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A mediados de junio del 83, con el ritmo del mar y la danza que se da entre la arena árida y el viento de Culiacán, Sinaloa, nació David Aguilar. Una vida que por esos azares del universo comienza a caminar por el sendero correcto y sus pasos solo reafirman su destino. En su hogar, uno de los puntos de encuentro era hacer música para noches bohemias, concursos y eventos. A los dos años ya participaba activamente en el cantar de la familia Aguilar Dorantes. Con la canción El palomito, de Los Cadetes de Linares, debutó como solista frente a la cámara que registró el comienzo de su carrera musical. Después de su familia, los compañeros del kinder fueron sus más fieles espectadores, escuchando desde canciones para niños hasta las rancheras más tradicionales. Cantaba en cuanto evento o actividad había. Aunque esto disminuyó con la llegada de la primaria, en su casa seguían la fiesta, el espectáculo y los espacios para escuchar un disco de Vicente Fernández, Agustín Lara o Juan Gabriel, entre otros.
La obra de El David Aguilar no solo ha estado permeada por esas raíces musiqueras mexicanas, sino también por la pluma de diversos compositores y poetas, como Violeta Parra, Chabuca Granda, Atahualpa Yupanqui. Y cuando rozaba la juventud, gracias a un profesor de la secundaria, vio El lado oscuro del corazón, una película basada en la vida del poeta argentino Oliverio Girondo y su relación con Mario Benedetti y Juan Gelman, un personaje que tuvo tanta fuerza en Aguilar que logró vincular la poesía a su cotidianidad y darle forma y cara al arquetipo de ese poeta que él, de alguna manera, siempre había tenido. Con esto, las bases de su obra empezaron a verse alimentadas por otro camino que siempre ha sabido acompañar muy bien a la música. Con el pasar de los años sus lazos con la literatura se han dado de una manera muy particular, personal y silenciosa, y, también, lejos de una inquietud académica. Con la llegada de las redes sociales, la tuiteratura se volvió un vehículo para plasmar esos versos, frases e ideas que iban apareciendo. Entre el 2003 y el 2006 acompañó al poeta mexicano Ricardo Yáñez como tallerista, teniendo así el espacio para leer poesía, estudiarla y desarmarla para verla desde adentro, o al menos, desde otra perspectiva. El ensayo, la historia, las biografías y la literatura de no ficción han sido otro de los géneros que más le han llamado la atención, pues considera que “la realidad ofrece la suficiente dosis de entretenimiento y profundidad”.
Para adentrarnos en su música primero hay que hablar de esa música de raíz, la música que nace en los pueblos y que se basa en esos sonidos milenarios que a lo largo de la historia se han mantenido, pero que por su misma longevidad han sufrido nuevas variaciones y mutaciones, como ha pasado con la ranchera y su influjo en la música norteña. El entorno de Aguilar también ha estado permeado por el Son jarocho, la Huasteca y la Pirekua michoacana. Y, cuando se fue a vivir a Ciudad de México, a sus veinte años, la apertura musical siguió llegando, pues el rock del siglo pasado y nuevos géneros y artistas se fueron sumando para nutrir la versatilidad con la que compone y canta en sus canciones. Este hambre por conocer lo infinito de la música ha estado latente en su cotidianidad, pues siempre ha considerado que como artista, para poder encontrar su estética musical, “uno va robando eso que le conmueve de los otros cantantes y compositores, creando así un mosaico propio para luego poder tener una personalidad artística”. Además, para él, se debe acudir a la raíz para ser educado con la historia y así ser consciente de que existió un pasado. La música que hace tiene un vínculo inquebrantable con esa raíz. “No necesariamente se tiene que hacer música folclórica, sino tener a la raíz en cuenta, conocer el origen de la música para tener otras oportunidades para crear”.
Si quisiéramos escuchar canción por canción, álbum por álbum, nos encontraríamos cada vez con una partecita distinta de lo que es El David Aguilar, como persona y como cantautor. En su obra se evidencia ese acto espontáneo que tiene la naturaleza de estar en constante evolución y las pasiones que lo atraviesan. En su primer disco, titulado Ventarrón (2011), está la esencia de la música norteña, una oda a su entorno. En el siguiente, El David Aguilar (2014), hay una cumbia a la bicicleta, que surgió mientras iba en bicicleta por el centro de Ciudad de México. Mientras pedaleaba y peleaba contra los carros y los buses, tarareaba y repetía: Le da cuerda a la paciencia en la resistencia ante el flujo vial / Tal vez lo más progresista / Pueda ser lo más sencillo, cual dos tobillos sobre pedal / Cuando la ciudad va llena / Una noble maquinaria en la vida diaria podrá ayudar / Y es un cuadro equilibrado / Que se echa a andar tan sólo con los alveolos al respirar. Con Siguiente (2017), la guitarra se lleva todo el protagonismo con la canción Terca, un poema de amor y soledad a este instrumento. En Reciente (2020), los ritmos caribeños se apropian de algunas canciones como lo es en Agradecer, una invitación a recibir con amor todo aquello que el azar tiene para nosotros. Para Agendas vencidas (2022), el productor, cineasta y compositor francomexicano, Adan Jodorowsky, le propuso a Aguilar hacer un álbum en el que solo fueran él y su guitarra y crear así un formato mucho más íntimo. Y por último, está Compita del destino (2024), un disco que cuenta con tres canciones que exaltan sus mayores obsesiones, como lo son el lenguaje, la condición humana, la xenofobia y el racismo: Tuyo, en colaboración con Jorge Drexler; Xenoapático y Prieta.
