Cuarteto de Cremona: un ensamble con instrumentos legendarios

El sonido de este cuarteto, que consagrará su repertorio a Bach, Beethoven y Mozart, tiene un ingrediente esencial: todos los instrumentos fueron propiedad, muchos años atrás, del ícono del violín Niccolo Paganini.

/ Cortesía

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Una serie de eventos (lógicos, pero inusuales) fueron necesarios para que el Cuarteto de Cremona sonara como sonará en Cartagena. Un lutier célebre, Antonio Stradivari, diseñó y ensambló, entre 1680 y 1736, cuatro instrumentos para música de cámara. Todos terminaron en las manos de un violinista, Niccolo Paganini, que se convertiría en leyenda. Aquel violinista murió, y los cuatro instrumentos (dos violines, una viola y un chelo) se repartieron en distintas manos. Un siglo más tarde, una mecenas, Anna Eugenia La Chapelle, los reunió con el pacto tácito de que jamás serían separados y los dio en préstamo a un cuarteto de cámara cuyo nombre honraría la memoria: el Cuarteto Paganini. Hacia 1994, cuando comprarlos era imposible incluso para un músico de talla exacerbada, una fundación musical japonesa los adquirió, los puso bajo la guardia de dos cuartetos que luego se desbandarían y en septiembre de 2017 los prestó al Cuarteto de Cremona.

Los cuatro instrumentos cumplieron a cabalidad un recorrido circular: fueron concebidos y creados en Cremona, una pequeña villa italiana, y vagaron de dueño en dueño solo para terminar en las manos de cuatro músicos educados en un conservatorio de Cremona. Sus peripecias, su resistencia de náufrago viejo y su firmeza como caja de resonancia resultan tan atractivas que es posible que el Cuarteto de Cremona se haya convertido en el único ensamble del mundo en el que los instrumentos son más afamados que sus músicos.

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Alguien arriesgaría incluso la hipótesis metafísica de que los instrumentos se valen por sí mismos y los intermediarios son por completo innecesarios. La extravagancia de la premisa dejaría por fuera, sin embargo, la ejecución fina de los cuatro músicos genoveses que conforman el Cuarteto de Cremona: Cristiano Gualco y Paolo Andreoli en los violines, Simone Gramaglia en la viola y Giovanni Scaglione en el chelo. Desde 2000, tras sus estudios en la Accademia Stauffer, el cuarteto ha grabado 18 álbumes, ocho de ellos dedicados a los cuartetos para cuerda de Beethoven. Su repertorio incluye piezas de la tradición italiana (Puccini, Verdi, Boccherini), los cuartetos de Bartók y Haydn y los quintetos para piano de Dvorák y Brahms.

En parte porque ha consagrado numerosas sesiones de grabación a Beethoven y en parte porque no existe otro método para la maestría que la obstinación, el cuarteto alcanza la belleza cuando interpreta las piezas del alemán: su ejecución del Cuarteto en Si bemol mayor opus 18 n.° 6, durante un festival italiano cuatro años atrás, simula la superposición de voces de un coro trágico y, mediante el relieve intercalado de cada instrumento, muta de un estado a otro: del horror súbito al optimismo febril, mientras un violín calla y el otro contesta bajo la condición de que el siguiente lance sea más robusto, hasta llegar a una cima de la cual solo es posible descender para comenzar de nuevo.

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Sus instrumentos tienen nombre propio.

Fueron bautizados por su origen o el nombre de su dueño antes de que llegaran a los dominios de Paganini. Los dos violines, Desaint y Conde Cozio de Salabue, fueron ensamblados en 1680 y 1727; la viola, Mendelssohn, en 1731; el chelo, Ladenburg, en 1736. Los tres más recientes pertenecen a la época dorada de Stradivari —que moriría a los 93 años en Cremona— y, según refiere la Enciclopedia Británica, aún ocultan, a despecho de numerosos análisis infructuosos, la fórmula del ingrediente que permite que esa caja de resonancia tome el carácter de una bestia melódica: el barniz.

Con y sin el ensamble de instrumentos de Paganini, el Cuarteto de Cremona ha recorrido las academias de música europeas para dictar cátedra, ha visitado Ámsterdam, Hamburgo y Edimburgo y ha girado por Dinamarca, Estados Unidos, Canadá y Japón. Sus asistentes han atestiguado su capacidad de multiplicarse por dos en las regiones más sonoras de cada pieza y de reducirse casi a la inexistencia en los pasajes menos intensos, como en su ejecución del Cuarteto opus 77 n.° 1 de Haydn. En el último tramo, durante una presentación reciente, aunque aún repasaban los arcos sobre las cuerdas en un volumen bajísimo, su lentitud y su precisión eran tales que nadie en el auditorio se atrevió a aplaudir antes de tiempo, de modo que por un momento el Cuarteto Cremona convirtió el silencio en el sonido más venerable.

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En el Cartagena XIII Festival Internacional de Música, el repertorio abundará en otros compositores. Piezas de Mozart y Bach (entre ellas un fragmento de El arte de la fuga) están incluidas en los tres conciertos. Las piezas de Beethoven planeadas (Gran fuga, opus 133, por ejemplo) reafirman la tradición del cuarteto y permitirán verificar si es cierta la leyenda —contada por el chelista del Cuarteto de Tokio, que tocó el chelo Paganini— según la cual los instrumentos de Stradivari tienen una personalidad tan propia y una terquedad tan irreversible, que permiten ser tocados solo si son ellos quienes dominan al músico.

 

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