Se dio a conocer en los 90 con la banda Mano Negra

Noticias de Manu Chao y de su padre, Ramón

Crónica de la presentación del artista francoespañol realizada el sábado pasado en Barranquilla. Este jueves 13 de diciembre se presenta en Bogotá.

El más reciente proyecto musical de Manu Chao se llama El Chapulín Solo. / AP

Ahora Manu Chao se define como un chapulín, ese saltamontes o paco-paco mexicano, y así se llama su actual proyecto musical: El Chapulín Solo, cantando y tocando su guitarra acústica, “solito, sin mi banda”.

El pasado 7 de diciembre, Día de las Velitas, este popular artista francoespañol, nómada hipercontemporáneo, ofreció un concierto íntimo, bailable, para 300 personas, en el patio de la Alianza Francesa de Barranquilla. El 13 de diciembre se presentará en Bogotá.

Cumplió 57 años en junio, pero aparenta mucho menos con su energía, su voz de muchacho de barriada, su camisa abierta, su gorra bacana, su collar, sus sandalias. Y sobre todo con las letras de sus canciones, lo que dice entre ellas. Y su mano en el corazón y su puño en alto, al despedirse.

Después de su éxito mundial, a finales del siglo XX, “rumbo al XXI”, representado por su álbum Clandestino, Manu Chao dio un paso al margen, como si hubiese querido retirarse del egotista star system y las grandes casas disqueras para vivir libre y llevar a cabo acciones solidarias con otros artistas en diferentes países, dándole un cariz más político a su trabajo.

“Me dicen el desaparecido, fantasma que nunca está, llevo en el alma un camino, cuando me buscan nunca estoy, volando vengo, volando voy, ando de prisa, de prisa, rumbo perdido”, dice en “El desaparecido”, una de las canciones de ese álbum que el público le pidió, confesando que en una época él se sintió así. Ahora está más sereno desde que aprendió a respirar y a meditar.

Para venir a Barranquilla puso como condición el no tener que dar entrevistas a periodistas, todo lo daría en el escenario. Comenzó cantando en francés temas de su álbum Siberie m’était contéee (Siberia me fuera contada). En la canción “L’automne est las” (“El otoño está cansado”) se define como un polichinela, el personaje burlesco de la Comedia Italiana.

 

Durante todo el concierto recalcó sus lazos con Colombia, “país al que quiero más que a mis zapatos viejos”, como comienza su canción “Soñé a Colombia”, en alusión al célebre poema del cartagenero Luis Carlos López a la Ciudad Amurallada. También interpretó “Señor Matanza”:

Esta ciudad es la propiedad

Del Señor Matanza (…)

Él decide lo que va, dice lo que no será.

Decide quién la paga, dice quién vivirá.

Esa y esa tierra y ese bar son propiedad, son propiedad

Del Señor Matanza.

Muchas de sus nuevas canciones hacen referencias al amor, o al enamoramiento, a la necesidad de renovar las ilusiones, a la esperanza, pero también a la incertidumbre reinante en el mundo contemporáneo: “¿Qué ocurrirá? ¿Qué nos espera?”; al “Circo caliente” en que se ha convertido la política en muchos países.

En su sitio web (Manuchao.net) figura el mapa de su vida generosa, políglota.

Cuando Manu Chao no podía dejar solo a su padre, Ramón

Este cronista se cruzó con Manu Chao hace algunos años ya, en París, en la fiesta que Radio France Internacional ofreció al periodista y escritor Ramón Chao, su director, con motivo de su jubilación.

Uno de sus libros más conocidos, Un tren de hielo y fuego, cuenta la aventura de su hijo y los músicos de la banda Mano Negra a bordo del tren que pusieron sobre rieles en 1993. Viajaron de Facatativá a Santa Marta y de allí regresaron.

En una entrevista colgada en el ciberespacio Ramón Chao cuenta que a bordo de ese tren se hizo un tatuaje con el logo del grupo Mano Negra y comió una torta hecha a base de mariguana. “Cuando Manu se enteró me dijo: ‘Caramba, papá, no te puedo dejar solo’”.

Nacido en Villalba (Galicia, España) en 1935, Ramón Chao, que era también un gran pianista, falleció en mayo de este año. En América Latina se le conoce sobre todo por las largas entrevistas que hizo a escritores como Juan Carlos Onetti y Alejo Carpentier. Y por su amistad con Gabriel García Márquez, a quien conoció en 1968. En uno de sus textos recuerda cómo lo conoció: “En aquel tiempo, yo era muy amigo de Tachia Quintanar, actriz española de veintiséis años. Oriunda del País Vasco, pertenecía a una familia bilbaína burguesa partidaria de los franquistas cuando la Guerra civil, pero sus tres hijas simpatizaban con los comunistas.

Tachia Quintanar era una especie de marquesa du Deffant del siglo XX. En su casa de París reunía a lo más granado de las artes de aquella época: Theodorakis, Evtuchenko, Álvaro Mutis, Paco Ibáñez, Antonio Saura, Jesús Soto, etc. Estos eran ya famosos. Y entre ellos, figuraba un joven colombiano desconocido, Gabriel García Márquez, que no tenía en su haber más que un cuento: La hojarasca. Congenié con él inmediatamente. Quiso saber si conservaba la grabación de mi entrevista con Miguel Ángel Asturias. Por supuesto, se la di. A mi pregunta sobre el plagio contestó con una mueca impasible, entre indiferencia y burla. Lo que nos unió fue la música”.

*Fue corresponsal de El Espectador en París. Es autor de los libros “Vestido de bestia”, “Los domingos de Charito”, “Trapos al sol” y “Dionea”. Su más reciente novela es “Pechiche naturae” (Collage Editores).

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Julio Olaciregui

Música

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