Estas dos últimas canciones están atravesadas por el término de identidad, un concepto inevitable para cualquier ser humano. De hecho, hoy en día se puede hablar del exceso de identidad con el que algunas personas o grupos se relacionan frente al mundo. Y esto es lo que abarcan estas dos canciones. Por un lado, tenemos Xenoapático, una canción que habla sobre no darle importancia al lugar de nacimiento o procedencia de una persona y también ver cuáles son esas coincidencias que tenemos con la otra persona. En Prieta -la manera de llamarle a las personas de tez oscura en México-, se hace un recordatorio de que todos hacemos parte de la “infinita gama de la melanina”, frase que le llevó bastante tiempo incorporar en su vida, pues de cierta manera pasaron varios años en los que peleó con la idea de no ser blanco, de negar sus raíces. “No me había dado cuenta de que tenía un complejo por ser moreno y esto se debía a que tenía un dolor muy profundo que había experimentado desde pequeño por esos señalamientos de mis compañeros del colegio por no tener la piel blanca. Tuve que salir de mi país para poder amar este color. De hecho, en Europa a las personas sí les gustaba mi piel y ahí me di cuenta de que era un tema cultural, pero gracias a esto pude derrumbar esa idea y tener una experiencia que me llevó a escribir al respecto”.
Una de las cosas más importantes para El David Aguilar es caminar o subirse al transporte público. Nunca ha tenido carro propio y siempre que puede camina para llegar a su destino. En este espacio sagrado disfruta de los sonidos que emiten las ciudades. Si no está escuchando algún podcasts, audiolibro, álbumes completos, entrevistas, artículos o alguna de sus grabaciones o playlist, está en silencio, pensando en la manera en que puede crear algo nuevo o puede darle solución a alguna situación por la que esté pasando. Las letras de sus canciones han estado permeadas también por este eterno andar, movimiento que lo lleva inmediatamente a estar en un constante estado de observación, donde los ojos y los oídos son los jueces del paisaje. “No se puede crear absolutamente nada si no estamos en un estado constante de observación. Yo creo que no existe la fuente de la voz genuina que te dice qué es lo que tienes que escribir, o hacer, en sí, cualquier arte, sino que todo lo que haces con las manos viene por lo que has observado. Todas mis canciones solo existen por que vi y escuché otras cosas. También es importante tener la actitud de observar, de ser receptivo a lo que tenemos a nuestro alrededor. Y gracias a esto podemos crear y entender nuestros discursos, dolores, inquietudes, festejos. Entonces, considero, que la observación es algo que siempre debe estar encendida”.
Desde hace algunos años, el también cantautor de ‘De abajo para arriba’ -su más reciente sencillo-, se ha desempeñado como productor de diversos artistas, labor en la que el silencio cada vez ha tenido mayor relevancia. En estas producciones Aguilar le ha apostado a que el silencio sea el eje. “El silencio para mí es música, es decir, la música está compuesta por el silencio. Tanto en mis producciones como en las de otros, ya sea en hacerle los arreglos a una canción o álbum, como en las canciones que me invitan a coescribir, he tratado de que el silencio tenga un rol más protagónico. O sea, he querido que el silencio se note más porque muchas veces la concepción musical se establece sin esos silencios, pues la gran mayoría de músicos buscan llenar esos espacios de silencios. Pero el silencio en la música es vital porque hace el rol de enjuague que necesita el oído para poder apreciar esa nueva nota que aparece”. Esta relación que ha ido tejiendo con el silencio se debe a uno de sus cantantes favoritos, João Gilberto, cantante y compositor brasileño, pues en algún momento supo que Caetano Veloso comentó sobre este músico que: “mejor que el silencio, solo João”. Pero más allá de la relación que hay entre la música y el silencio, Aguilar considera que se debe acudir al silencio con más frecuencia, pues es un llamado a conectar con la plenitud y la paz. “Creo que en sí, el silencio total no existe en este plano. Cuando ese silencio se desborda es cuando aparece la muerte”.
La diversidad y versatilidad con la que compone y crea su obra ha estado representada, frente a la industria, con siete años consecutivos siendo nominado a los Latin Grammy en dos categorías. Pero esto para él solo representa tener un acercamiento a los medios y tener con qué llenar ese espacio necesario en el currículum. Los premios no tienen ningún valor en su vida, considera que los premios solo tienen una retroalimentación dentro de la industria. Reconocimientos que van de la mano de la inmediatez en la que vivimos actualmente. Para él, este fenómeno es “muy complicado porque nos estamos acostumbrando a que todo sea para ya, entonces nos encontramos con una presión con la que hay que lidiar todos los días. Y esto está totalmente relacionado con las redes sociales, espacio en el que nos estamos viendo con muchas personas sin realmente entendernos y sin querer hacerlo realmente. Ahora no solo debemos ser artistas, sino también creadores de contenido. Y esto afecta de una u otra manera al proceso de creación, por el cual he tratado de no dejarme permear para tomarme mi tiempo y sacar un nuevo álbum”.