El sinfónico de Metallica siempre ha sido un disco particular, por llamarlo de alguna forma. Para una banda que define desde el lado más comercial y masivo un tipo de música más de nicho, esta fue una jugada que despierta odios o amores, sin mayores espacios para puntos medios.
Gánale la carrera a la desinformación NO TE QUEDES CON LAS GANAS DE LEER ESTE ARTÍCULO
¿Ya tienes una cuenta? Inicia sesión para continuar
Y esta reacción, que oscila entre alergia y bendición, quizá resulta normal: la unión de ambas piezas, el rock ya de por sí melódico de la banda y el acompañamiento de arreglos sinfónicos que añaden más textura y profundidad, puede resultar empalagosa para algunos. Para otros fue un experimento que sumó otras dimensiones a temas que durante décadas no habían sufrido mayores alteraciones en sus reproducciones oficiales.
El primer álbum sinfónico de Metallica (S&M) salió al mercado en 1999, luego de que fuera grabado en dos sesiones en vivo en el Berkeley Community Theatre de San Francisco, con la orquesta sinfónica de esta ciudad, que entonces era dirigida por Michael Kamen (fallecido en 2003). Ganó un Grammy y, si no se es del equipo que lo aborrece, fue celebrado como un producto que explora fronteras musicales dentro de un género que puede construir su propia prisión a punta de solos, agresividad y muchos decibeles.
De cierta forma, S&M fue una apuesta arriesgada. No se trata del único producto de su tipo, no es una reinvención de la rueda, pero sí connota un riesgo ante una audiencia que, no por nada, se define con palabras como fanatismo, devoción y seguidores. En últimas, todo culto abre la inmediata posibilidad a la herejía.
Y todo esto lleva a la inevitable pregunta de por qué revisitar el experimento. En conclusión, ¿para qué grabar un nuevo sinfónico?
Las primeras respuestas, bien ancladas en el cinismo, podrían orbitar por los lares de la ociosidad de un departamento de mercadeo, que en tantísimas organizaciones ofrece soluciones para problemas que no existen. Y Metallica podría no ser una excepción. Un usuario de redes sociales aportó este otro ángulo de análisis: “Grabaron para confirmar que un rayo no cae nunca dos veces en el mismo sitio”.
La explicación más fácil va de la mano de los 20 años de aniversario del primer disco; las presentaciones de S&M 2 fueron grabadas en 2019 para la inauguración del Chase Center de San Francisco ante unos 40 mil fanáticos.
Y por este camino llegamos a la respuesta más obvia, y quizá la que más araña la certeza: dos décadas de un disco destacable (independientemente de que guste o no, esa es otra historia) parecen tan buen momento como cualquier otro para revisitar el experimento. En otras palabras, es un producto para los seguidores. Cinismos aparte, no suena como una mala razón, literalmente.
En redes, otro usuario resuelve este asunto de un plumazo: “¿Han visto cuando lanzan una versión extendida de un álbum en su aniversario? Bueno, esta es una grabación nueva, con nuevos temas, de una buena idea”.
Los dos álbumes traen similitudes y diferencias, evidentemente. Y quizá las similitudes son, perdón la redundancia, demasiado iguales en buena parte como para separarlas limpiamente en una canasta u otra. Ambos discos arrancan por el mismo camino con The Ecstasy of Gold (larga vida a Ennio Morricone) y The call of Ktulu. Ambas entregas llevan temas como For whom the bell tolls, The memory remains, Master of puppets, Nothing else matters y Enter sandman.
Y, claro, una versión puede haber quedado mejor 20 años atrás o adelante (No leaf clover resulta más potente en el pasado, por ejemplo) y algunos temas pueden ser ausencias notables para algunos (Battery, quizá). Pero, si bien todo el proyecto puede leerse como un ejercicio a fondo de la nostalgia, la banda tampoco se amarró de manos y repitió lo mismo. El ocioso departamento de mercado no lo hubiera permitido, así como tampoco hubieran votado a favor de algunas de las nuevas inclusiones del disco.
“Cuando S&M salió al mercado estaba trabajando con Ozzy Osbourne y alguien me dijo que Metallica estaba tocando con una orquesta sinfónica, y recuerdo haber dicho: ‘¿en serio? Eso suena extraño’. Pero después escuché No leaf clover en la radio y pensé ‘bueno, es un riesgo que están tomando, al ser una banda pesada y todo lo demás, pero aquí están produciendo música nueva, música fresca”, comenta Robert Trujillo, bajista de Metallica.
En la primera y segunda pistas del disco dos de esta nueva versión de S&M, la Sinfónica de San Francisco (bajo la batuta de Michael Tilson Thomas) se queda totalmente con el escenario para tocar un par de movimientos de la Suite Escita del ruso Serguéi Prokófiev (1891-1953) ; el director de la orquesta hace una introducción de la pieza con algunos detalles históricos y un par de guiños para la audiencia, que no parece reaccionar del todo ante ellos.
Esta no es una decisión común y corriente para una banda de rock pesado: ceder totalmente su lugar para la interpretación de una pieza de música clásica ante una audiencia hambrienta de cosas como “give me fuel, give me fire, give me that which I desire”. Puede que nadie estuviera deseando composiciones de Prokófiev, pero ahí tienen; además, curiosamente, Fuel no está en el listado de S&M 2.
Al igual que con la totalidad de S&M, este es el tipo de decisiones y apuestas que Metallica se da el lujo de tomar porque tienen una sólida carrera para sostenerles la mirada a los de mercadeo, pero también porque el espíritu de todo el disco, en últimas, es la hibridación y los complementos.
Híbrido es un término que también sirve para definir (Anesthesia) - pulling teeth, el solo de bajo que originalmente tocó Cliff Burton, icónico bajista de Metallica, y que en S&M 2 asumió Scott Pingel (con arreglos de su autoría), de la Sinfónica de San Francisco: la pieza mezcla el sonido limpio del instrumento con una amplia porción de distorsión eléctrica en una interpretación que, al menos en video, se ve plena en una energía muy rockera, algo a lo que el público responde mejor que en la porción Prokófiev del concierto.
Trujillo concluye: “La verdad no sabía muy bien qué esperar de toda la experiencia. Pero tener el público en frente y a 100 músicos en los lados, bueno, es una sensación increíble, como una explosión de adrenalina, como en un deporte extremo”.