Béla Bartók, el compositor que murió de hambre

Los nazis lo catalogaron como autor de lo que ellos llamaban “música degenerada”, mientras que Bartók (1881–1945) prohibió que sus composiciones fueran interpretadas en Alemania durante el régimen de Hitler.

Las biografías dicen que la muerte del músico Béla Bartók, el 26 de septiembre de 1945, en un hospital de Nueva York se debió a leucemia, pero la verdad es que el ilustre artista, que en esa época apenas pesaba poco más de cuarenta kilos, murió físicamente de hambre, ya que sus recursos eran ínfimos y su orgullo era tal que le impedía recibir lo que él consideraba limosnas. Es extraño porque en ese entonces su puesto no solo como uno de los grandes músicos del siglo XX, sino también de toda la historia de la música, ya estaba asegurado y la admiración por su obra, si bien no lo hacía exactamente popular, era unánime en todos los círculos musicales. De hecho, declaraban que él y Liszt eran los dos grandes músicos que Hungría había dado al mundo.

Bartók había nacido en un pueblo que en esa época era húngaro, pero que, por las veleidades de la geopolítica, hoy pertenece a Rumania. Desde temprana edad mostró facilidad musical y dio un recital como pianista cuando solo tenía once años, con gran éxito y en ese concierto incluso tocó una composición propia. Comenzó a tomar clases formales de música en la Academia de Budapest, donde conoció al gran compositor Kodaly, quien sería su amigo de toda la vida, otro gran nombre pero no a la altura de la de su amigo. El destino les cambió a los dos cuando Bartók escuchó a una nodriza entonar canciones folclóricas. Esto despertó un interés por el folclor y por muchos años se dedicó a visitar pueblos campesinos para recopilar su música tradicional. Fue uno de los pioneros en el uso del fonógrafo para grabar y dejar una constancia sonora permanente de ese arte del pueblo.

Las primeras obras

Al volver a la capital, Bartók oyó música de Richard Strauss y Claude Debussy y al ser invitado a ser profesor de piano de la Academia, decidió volver a la creación musical, pero incorporando a ella lo que había aprendido en sus investigaciones sobre el folclor. Como profesor fue exitoso según indica el que entre sus alumnos hubiera luminarias de la música como los directores de orquesta Reiner y Solti y los pianistas Lili Kraus y Sandor. Estos dos últimos fueron en sus tiempos visitantes de Bogotá y de hecho con Sandor (quien estrenó el Tercer concierto para piano del maestro) pasamos una inolvidable velada en donde el artista nos regaló reminiscencias sobre Bartók.

Bartók en esa época decidió aplicar lo que sabía a sus composiciones y nacieron poemas sinfónicos como Kossuth y el Primer cuarteto de cuerdas, así como su única ópera: El castillo de Barba Azul.

Revolución y exilio

Después de la Primera Guerra Mundial, Bartók apoyó y formó parte activa de la Revolución húngara de 1919, pero cuando sus adalides comenzaron a boicotear artistas amigos, el músico decidió emigrar y dedicó unos años a continuar sus investigaciones folclóricas. Pero la composición le atraía como un imán y escribió sus sonatas para violín y en especial un ballet de vanguardia llamado El mandarín milagroso, en el que se notan las nuevas influencias de Stravinsky y Schönberg. El ballet iba a ser estrenado en Colonia, pero el alcalde de la época consideró que esa historia de crimen, prostitución y decadencia, con alto contenido sexual, era inmoral y la prohibió. El alcalde era nadie menos que el mismo Konrad Adenauer, quien muchos años después dirigiría los destinos alemanes. La obra, sin embargo, fue acogida con aprobación en otros centros y aún es interpretada con frecuencia. Otras composiciones suyas incluyeron sus cuartetos finales, la impresionante música para cuerdas, percusión y celesta, además del Divertimento, que se podrá escuchar en uno de los conciertos del Cartagena Festival Internacional de Música.

Este último fue un encargo del millonario suizo Paul Sacher, gran amante de la música, quien no solo comisionaba obras a compositores importantes (y con una increíble visión de lo que era bueno) a quienes pagaba en forma generosa, sino que incluso creó una orquesta propia para tocar esa música.

La situación europea

A finales de 1939 y principios de los 40, la situación en Europa se había puesto muy difícil, en especial para un artista que tenía fama de revolucionario y demócrata. Los nazis lo habían catalogado como autor de lo que ellos llamaban “música degenerada” y a su vez Bartók prohibió que su música fuera tocada en Alemania mientras los nazis estuvieran en el poder. Fue entonces cuando el compositor junto con su segunda esposa y su hijo Peter emigraron a Estados Unidos. Allí comenzó con una beca de la Universidad de Columbia para clasificar sus investigaciones folclóricas y por un tiempo vivió decorosamente, así no tuviera grandes lujos, ya que rehusaba enfáticamente cualquier ayuda monetaria de sus amigos y admiradores, porque la consideraba caridad.

La cosa llegó al extremo de no poder pagar sus cuentas de hospital, requeridas por su salud, cada vez más precaria, y hay que decir en honor de la Sociedad de Compositores y Autores de ese país que, aunque Bartók no estaba afiliado a ella, recogió y pagó todas sus cuentas.

Conocedores de su orgullo, los admiradores se unieron para encargarle obras. Yehudi Menuhin fue el recipiente de una sonata para violín solo, que había encargado, y el director de la Sinfónica de Boston, Sergio Koussevitzky, se inventó un homenaje a su difunta esposa para encargarle la que puede ser una de las culminaciones de la música sinfónica del siglo pasado: el Concierto para orquesta.

La muerte de Bartók

A pesar de que la salud del músico se deterioraba cada día más, en especial porque las privaciones del pasado inmediato habían cobrado su cuenta al frágil cuerpo del genio, que muchas veces no tenía para comer. Cuando murió, su deceso pasó casi en secreto y a su entierro solo acudió una docena de personas.

Eso no ha sido impedimento para que Béla Bartók sea considerado uno de los músicos más importantes de la historia, no solo por la calidad de sus obras, sino también porque incluyeron elementos revolucionarios para la evolución del arte. Se trata de un nombre ilustre que figura en un sitio de honor entre los grandes autores de todos los tiempos.