos, la inocencia y rebeldía. La primera, visible en el cazador amigo, que antepone su amistad a cualquier daño posible, en la captura de un animal, en este caso, el de un mochuelo, pájaro cantor que lo vuelve cómplice de un amorío, más cuando dice, “y me lo regaló no más, para la novia mía”. La segunda es planteada por el creador, quien consciente de lo que implica estar preso, lanza su diatriba rebelde, al decir, “Y es que para el animal no hay un dios que lo bendiga”.

Luego, sus cantares nos invita a encontrar una muestra clara del sentido de pertenencia, que muchos pierden al alejarse de su terruño, hecho visible en El viejo Miguel, obra que entra en el extenso mundo merenguero del vallenato, y en el que grita a todo pulmón: “a mi pueblo no lo llego a cambiar ni por un imperio”.

Esos hechos, visibles en su obra, recrean la propuesta de Pacheco Anillo. Sin perder el norte constructor de su mundo y personajes, que no desaparecen pese a los caminos recorridos. Dentro de esa diversidad musical que tiene, descubierta a los seis años por su abuelo Laureano Pacheco, cuando hizo un canto que permanece inédito, Mercedes, nombre tomado en honor a su madre para no hacer visible el de la protagonista central de un canto que narra la invitación a una fuga amorosa, pero que encuentra la voluntad férrea de una mujer que se planta firme: “mucho puedo ser amada, no me lo sigas diciendo, no me entrego ni me vendo, del racho salgo casada”.

A valores como Adolfo Pacheco Anillo hay que darles las gracias por lo creado. Su tierra natal debe hacerlo siempre; el pueblo vallenato lo hizo hace tiempo al declararlo “Compositor vitalicio” junto a Tobías E. Pumarejo, Leandro Díaz, Emiliano Zuleta, Calixto Ochoa y Rafael Escalona. Él es una especie de guerrero que no se dejó vencer por la adversidad.

Adolfo Pacheco fue sonsacado por el sonido del acordeón de sus compadres Andrés Landero y Ramón Vargas, la guitarra de José Nasser Sir Linares o el saxofón de Nelson Díaz. En ese entorno natural y a finales de la década del 60 nació La hamaca grande, bautizada así por Edgardo Pereira, el mejor regalo que concursante alguno haya llevado al Valle de Upar como detalle musical y que nació ante la insistencia de Ramón Vargas Tapia, quien no dejaba de decirle: “compa Ado, llevémosle algo a esa tierra”. Después de dar tanta vuelta, en busca de encontrar el texto y la melodía acorde con esa insistencia, un día sin pensarlo dos veces repitió hasta el cansancio el primer verso, “Compadre Ramón, le hago la visita pa’ que me acepte la invitación, quiero con afecto llevar al Valle en cofre de plata, una bella serenata con música de acordeón”.

Ese día, el hombre que luego sería concejal, secretario de tránsito, diputado, secretario de la Asamblea de Bolívar y que Regulo Matera decidió llevárselo para Barranquilla, donde vive junto a su compañera Betty Anillo, entendió que era la persona escogida, por la naturaleza de su música, para llevar la bandera en nombre de sus antecesores y actuales músicos de su región sabanera.

Es el mismo al que no le deja de resonar en su memoria el eco musical que guarda de su madre, al retratarla cantando los pasillos, vals y boleros de moda, en medio de una nostálgica evocación. Todas sus aventuras, vividas en tierra extraña y luego las que desarrolló en su terruño, le hizo brotar una melodía y un verso, que gratifica el tener amigos, que terminan siendo más que eso. El paseo El profesor, recoge lo que muchas veces, trató de decirles Adolfo Rafael a su compañero, “te mando distinguido profesor, uno de mis retoños predilectos, para que tu como maestro, de los mejores saques el mejor”.

Para nadie, debe ser extraño y menos para sus paisanos, que él para construir su propio mundo, le tocó vencer los diversos fantasmas y duendecillos que aparecen en el camino de la vida, ese importante segmento que tenemos y que la mayoría de las veces, “se vive, no como uno quiere, sino como toca vivirla”.  

* Escritor, periodista, compositor, productor musical y gestor cultural.