Ha ganado cinco discos de oro

En tiempos de mundial, Yuri Buenaventura porta "Mi bandera"

El cantautor vallecaucano, que se radicó en Francia en 1985, regresa al país para cantarle a la selección de Colombia. “Mi bandera” invita a los colombianos a reconciliarse en tiempos de polarización.

Yuri Buenaventura es el embajador de los sonidos del Pacífico en Europa. Mauricio Alvarado - El Espectador

Yuri Buenaventura fue entrenado para la guerra y no para la música. Al cumplir la mayoría de edad, el hombre negro que nació entre los sonidos de la marimba y los golpes de tambor fue reclutado por el Ejército Nacional para prestar servicio militar. En el polígono aprendió estrategias de camuflaje y a ser preciso con el rifle. Patria, honor y lealtad. Era la década de los ochenta y el país atravesaba uno de los períodos más violentos de su historia por cuenta del auge del narcotráfico y la ola de acciones terroristas en contra del Gobierno colombiano.

Tras obtener la libreta militar regresó a su natal Buenaventura, que convulsionaba entre la miseria y la violencia. El patrimonio desaparecía en los buques que llegaban al puerto, mientras los pobladores que se resistían al reclutamiento forzado encontraban la muerte. Matar o morir. Sin embargo, tenía la certeza de que su destino no era empuñar un arma. Fue así que decidió emigrar hacia París con la intención de encontrar la ciudad de la luz que en 1789 vio nacer la Declaración Universal de los Derechos Humanos y en la que años más tarde se convertiría en uno de los mayores exponentes de la salsa a nivel mundial.

El embajador de los sonidos del Pacífico en Europa y África, pese a no ser profeta en su tierra, ha narrado la historia del país a través de sus composiciones. Su voz se ha alzado para recordar a los muertos de la masacre de las Bananeras, el magnicidio de Luis Carlos Galán y el secuestro de Íngrid Betancourt. Para criticar el abandono estatal y cuestionar a Dios por su ausencia ante las injusticias. Para exigir una bandera que no esté manchada de sangre y para soñar que la patria, como interpretó en el año 2000, cabalga sobre un valle de rosas.

Ahora, en tiempos de polarización, decidió componer Mi bandera para apoyar a la selección de fútbol de Colombia y enviarle un mensaje de unidad y esperanza al país. La canción, que fusiona batucada brasileña, comparsa cubana y aguabajo chocoano, potenciados por la sonoridad de los instrumentos de viento metal, es una analogía sobre cómo se construye a partir de la diferencia y el reconocimiento del otro.

“Estamos en la tarea de construir una nación y a mí me corresponden los sonidos”, afirma Buenaventura, quien ha trabajado junto con artistas como Cheo Feliciano, Tito Puente, Pappo Luca y Ray Charles. Para el cantautor, los músicos tienen la responsabilidad de manifestarse ante las problemáticas sociales, y en Colombia existen propuestas sonoras que responden a esta necesidad. Sin embargo, afirma, no tienen los mismos canales de difusión que tienen otras manifestaciones.

El ganador de cinco discos de oro considera que la apuesta de la industria por los soportes virtuales y la música producida a partir de tecnología electrónica, además de reducir el espectro sonoro, ha modificado los grandes formatos, como las big bands. Si bien las sonoridades evolucionan como consecuencia del diálogo entre culturas y pueblos, los exponentes de la world music tienen la responsabilidad de resistir y preservar sus sonidos.

Él mismo no es el representante de un solo género, porque se atreve a decir que “la salsa no existe”. Esa es la diferencia entre Yuri Bedoya y Yuri Buenaventura. El segundo es el producto del diálogo entre el son cubano y el tambor africano, los sonidos amerindios y la contradanza francesa, la marginalidad del jazz y la industria de Los Ángeles.

Además afirma que es necesario reflexionar sobre la priorización de la música electrónica respecto a la orgánica, porque la sonoridad refleja el estado de una nación. Una sociedad que sacrifica sus expresiones culturales por lo que demanda la industria es una sociedad que no tiene madurez política.

A pesar de considerarse un ciudadano cosmopolita, el cantautor nunca ha perdido la conexión con su territorio y la sabiduría de sus ancestros africanos e indígenas. Dos veces ha estado cerca de la muerte y ha sido una fuerza suprema la que le ha permitido renacer a cambio de entender cuál es su misión. La primera, en el río Sena, al que se lanzó con el estuche del bongó amarrado al cuello. Sobrevivió. Debía dedicarse a la música. La segunda, también en París, al caer de un escenario. Sobrevivió. Debía transmitir un mensaje de amor y paz.

Cuarenta años después de abandonar el puerto de Buenaventura agonizante, regresa para elevar su canto a un país que debe reconciliarse y asumir el reto del siglo XXI: trascender la espiritualidad. Por eso, en memoria de nuestros muertos, insiste en que la responsabilidad que tenemos como nación en las próximas elecciones es evitar el retroceso a un Estado fallido.

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