El 4 de marzo, concierto en el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo

Descubrir una tierra sin turupes

Orlando el “Cholo” Valderrama es uno de los pocos hombres libres
que quedan en el mundo. Se sabe campesino, le canta al Llano y
le declara su amor a esta tierra lisa donde la brisa circula sin freno.

“La música llanera alborota los sentidos y hace que la gente que nunca la ha oído no la olvide jamás”, dice el “Cholo” Valderrama mientras recorre su hacienda a caballo.Cortesía Teatro Mayor

I’m an alien
I’m a legal alien
I’m an englishman in New York
Sting

Un par de rolos en la sabana. Así es como tal vez Sting se pudo haber sentido en la Quinta avenida de Nueva York cuando cantó esta famosa canción que recuerda tanto los mundos disímiles en los que nos movemos. Así de fuera de lugar nos sentimos nosotros pisando esa tierra seca de Pore, Casanare, visitando a Orlando el Cholo Valderrama (Sogamoso, 1951) en una de las enormes extensiones del Llano colombiano, esa tierra sin turupes como la llama él, un paisaje que a una persona de ciudad le resulta difícil de entender.

Y, sin embargo, no había por qué sentirse perdido en esa inmensidad.

Bastaba mirar con los ojos bien abiertos, tanto como lo permitiera la luz blanca y brillante que nos recibía. Bastaba entender que ese pueblo de Pore, a una hora larga desde Yopal, de calles perfectamente pavimentadas pero tenebrosamente solas, con casas baratas recién construidas, colmado de estadios deportivos y de hoteles vacíos, era la metáfora del desplome de la bonanza petrolera.

 “Desde que se fueron nos dejaron tranquilos –dice el Cholo, sin sombrero, en su camioneta sencilla, mientras nos lleva hacia su finca, a unos 20 minutos del casco urbano–, se creían los dueños de esto”. Recuerda cómo, hace unos dos o tres años, el pueblo era otro, lleno de extranjeros con cascos, ingenieros planificando el escenario de la riqueza. Sin pensar mucho en la gente. “Eran famosos los contratos de las petroleras, se les conocía como ‘los 28 días’, así se evitaban pagarles a los trabajadores el mes completo. Y luego los volvían a llamar a los dos meses y así no había ningún vínculo legal”, cuenta sin sorpresa, como diciendo así son las cosas por aquí, y por muchos sitios.

El paisaje va cambiando. La carretera polvorienta nos va metiendo en terrenos de extensiones grandes. De repente, un portón inmenso en medio de la llanura apenas cercada con alambres de púa. “A un amigo le dio por construir esta puerta que parece de puro mafioso –dice riéndose a carcajadas– y encima le puso ventanita para mirar al otro lado, ¡cómo si no hubiera todo ese terreno a la vista para ver quién está detrás!”. Ya vamos entendiendo su humor, que es grande, como esas planicies que nos dan la bienvenida.

Llegamos a su tierra querida. El letrero de madera lo dice todo: Vida Tranquila. Eso es lo que busca. Es su mantra. Lo primero que se ve, el patio de ordeño; cada día sus vacas producen 350 litros de leche que se comercializa en el pueblo. Ya no ordeñan a mano, si bien todavía canta los versos que les cantaba su mamá a las vacas para que dieran más leche. “Da la vuelta turpial turpial, cielo negro y noche oscura, el ordeñador te espera con el rejo y la totuma…”.

Muy rápidamente nos damos cuenta deque la melancolía no es lo suyo. Con él convive la tradición tan bien como la modernidad. “¿Por qué voy a sonar a melancolía? La cultura llanera está bien viva, yo no estoy cantando la música de mis abuelos, sino lo que está produciendo el Llano hoy”, cuenta mientras empieza a mirar en sus redes sociales cómo van las cosas –tiene aplicación, chatea por Whatsapp, está en Twitter y Facebook y su música se encuentra fácil en Spotify y Youtube– y verifica sus regalías en sus plataformas digitales. Está perfectamente conectado al mundo con su Iphone 7 Plus y su portátil. Eso sí, la changua se la siguen sirviendo en un pocillo de cerámica desportillado que pareciera su fetiche. 

También aparece su hermano Víctor, cabeciblanco, de grandes bigotes y hombrotes anchos, el hombre hábil de los números, el que habla de la educación que recibió cuando niño con orgullo, “donde salíamos del colegio con un poco de inglés, un poco de francés y un poco de latín”. Mientras, el tiempo lo va marcando el sol que calienta fuerte. Nuestra misión es ahora entender eso de la ruda tierra llanera, esa que no es blanda, como la define él.

Y entonces nos montamos en sus caballos Chubasco, Patioajeno y Pluma en el aire. Todos con el sello del CHOLO en sus lomos. Recorremos uno de los seis pozos profundos que tiene, donde conviven patos, babillas, chigüiros y tortugas galápagos. Más caballos libres nos saludan a nuestro paso, relinchan y galopan. Este es su paisaje diario. La tierra cuarteada por ahora, hasta mayo que empiezan las lluvias y se alargan hasta noviembre, está justo pariendo becerros por estos días de comienzo de año para que no sufran con los temporales. Mientras nos cuenta su mundo, él va cantando que “Si el cielo es un paraíso, tendrá que tener un llano donde esté mi mamá Sara en un corral ordeñando y esté mi papá Manuel montado sobre un caballo”.

