Ensamble Linea entre líneas

Reseña sobre la presentación ofrecida por el Ensamble Linea en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango, en Bogotá, como parte de la Temporada Nacional de Conciertos del Banco de la República 2019.

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Luis Fernando Valencia*
27 de marzo de 2019 - 07:18 p. m.
El Ensamble Linea, de Francia, tocó bajo la dirección de Jean-Philippe Wurtz.  / Gabriel Rojas © Banco de la República
El Ensamble Linea, de Francia, tocó bajo la dirección de Jean-Philippe Wurtz. / Gabriel Rojas © Banco de la República
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Todavía lo recuerdo. Aquel bloque sonoro, a simple escucha ruidoso, penetrante, y disonante. La música parecía gritar, en tono sarcástico, «¡esto es música contemporánea!» Philippe Hurel, compositor francés, parecía así estar jugando a la obviedad. Escuchaba, en ese grito instrumental, un comentario musical sobre la idea de ‘contemporaneidad’ en música. Metamúsica contemporánea. Irónicamente, por su desafiante rusticidad, aquel bloque parecía aludir al mismo tiempo a un pasado remoto e imaginario.

Escuchaba, en suma, una música pensada, elaborada y ejecutada a un nivel de sofisticación altísimo, pero cuya brutal sonoridad parecía una caricatura de contemporaneidad que animaba imaginarios de tosquedad primitiva. Y yo, allí, a tan solo unas cuantas filas del escenario, me encontraba maravillado, como niño chiquito, hipnotizado especialmente por la línea del pícolo, que —logrando destacarse en medio de la ruidosa textura por fuerza de su registro extremo— descendía torpe y bulliciosamente en deliciosos trazos microtonales. Luego de perderse en gesticulaciones y disgresiones, el gesto se repetía, como con obstinada obsesión, señalando con delirante claridad el inicio de secciones formales que constituían variaciones sobre ese primer bloque, y que presentaban un crecimiento gradual de desarrollo sonoro.

La pieza, titulada ...à mesure, la había interpretado de manera realmente mágica la agrupación francesa de música contemporánea Ensamble Linea, en la mañana de domingo en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá. Habíamos escuchado, al inicio, una obra de la colombiana Violeta Cruz, compositora cuya estética es más francesa que colombiana. Escrita para trío de cámara, la pieza resaltaba dentro del programa, haciendo un inquietante e incesante llamado al silencio que parecía servir como interesante antítesis a las densas masas sonoras que escucharíamos más adelante a través de intrépidas y fascinantes interpretaciones, no solo en Hurel y su icónico bloque, sino en varias de las piezas de los franceses Boulez, Grisey y Cendo que completaban el programa.

La ejecución sonora del ensamble, acompañada por una disposición escénica que elocuentemente hablaba de la dificultad de la empresa en marcha, era realmente destacable. En los pocos momentos en los que la hipnótica interpretación de la frenética pieza de Hurel me había permitido una escucha más distanciada, había notado el intenso frenesí y la ardua concentración con los cuales cada uno de los integrantes del ensamble ejecutaban las improbables líneas musicales de la pieza.

Pero no solo allí. Durante todo el concierto, el porte escénico de cada uno de los músicos expresaba, a su manera, una verdaderamente rara combinación de intenso delirio y cerebral eficiencia. En particular el clarinetista, la violinista, y el pianista ofrecían gestualidades corporales y faciales que constituían un claro índice visual del voltaje energético requerido para la efectiva materialización de las encumbradas ideas musicales de las piezas seleccionadas, pero también del grado de fineza racional requerida para digitar con sofisticación la medida exacta de cada una de las líneas del complejo musical.

Toda esa concentración y todo ese frenesí, como de emocionados cuerpos robóticos, se encapsulaba bajo la bizarra batuta del director Jean-Philippe Wurtz, una batuta a toda evidencia erudita, experimentada y eficiente, pero cuya visual generaba a veces un contrapunto casi caricaturesco con la materia sonora. Siendo justos, quizás este es un fenómeno generalizado en la tradición académica de música contemporánea.

Si en la tradición Romántica occidental, la gestualidad del director—aquella figura mítica cuyo espíritu permea y moldea las formas musicales resultantes—dibuja cada gesto musical en una correspondencia casi directa entre movimiento y sonido, en la música contemporánea occidental la gestualidad del director se plantea como marco de referencia espacial y temporal, pero muchas veces no corresponde en absoluto con el efecto sonoro resultante. El contrapunto sonoro-visual resulta a veces cómico, a sapiencia de que aquella figura danzante del director, en apariencia a veces delirante, resulta crucial para la materialización afortunada de la masa sonora. Así, bajo la intensa mirada de sus músicos, Wurtz danzaba delirantemente, buscando lograr las más pulidas versiones de las grotescamente fascinantes obras que escuchamos aquel día.

Así, entre tensos silencios y saturadas texturas, entre intensas miradas y frenéticos gestos, fueron fluyendo sofisticadas ejecuciones de piezas tan cerebrales como dionisiacas. Si bien ese día no presenciamos la promesa de teatralidad e interacción escénica que la reseña del ensamble destacaba como parte esencial de la novedosa propuesta de Linea, aquella otra de traer a la vida música nueva la cumplieron vibrantemente. Aquel bloque que aún resuena en mi memoria así lo comprueba. Bravó Linea.

* PhD en Musicología, Profesor Pontificia Universidad Javeriana

Por Luis Fernando Valencia*

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