Temporada de Conciertos 2019

Diálogo a partir de la interpretación del cuarteto Éclisses

Reseña sobre la presentación ofrecida por este colectivo francés en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango en Bogotá. La agrupación también visitó Quibdó y en San Andrés.

El cuarteto Éclisses, de Francia, interpretó piezas clásicas y también incluyó repertorio latinoamericano. Gabriel Rojas © Banco de la República

"En realidad muy buenos. Increíble la mezcla que logran. Y el histrionismo que usan es a veces medio ‘boleta’ pero les funciona muy bien". Palabras más, palabras menos, esa fue la respuesta preliminar que recibí de un amigo tras preguntarle su opinión sobre el cuarteto de guitarras francés Éclisses, momentos después de terminarse la primera parte del concierto ofrecido por dicha agrupación en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá.

Aunque me formé como guitarrista clásico, hace tiempos que no me considero digno de dicho título, a razón de haber elegido luego caminos alternos a la interpretación musical propiamente dicha. Mi amigo, en cambio, desde pequeño y hasta el día de hoy ha estado metido en el mundo de la guitarra clásica; lo ha vivido y lo sigue viviendo en toda su peculiar complejidad, muchas veces revestida de simplicidad para el observador externo. En los varios intercambios que tuvimos durante y después del concierto, fue claro que esa experiencia era particularmente valiosa para alimentar una respuesta crítica a lo que en escena sucedía.

En nuestra conversación del intermedio, me percaté de que tendíamos a coincidir en muchas de nuestras apreciaciones sobre el cuarteto y su presentación. Por un lado, hacíamos constante hincapié sobre la cualidad sonora del cuarteto: no tanto sobre la lograda individualmente por cada uno de estos cuatro “mosqueteros” de la guitarra (la referencia la sugeriría el compositor brasilero Sérgio Assad al dedicarles la pieza One 4 all 4 one (Uno para todos para uno), que sería interpretada por el cuarteto justo después del intermedio); sino sobre la realmente increíble homogeneidad sonora que lograban darle a la mezcla de los cuatro “palos”.

Tanto así, que mi amigo le pareció a veces ya demasiado “empalagoso” y “saturado” el sonido, particularmente en Introducción y fandango, arreglo para cuarteto de guitarras de un quinteto para cuerdas de Boccherini con el que Éclisses abrió ese concierto.

Para mí, el comentario era elocuente de la cuasi perfección del trabajo sonoro del cuarteto. A veces, cuando no se encuentra blanco evidente para la crítica sopesada, aquella que está despojada de apasionamientos y psicologismos personales, entramos inevitablemente en el espacio del gusto.

Algo similar siento nos ocurrió con Éclisses: más allá de señalar lo exageradamente dulzón del Boccherini, el histrionismo a veces un tanto artificial y exagerado del guitarrista líder, o el efectismo expresivo de las escalas de las Danzas fantásticas de Joaquín Turina—todos comentarios surgidos de nuestras propias neurosis personales—, poco podíamos realmente “criticar” de su actuación. Y si en algo coincidimos sobre la primera parte, fue en la brillantez de la interpretación de la pieza Changing the Guard del ruso Nikita Koshkin.

La puesta en escena, los efectos, los matices tímbricos, la calidad del uso de técnicas extendidas, la frialdad expresiva, todos estos elementos se combinaron de manera perfecta para brindar una versión realmente fabulosa de la pieza. Bueno, casi todo, según mi amigo, a quien le pareció que pudo haberse potenciado la naturaleza de la pieza, en cuya textura el diálogo transversal es muchas veces crucial, si los guitarristas se hubieran ubicado más separados los unos de los otros. Vaya uno a saber. 

La segunda parte del concierto corroboró la calidad del cuarteto. Mientras escuchábamos la ecléctica pieza de Assad, que graduaba de “mosqueteros” a los guitarristas en escena, mi amigo me comentó algo acerca de la disposición del cuarteto en escena. Habíamos coincidido durante el intermedio en que era notoria la leve diferencia tanto a nivel técnico como sonoro del guitarrista a la derecha, lo cual era evidente solo en las pocas secciones en donde esa guitarra tenía protagonismo. De repente, surgía la posibilidad que la leve diferencia, al menos a nivel de sonoridad, se debiera a la disposición: en efecto, la boquilla de esta guitarra apuntaba lejos de donde estábamos.

Las breves intervenciones protagónicas de este guitarrista durante la segunda mitad las recibí más amablemente gracias a esta revelación, hasta el punto en que, como por arte de magia, la aparente asimetría se desvaneció por completo durante la última pieza del concierto, un arreglo para cuarteto de guitarras de las célebres Danzas del ballet Estancia de Ginastera, originales para orquesta. La versión de Éclisses de estas danzas pampeanas fue realmente conmovedora. En la discreta sonoridad de las guitarras, las danzas encontraron irónicamente una fuerza y una potencia expresiva imponentes. En brazos de las cuerdas pulsadas, resonaron con vigor las labores pampeanas que Ginastera quiso dibujar en su obra. El dibujo corporal de los “mosqueteros” fue, además, el justo y necesario, esta vez sin excesos de histrionismo. Al ver a mi amigo guitarrista aplaudir con emoción al terminar el concierto, me volvieron a la mente sus primeras palabras. Coincidimos: en realidad, muy buenos.

* Maestro en Música con énfasis en guitarra clásica de la Pontificia Universidad Javeriana. Egresado de la Maestría en teoría y composición de Temple University, Filadelfia, Estados Unidos y de la Maestría y Doctorado en Musicología de la Universidad de Princeton, Princeton, Estados Unidos.

 

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