Al rato, llegan un par de chalanes escoltando unos novillos que apenas llegan a la finca. Lo que sigue es el ritual del herraje. De hierro, caliente, no de herraduras. Eso que conocemos como marcar el ganado, la manera como se controla el robo de reses. Así, CHOLO empieza a aparecer en varios lomos que saltan por el calor del metal. Huele a carne quemada y el sol de 35 grados arrecia. Luego, meten al corral a otros novillos rebeldes a los que tocó enlazar en el potrero para decirles quién es el jefe y los agarran de la cola, los colean, para controlar su embiste y su ira. Es la dominación y la evidencia de la rudeza de este trabajo de manos duras y mucha resistencia para largas jornadas encima de un caballo. El Cholo está allí, siempre allí.

¿Dónde está la música en el Llano?

Mi taita a mí me decía que cerquita del horizonte están los versos regados por la sabana y el monte. Solo que pa recogerlos hay que tener un alma noble, un corazón de llanero y un algo de estilo y porte.

¿A qué suena su música?

Mi música es fuerte. La música llanera alborota los sentidos y hace que la gente que nunca la ha oído no la olvide jamás. Tiene una gran vitalidad, que es la vitalidad del llanero, de la tierra, y muchísimo sentimiento por el amor que les ponemos a la tierra y nuestras tradiciones. Las falencias que tenemos estructurales de la música las matamos con sentimiento.

¿Para usted qué es el joropo?

El joropo es una música alegre, un tanto brusca, aunque no ruda. Es el canto para una tierra que no es blanda y no es blanda de amansar. Es nuestra tradición oral, pues los corridos eran prácticamente los correos del Llano. El joropo son las historias contadas.

¿Qué tan fuerte es la relación del trabajo de campo con la música?

En mi tierra hay un refrán que lo tienen por agüero: que el que no canta ganado no sirve pa cabresteo. Eso es lo básico con lo que se maneja el ganado. El llanero es música, vamos “arriando” ganado y vamos silbando. En las grandes travesías de ganado, éste de noche se vela, se encierra y dos personas le cantan toda la noche para que no haya estampida. El canto de velo es muy parecido al de ordeño, pero en vez de cantarle a la vaca, se le canta al novillo. Y también está el canto de cabresteo, que es el del hombre que va delante con el ganado y va cantando para que éste sepa a dónde dirigirse. Es mucho más fuerte, claro.

¿Qué diferencia la tradición de la costumbre?

Es que la tradición se mantiene, lo que no se pueden mantener son las costumbres. Todas las cosas van cambiando, ¿qué tal uno estático desde hace 500 años? Uno puede seguir siendo llanero viajando en avión, usando tecnología o poniéndose zapatos, y no cambia porque es que la tradición no es eso. La tradición es otra cosa, es la querencia que uno le tiene al Llano. Como decía un amigo venezolano, “el Llano no se va a acabar, familia, porque ¿quién se lo lleva?”. Y aquí seguiremos por “sécula seculorum”.

¿Qué tan fértil es la música llanera hoy en día?

Hace unos cuatro años se nos dio por hacer una cuenta de cuántos discos o cedés salían al mercado de música llanera mensualmente y contamos entre 45 y 50. Estamos hablando de 500 discos de música que botaba el Llano hace cuatro años. Yo creo que ahorita puede botar un poquito más. El Llano está preñado de música llanera y que le gusta al llanero.

¿Tantos? ¿Dónde está esa música?

Esto se vuelve un círculo, no vicioso sino musical, porque al ser el Llano una región tan tradicionalmente religiosa, todos los pueblos tienen sus fiestas patronales, su santo a quién adorar. Hay trabajo y no hay mucha necesidad de encaramársele al cerro, porque la Cordillera Oriental es como una barrera entre el Llano y el resto de Colombia. Y aquí hay llaneros que nacen y mueren sin saber jamás qué hay al otro lado de ese cerro. Esa muralla. Y así está la música, como queriendo no salirse, porque al pasar ese cerro y esa cordillera, la lucha es otra, es desigual, es encontrarse con un pueblo que desafortunadamente no sabe quiénes somos nosotros, qué es nuestra música, cuál es la realidad del Llano y tiene que enfrentarse a que lo vean mal porque anda ensombrerado en una ciudad como Bogotá, o que lo vean como bicho raro, y todas esas cosas de una u otra forma influyen, para decir yo mejor me devuelvo, aquí no me quedo.

Pero, usted sí cruzó el cerro.

Yo creo que ese es mi espíritu aventurero, siempre quise saber qué había al otro lado del cerro. Y fui y lo conocí, lo viví.

 
Y cruzó el charco también. Y así, el mundo entero conoció al Cholo Valderrama y lo premió con el Grammy a Mejor Álbum de Folklor en 2008 por su trabajo Caballo. Le preguntamos qué debe hacer alguien como nosotros, cachacos que quieren descubrir la música llanera. “¿Por dónde empezar? Por conocer el Llano. Conociéndolo ya se tiene una idea más clara de lo que se está cantando”, concluye. Y es cierto. Hay que permitirse entrar en ese mundo raro, agreste, sudoroso, silencioso y hospitalario, donde se oyen silbidos y oess de los chalanes “arriando”. Solo así se entienden esas coplas hermosas que le cantan a una tierra rica que ellos tienen el privilegio de pisar día a día. Lo siguiente, sería cruzar el cerro. Y si los vemos ensombrerados en la calle, les haremos una venia, como ellos hicieron con nosotros, y nos encargaremos de darles la bienvenida.

*Si está fuera de Bogotá y ama la música llanera, no se pierda el concierto del Cholo Valderrama el 4 de marzo a las 8 p.m. Conéctese al Teatro Digital en www.teatromayor.org y disfrute la función.
**Teatropedia es un proyecto educativo del Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo en pro de la formación de públicos en temas culturales.

 

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