25 Dec 2013 - 8:05 p. m.

‘Diomedes fue un man feliz’

Óscar Fabián Calderón, exmánager de Rafael Santos, asegura que el cantante vallenato fue “un tipo de éxitos”.

Jesús David Otero/ Óscar Güesguán Serpa

Óscar Fabián Calderón fue mánager de Rafael Santos —hijo de Diomedes Díaz— y amigo cercano de la familia del Cacique de la Junta. Asegura que el talento del cantautor vallenato era algo innato, “un don de Dios”, y que no tenía seguidores sino fanáticos que se hacían matar por su música. Curiosidades y anécdotario de un “man feliz”.

¿Qué les deja Diomedes a los demás cantautores vallenatos?
Sin duda, es escuela para todas las generaciones que lo precedieron. Si usted mira a las siguientes generaciones de artistas del género, tienen algo de Diomedes en su canto, en sus expresiones, porque él tuvo una vida artística muy regular: desde su primer álbum, en el que grabó El chanchullito con Nafer Durán, hasta el último, fue un tipo de éxitos. Otros aparecen, tienen un boom y desaparecen. Diomedes no. Desde el primer álbum que grabó hasta el último fue un éxito y tuvo ventas millonarias. Sin duda es el artista colombiano que más discos ha vendido en Colombia.

¿Dónde lo conoció?
En Valledupar. Al frente de mi casa vivía una tía de Diomedes y él era novio de una prima hermana. Mi mamá le regalaba a Diomedes jengibre para que chupara para cuidarse la garganta. Fui mánager de Rafael Santos, hijo de Diomedes, durante tres años.

¿En qué se basó Diomedes para crear su particular estilo?
Eso es innato. Creo que es un don de Dios. Porque desde su niñez se pajareaba para espantar a las aves que llegaban a comerse el arroz. Él con una lata y un palo los espantaba y cuando se aburría empezaba a cantar.

En el vallenato empezaron Jorge Oñate con los hermanos López y Poncho Zuleta. En esa época era guacharaquero de Oñate y Diomedes era su utilero, pero él ya cantaba. Cuando Oñate lo sacaba a cantar pasaba algo muy particular: la gente se aglomeraba para verlo. Siempre tuvo un imán, o un ángel, como lo llama uno en este negocio. A donde Diomedes llegaba había una energía rara, muy particular.


¿Cuál es la anécdota que más recuerda?

Una vez fuimos a Puerto Ordaz, Venezuela. Yo iba con Rafael Santos, que iba a tocar con el mismo grupo del papá, y lo esperamos en la frontera, en Maracaibo, pero él no llegó. Nos regresamos a Valledupar y al otro día nos fuimos de nuevo a Maracaibo. El vuelo que nos iba llevar a Puerto Ordaz salía a las 3 p.m. y Diomedes llegó a las 5 p.m., es decir, el vuelo nos dejó por esperarlo. El empresario que nos había contratado hizo lo imposible y terminamos llegando allá a las 3 a.m. El tipo estaba que mataba a Diomedes. Le dije a Rafael que le avisáramos a su papá que no llegara porque el empresario estaba de muy mal genio. Hacían hasta disparos al aire. Cuando llegó la camioneta en la que venía Diomedes, él se bajó y dijo: “Mi querido empresario, aquí está su artista”. El man vino y lo abrazó y se le acabó la furia. No conforme con ello, Diomedes le dijo, a las 3 a.m., que necesitaba un odontólogo porque se le había caído el puente. La presentación arrancó a las 6 a.m. Tenía un don particular para manejar todas esas situaciones.

¿Qué significaba para Diomedes la fama?


Él siempre fue el mismo tipo: muy humilde, muy desprendido de todo, incluso de sus bienes. Era, como dicen hoy los pelados, bipolar. Un día te reclamaba $2.000 y al otro te regalaba un millón. Para él la gente era todo. Mire que, incluso como estaba, el viernes fue su último concierto. Su motor eran las personas. A su casa en Valledupar llegaba la gente, como si eso fuera una fundación, a pedirle para los servicios o medicamentos.

Una vez veníamos de un concierto en Espinal y me pidió que le dijera a su mánager, José Zequeda, que le consiguiera $20 millones. Lo llamé y se los pedí. Fui a recogerlos. Cuando llegué al hotel me preguntó: “¿Usted es casado?”. Le respondí que sí y me dio un fajo para que se lo llevara a mi esposa. Los repartió con otras personas que estaban ahí y me dijo: “Listo. Se acabó la plata. ¿Sí ve? La plata no es nada. Entonces no peleemos por eso”.

Siempre fue muy generoso. En las invitaciones a su casa fue el mejor anfitrión. Cuando invitaba a alguien a su casa había que llevar a disposición el hígado fino para tomar y el estómago propio para comer.

¿Cómo fueron las distintas etapas con los distintos acordeoneros de Diomedes Díaz y con cuál tuvo su momento cumbre?

Son épocas. Cada uno le aportó mucho. Como decía en su canción Mi vida musical, de cada uno aprendió mucho y recibió su aporte.

Por cifras, la cumbre de Diomedes fue con Juancho Rois, en su segunda unión, cuando hicieron el álbum Título de amor, que tuvo unos picos impresionantes en ventas, superando las 700.000 unidades.

