Alex Greffin-Klein y Alexis Descharmes: la magia del modernismo

Reseña sobre la presentación ofrecida por los músicos franceses en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango. Los artistas también visitaron Buenaventura y Honda como parte de la Temporada Nacional de Conciertos del Banco de la República 2019.

Alexis Descharmes (chelo) y Alex Greffin-Klein (violín) durante su presentación en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango, en Bogotá. Gabriel Rojas © Banco de la República

Poco después de las 11:00 a.m. del domingo 25 de agosto, vestido de negro e instrumento en mano, el violonchelista francés Alexis Descharmes se asomó al escenario de la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá. Terminados los primeros aplausos, se dirigió al público presente con un ‘buenos días’, según él las únicas palabras en español de su arsenal. (Lea también: Cuarteto Attacca: músicos para el siglo XXI) 

Procedió luego a informarnos, en inglés, que junto con su compañera de ocasión, la violinista francesa Alex Greffin-Klein, darían un vuelco de 180 grados al programa, tocando en la primera mitad la obra Traits del compositor francés Philippe Hurel, originalmente ubicada después del intermedio. La segunda mitad correspondería entonces a muestras de la obra para estos instrumentos de los compositores norteamericanos Elliott Carter y Roger Reynolds. (Lea también: James Johnstone y un concierto inolvidable) 

Así, en un tono bastante discreto que, apenas audible, contrastaría ampliamente con la inmensa y rica paleta de sonidos que luego nos ofrecería en su chelo, Descharmes condensó simbólicamente el vuelco que el modernismo musical occidental del último siglo—presente elocuentemente en el programa de aquella mañana— había hecho respecto a las estéticas musicales que lo precedieron. (Además: José Luis Gallo en concierto: entre estrenos y cantos)

Es simplista, lo sé, expresar de este modo la supuesta misión de una variedad de propuestas musicales que se suelen agrupar forzadamente en la categoría de modernismo. Pero suele ser ese el imaginario preponderante en los recuentos históricos que —desde lo técnico, lo conceptual, o lo estético— nos cuentan sobre los desarrollos de gran parte de la vanguardia musical occidental del último siglo. Una vanguardia, se dice, que llegó para contravenir las grandes curvas narrativas, las largas y expresivas melodías, la teleología implacable de las rutas armónicas, o los ideales de dulzura y redondez tímbricas propias de las obras decimonónicas, reemplazándolas por discursos musicales más fríos, fragmentados, angulares, estridentes y ruidosos, los cuales desafían las fronteras de la sensibilidad romántica idealizada, y amplían de este modo las fronteras de la expresión musical— incluso la noción misma de lo que se podría entender como ‘música’— para incluir nuevas posibilidades expresivas asociadas comúnmente al disenso, al desengaño o a la opacidad propia de la ironía contemporánea.

En efecto, podríamos condensar lo escuchado aquel día en términos similares a los usados para caracterizar dicha vanguardia: melodías angulares y fragmentadas, no propiamente ‘tarareables’; una paleta tímbrica y dinámica amplia y de contrastes variados, ora graduales ora súbitos; una extensión de los recursos técnicos propios de las cuerdas frotadas junto con sus respectivas consecuencias sonoras, tendientes por momentos a la estridencia o en otros a una grotesca dulzura; formas musicales fragmentadas, con autoreferencias oníricas e intencionalmente inconexas a los materiales musicales propios de cada pieza o movimiento; en suma, una serie de estrategias compositivas y expresivas que, en efecto, suelen causar experiencias, digamos, únicas para oyentes con poca exposición a estas estéticas. Oyentes quienes —a pesar de las ensoñaciones del ícono austriaco del modernismo musical temprano, Arnold Schoenberg, según las cuales los oyentes del futuro ‘tararearían’ sus melodías—siguen siendo mayoría contundente.

Pero la imagen, sin duda motivada, del modernismo como quiebre rotundo no cuenta toda la historia. Al contrario, suele esconder continuidades que no solo escuchamos en las obras de aquel día, sino aparecen resaltadas en el programa de mano, siempre tendiente a explicar las crípticas construcciones musicales del programa.

Así, encontramos por ejemplo la tendencia muy occidental a construir un discurso musical ‘motívico’ cuya lógica es la autorreferencia, quizás ya no de motivos o temas memorables, sino de gestos de un efecto sonoro particular que suelen sugerir o incluso demandar del intérprete impactantes gestos físicos y escénicos para su ejecución, algo evidente durante la asombrosa interpretación del dueto francés.

Conecto así con la maravillosa materialización por parte del dueto, de las ideas musicales que acá menciono en el insípido abstracto del comentario escrito. La manifestación efectiva de dichas ideas requiere sin duda de intérpretes excepcionales.

El portento escénico y musical de los dos franceses —quienes intercalaron hermosamente dramáticos momentos solistas con increíbles sinergias en dueto, incluida una sutil pero suntuosa interacción con ‘cinta’ en Reynolds— hizo resonar con autoridad en la sala la sofisticada y calculada perturbación sonora que es tan propia y particular de las estéticas de las obras escuchadas.

Tanto así que, en el caso de mi acompañante, primípara absoluta en la escucha de este repertorio, la potencialmente incómoda perturbación arribó vestida de exquisitez y positivo asombro por el despliegue técnico, expresivo y escénico de Descharmes y Greffin Klein, convertidos aquel día en verdaderos magos del modernismo.

* Maestro en Música con énfasis en guitarra clásica de la Pontificia Universidad Javeriana. Egresado de la Maestría en teoría y composición de Temple University, Filadelfia, Estados Unidos y de la Maestría y Doctorado en Musicología de la Universidad de Princeton, Princeton, Estados Unidos.


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Luis Fernando Valencia*

Música

Alex Greffin-Klein y Alexis Descharmes: la magia del modernismo

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