Se presentará el 28 de noviembre en Disco Jaguar, en Bogotá

Alfonso Espriella, una década de buen rock

El compositor, arreglista y productor realiza un recorrido por su experiencia y evolución como músico. Aunque hace 10 años llevó a cabo su primer concierto, afirma que el miedo antes de salir a un escenario no ha cambiado en lo absoluto.

Según Alfonso Espriella, lo que determina qué tan bueno fue un concierto no es qué tan impecable haya sonado, sino la felicidad del momento. Cortesía

Hace 10 años lancé en Colombia mi primer disco como solista de rock, después de mucho tiempo liderando otras bandas y otros proyectos musicales en varias partes del mundo.

El camino musical de un artista está compuesto por una variedad de actividades que van desde componer una canción en la sala de la casa, ensayar y montar la música con una banda, a la de crear y grabar en el estudio. También están las constantes llamadas, correos electrónicos y reuniones para gestionar proyectos, el trabajo constante con medios (prensa, radio, televisión, redes sociales) y el compartir espacios con seguidores y gente a la que le llega la música.

Sin embargo, una de las experiencias más retadoras y significativas en todo este ejercicio es la de tocar la música en vivo.

En mi caso, este es el lugar donde más claramente puedo trazar una evolución como artista a lo largo de estos 10 años. Una evolución en la calidad de la experiencia que vivo cuando doy un concierto, la cual está determinada por quién soy en el instante de estar parado en el escenario ante un grupo (grande o pequeño) de personas. Depende de qué tan ensimismado o abierto estoy, qué tan conectado o desconectado estoy con el público que tengo en frente, si lo puedo ver y sentir, o si estoy encerrado en mi individualidad, estancado en mi mente pensando en cómo me estarán viendo. O si, por el contrario, puedo fluir libremente con la sensación que produce cada sonido. En definitiva, la calidad vital de un concierto tiene que ver con si soy una víctima del miedo que me lleva a cerrarme, coartarme, adoptar poses artificiales, evaluar cada cosa que hago, o si logro abrirme al riesgo de confiar (con toda la vulnerabilidad que esto implica) y exponerme sin máscara a la mirada del público presente.

Creo que esto, precisamente —poder abrirme y fluir con confianza—, es lo que he venido viviendo, cada vez en mayor medida, a lo largo de estos 10 años de tarimas. Al comienzo el miedo me hacía ser más psicorrígido y perfeccionista a la hora de dar un show. Me llevaba a preocuparme más por lo que estarían pensando los asistentes, con lo cual me quitaba naturalidad para hacer o decir lo que sintiera, o para salirme del guion musical con alguna improvisación si así me nacía en el momento. Quizá el problema principal era que veía ese miedo como un estorbo, como un enemigo. Poco a poco fui aprendiendo a mirar ese miedo de frente y a darle la bienvenida, a hacerlo un aliado, ¡a invitarlo a la fiesta! Y en muchos sentidos, de esto se trata mi música. De darle un lugar digno, en nuestra conciencia, no solo al miedo, sino a todos nuestros sufrimientos, de tal manera que podamos fluir con mayor libertad, sin que sean estos los que controlen cada paso que damos.

El miedo antes de salir a un escenario no ha cambiado. Lo que ha cambiado es mi relación con él. Recuerdo el momento en que Totó la Momposina, en el camerino de Rock al Parque 2013, antes de que cantáramos juntos mi versión rockera de El pescador ante no sé cuántos miles de personas, me dijo: “El día que no sientas esos nervios antes de salir al escenario, ese día ya no hace sentido salir a cantar”.

La persona que soy hoy en día en el escenario no es la misma que era hace 10 años. He ido aprendiendo que para que el miedo no mande la parada, hay que dejar de resistirlo: hay que hacerlo un amigo. Gracias a ello, al dar un concierto logro cada vez más estar realmente ahí y estar presente, vivirlo. En vez de preocuparme por cómo me están mirando, puedo mirar a los ojos de las personas. Puedo leer cosas en sus expresiones e incluso intuir lo que están sintiendo con la música. Esto a su vez me inspira a inyectar más emotividad en la interpretación y se da ese círculo energético de comunión emocional con el público. Los conciertos me sacan de mi estrecha sensación de individualidad y me hacen sentir ese mar de sensación colectiva, donde más que un “yo” se vive un “nosotros”. Este es un lugar muy diferente al mundo mental de los juicios, las preocupaciones narcisistas y las evaluaciones (positivas o negativas) que tanto aíslan y nos desconectan.

Entre más distante estoy de mí mismo, de mi experiencia inmediata del momento, más distante me siento del público. Entre más cerca estoy de mí, de la inmediatez de cada sensación musical, más unido me siento a la gente que asiste a mis conciertos. (Y esto, creo, aplica a cualquier relación o circunstancia en la vida).

Un buen concierto nos transforma. El estado de conciencia de quien se baja de la tarima después de haber vivido una comunión fuerte con los demás no es el mismo de antes de subir. A veces esa sensación de expansión y liviandad dura con uno incluso hasta el día siguiente de la presentación. El gozo de poder estar presente y pleno en el mundo sensorial y emotivo al que la música me lleva, compartiendo esa experiencia con otras personas a las que en esos momentos siento como parte de mí, es quizá uno de los aprendizajes más importantes que he tenido a lo largo de estos 10 años de camino como cantante solista de rock. Así, tocar en vivo se hace cada vez más especial. Me gusta pensar que lo que determina qué tan “bueno” fue un concierto, no es qué tan impecable haya sonado, sino qué tan felices fuimos en la experiencia.

Quizá esto aplique para la totalidad de la vida misma.

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Alfonso Espriella

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Alfonso Espriella, una década de buen rock

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