El Cocha Molina también tuvo su aporte. Él llegó muy joven a la vida de Diomedes. Iván Zuleta fue otro que hizo su carrera musical y se destacó mucho con Diomedes, particularmente por la parte del verso y todo el repentismo que tiene este muchacho, también sobrino de los hermanos Zuleta. Y con el actual, con Alvarito López, que es familia del Debe López. Con cada uno tuvo su historia y, si uno hace el recorrido, con cada uno tuvo sus éxitos, por lo que le decía al comienzo: es uno de los artistas con una carrera más regular en todo el vallenato, desde que arrancó hasta el viernes pasado, con su último trabajo.

En Valledupar, cuando había un lanzamiento de Diomedes, en su época, enseguida decretaban día cívico, nadie trabajaba, nadie estudiaba, no había bancos. Eso era siempre. Para los 26 de mayo ya uno lo esperaba, la gente se preparaba, y había una caravana infinita en el aeropuerto. La gente seguía el furgón que llevaba los LP; era impresionante. Había una emisora que se llamaba La Voz del Cañaguate. Tenía un móvil rojo y los locutores iban describiendo: “Vamos aquí con el furgón donde van los discos de Diomedes Díaz”.

Él tenía fanáticos, más que seguidores. Cuando tú sientes fanatismo por un artista, lo pones en el cuarto, le pones una vela, lo consideras un dios. Eso veía mucha gente en Diomedes. Se hacían matar por el hombre y su música.

En Valledupar no tenía vida pública. Llegaba a un banco o una tienda y tenía que irse porque todo el mundo lo seguía. Tú allá ves que a Jorge Oñate, Poncho Zuleta, cualquier otro que te encuentres, lo saluda todo el mundo, y hasta ahí. Pero a Diomedes no. Llegaba y la gente quería agarrarlo. Despertaba mucho fanatismo.

¿Qué le llamaba la atención de las presentaciones de Diomedes?

Me impresionaba mucho. Iba a las famosas casetas en Valledupar y había otros artistas, como Rafael Orozco, los hermanos Zuleta, Oñate y Joe Arroyo, pero cuando cantaba Diomedes la gente dejaba de bailar se quedaba parada mirándolo.
Cuando celebró en El Campín los 30 o 25 años de vida artística invitó a todos los acordeoneros que habían grabado con él, incluido el Cocha Molina. Cuando reanudó los conciertos, después de una de sus enfermedades, le dio una categoría mayor al artista, más de espectáculo.

¿Cómo fue el vínculo con Joe Arroyo?

Joe Arroyo le decía “mi hermanito” a Diomedes. Pertenecían a la misma compañía, grabaron juntos. En los carnavales de Barranquilla, donde no estuviera el dueto Joe-Diomedes la gente no le daba el aval a la caseta, no les daba el aval a los carnavales. Eso tenía que existir para que fuera el Carnaval.

Fueron muy amigos. De hecho, Diomedes se conmovió mucho cuando murió el Joe. Se tenían admiración cada uno en su género.

¿Cuál era la canción que más le gustaba cantar a Diomedes Díaz?

Había una canción que lo conmovía mucho: El ahijado. Él decía que era para sus compadres que se habían muerto o habían matado, y le daba mucho sentimiento ver a la viuda, ver a los niños. El cóndor herido también le gustaba mucho.


¿Hubo algún trabajo con el que Diomedes Díaz hubiera quedado inconforme?

No creo, o por lo menos él nunca lo dijo. Diomedes era una persona muy rigurosa al momento de escoger sus canciones, escogía la que sentía. Era muy sensible en ese particular. Se dio el lujo de tener a la selección Colombia de los músicos. Como era tan bueno, escogía al mejor bajista, el mejor cajero, el mejor guacharaquero, entre otros. La disquera también le tenía un equipo de producción profesional y a nivel musical hizo lo que quiso. Si le daba por grabar a las 3 a.m., llamaba y decía: “Voy a grabar”, y a esa hora se metía a hacerlo.


¿Quién influyó en Diomedes?

Su tío Martín Maestre, que era acordeonero y compositor. Él decía que la musicalidad la tenía del tío.


¿Cuáles eran los rituales que seguía antes de subirse a una tarima?

La devoción a su Virgen del Carmen; tenía mucha fe en ella. Y siempre se persignaba antes de subir a la tarima. Los padres siempre le inculcaron esa devoción.


¿Cómo era la recepción de la música de Diomedes en otros lados del mundo?

El ídolo del vallenato era Diomedes. Al punto que cuando estábamos en Estados Unidos con Jorge Celedón, a quien yo manejé, teníamos que tocar una canción de él. Y lo mismo en Europa. De hecho, cuando Vicente Fernández vino a Colombia expresó que la canción que más le gustaba de acá era Mi primera cana.


¿Hubo un declive en la carrera de Diomedes?

Hubo una sombra durante el problema que tuvo por la muerte de Doris Adriana Niño, porque eso lo obligó a aislarse. Tres años preso, otros tres prófugo, y súmele la enfermedad. Eso lo disminuyó físicamente. Pero luego repuntó, porque hizo un nuevo álbum exitoso que vendió más de 300.000 copias.


¿Hay paralelos entre el artista y el ser humano?

El artista: el máximo del género. La persona: muy bondadoso, sensible y un man feliz.

oguesguan@elespectador.com

@oscarguesguan

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