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En Camboya se combate el crimen con el breakdance

Un ex pandillero deportado por EE.UU. lidera el proyecto que rehabilita a jóvenes callejeros.

Jordi Calvet / Efe

21 de octubre de 2009 - 11:41 a. m.
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El breakdance se ha convertido en una forma de que los chicos de la calle camboyanos se alejen de las drogas y el crimen a base de brincos y piruetas a ritmo de hip-hop, que les enseña un ex pandillero deportado por los Estados Unidos.

Lleno de tatuajes y con un pasado delictivo en sus espaldas, los 32 años de vida de Tuy Sobil -su alias callejero es KK- parecen extraídos de las Maras, aunque las comparaciones con las pandillas juveniles centroamericanas se agotan ahí.

Cuando Estados Unidos lo repatrió, KK decidió abandonar la delincuencia, rehacer su vida y, de paso, ayudar a su comunidad exprimiendo una de sus aficiones: el breakdance.

Buscó a otros en su misma situación, les explicó su plan y, juntos, introdujeron un género musical en un país dominado por la música y la danza de la corte tradicional jemer.

Rodeados de grafitis y parafernalia propia del género, el centro de Tiny Toons creado por el rapero acoge a unos 500 jóvenes.

"Practiqué el breakdance de los ocho a los trece años y no volví a bailar hasta que llegué a Camboya. Ahora intento mejorar cada día para poder enseñar cosas nuevas a los chicos", dice Tuy Sobil.

No sólo de baile y rap va Tiny Toons. Éstos son el gancho que permite atraer a los jóvenes, a los que también se les enseña inglés, informática, formación en algunos oficios y educación sobre el sida y prevención de drogas.

"Aquí vienen chicos que viven en la marginalidad, que se dedican a mendigar, que son hijos de prostitutas, algunos tienen el VIH. Todo el mundo es bienvenido. Sólo pedimos que estén limpios de drogas", explica Lisa, encargada de gestionar Tiny Toons.

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De su pasado en Norteamérica, KK calla mucho más de lo que habla: ha decidido pasar esa página de su vida.

Forma parte de un grupo de 200 camboyanos que Estados Unidos ha expulsado, hasta la fecha, por delinquir y vulnerar su permiso de estancia, y llegan a un país donde tienen sus raíces pero del cual casi ninguno sabe nada. A veces, ni siquiera el idioma.

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KK nació en uno de los campamentos de refugiados instalados en Tailandia y de allí emigró con su familia a Long Beach, California, donde vivió 27 años hasta el día en que fue arrestado por atraco a mano armada.

Al no tener nacionalidad norteamericana, fue deportado a Camboya en 2004. Era la primera vez que pisaba su patria.

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"Venir aquí fue un shock. Al principio estaba algo asustado por el tráfico, los policías con sus AK-47", recuerda Tuy Sobil.

Tras unos comienzos salpicados por las drogas, su conocimiento del inglés le permitió trabajar con alguna ONG y descubrió las posibilidades del hip-hop para ayudar a chicos de las barriadas más marginales de Phnom Penh.

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"Al principio no fue fácil. Nadie nos aceptaba porque era un estilo de música extranjera y nos decían que destruiríamos la cultura jemer", señala KK.

En la actualidad reciben ofertas para actuar en todo tipo de actos, campañas publicitarias, clubes y programas de televisión, mientras otros se sacan un dinero extra actuando en los parques más concurridos de la ciudad.

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Algunos de ellos incluso han llegado a participar en festivales internacionales en Alemania o, irónicamente, en Estados Unidos, donde el fundador del centro tiene vetada la entrada de por vida.

"En realidad, sólo algunos llegarán a ser buenos bailarines o DJ's, pero al menos éstos tienen la posibilidad de ganarse la vida con esto", apuntó KK.

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"Aprenden a bailar y a expresarse artísticamente, pero sobretodo aprende a estar orgullosos de ellos mismos y a respetarse. Aquí todos somos iguales, aunque de igualdad en Camboya no hay mucho", concluye Tuy Sobil.

Por Jordi Calvet / Efe

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