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La Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia y su concierto para la historia

Reseña sobre la presentación ofrecida por la Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia en el Teatro Colón de Bogotá. Este concierto se realizó como parte de "Colombia se compone" en el marco de la Temporada Nacional de Conciertos del Banco de la República 2018.

La Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia interpretó el "Concierto para clarinete y orquesta" del compositor colombiano Luis Antonio Escobar.Gabriel Rojas © Banco de la República

La Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia – en colaboración con el Banco de la República – ofreció un concierto con un programa variado cuyo momento más importante fue el reestreno del Concierto para clarinete y orquesta del compositor colombiano Luis Antonio Escobar.

El nombre de Escobar –casi completamente olvidado por un gobierno que prefiere condecorar reguetoneros y políticos de paso– es realmente importante para la historia no solo musical de Colombia sino para la historia cultural del país. Nacido en Villapinzón, Cundinamarca, y educado en institutos tan prestigiosos como eclécticos (Universidad Nacional de Colombia, Universidad Johns Hopkins de Baltimore), Luis Antonio Escobar dejó a sus 68 años de vida una obra enorme que incluye desde canciones y ballets para diversos formatos hasta sonatas para piano, conciertos para diversos instrumentos y sinfonías.

Además de su obra musical, no hay que olvidar el valioso legado que Escobar dejó en el mundo de la musicología: de su pluma salió el único intento que se ha hecho hasta ahora de reconstruir la historia musical de Cartagena, así como libros y artículos sobre la música precolombina y la historia de la música colonial en Bogotá, entre otros. Parecería que no hubo campo alguno relacionado con su vocación que Escobar no haya explorado en una vida relativamente corta que dedicó de lleno al arte. Por todos estos motivos, el reestreno del Concierto para clarinete y orquesta de este titán de la música sinfónica colombiana –obra comisionada por el Banco de la República en 1980– fue un momento realmente hermoso y significativo en su valor histórico para culminar un año que en materia de conciertos tuvo mucho qué ofrecerle a los bogotanos.

De la interpretación como tal de la obra no hay mucho qué decir, y mucho menos de las demás obras del programa. La Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia, desde la metamorfosis que sufrió cuando fue liquidada en 2002, ha pasado por altibajos e inconsistencias en materia administrativa y artística que a fuerza de perseverancia ha podido superar en la última década.

Actualmente dirigida por el francés Olivier Grangean, su repertorio ha adquirido mayor variedad y su calidad interpretativa cada vez está mejor: además de la obra de Escobar, la orquesta incluyó selecciones de Bizet, Suppé y Copland que fueron complementadas con un bambuco para clarinete solo de Alejandro Sánchez –quien estuvo presente en el teatro–.

La energía y expresividad de Grangean, sumadas a un conjunto de instrumentistas que hoy posee algunos de los mejores intérpretes de Colombia, rindieron fruto para ofrecer una excelente lectura de todas las obras, las cuales fueron cuidadosamente distribuidas en el programa para contrastar la una con la otra. El único posible error fue haber situado La Primavera en los Apalaches de Copland al final del programa, pues la duración extensa de la obra y su bello pero pesado lirismo dejaron al público suficientemente cansado como para no pedir bis alguno.

Dejado a un lado este ligero defecto, se puede decir sin exagerar que todo el concierto, en su conjunto, fue uno de los más sobresalientes del año, con un programa para prácticamente todos los gustos en materia de música sinfónica. Casi treinta años después de su comisión, el concierto para clarinete y orquesta de Luis Antonio Escobar sonó casi como si se hubiera compuesto ayer, lo cual indica que el lenguaje de la obra no cayó en la trampa de encasillarse en dogmas estéticos de su época y apuntó más bien a convertirse en un mensaje musical atemporal, como lo han hecho varias de las obras maestras del arte.

Sin tener el talento melódico de compositores como Luis A. Calvo o Adolfo Mejía, Escobar recurrió a lo que mejor sabía hacer para convertirse en uno de los referentes principales de la música académica colombiana: aprovechar la riqueza rítmica de la músicas populares del país e introducirla en un complejo lenguaje armónico, de tintes modernistas, con sentido de vanguardia pero sin descuidar su accesibilidad tonal para lograr reunir el público más amplio y variado posible.

En este sentido, Luis Antonio Escobar ha sido para la música colombiana una voz mediadora, carente del dogmatismo europeo que alejó (y continúa alejando) a muchos públicos de la música de Guillermo Uribe Holguín, y receptivo del lenguaje popular como una voz estética que, antes de antagonizar el academicismo, lo puede enriquecer. Por este motivo, la obra de Escobar continúa siendo uno de los puntos de partida para todos aquellos compositores contemporáneos que hoy aspiran describir Colombia en términos musicales por medio de un lenguaje académico, y esto por sí solo convirtió el reestreno de su Concierto para clarinete y orquesta en un evento cargado de simbolismo, especialmente si se tiene en cuenta que Colombia hoy, como país, está en una encrucijada para encontrar su rumbo como comunidad.

* Profesor de cátedra de la Universidad de los Andes. Autor y editor de las obras completas de Oreste Sindici (1828-1904), trabajo de investigación publicado por Ediciones Uniandes.

 

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