Durante el aterrizaje en Bogotá, Zeta Bosio se hizo su propia película. Mientras sobrevolaba la sabana se sorprendió al ver que el paisaje había cambiado en esencia. Lo que antes era un verde imponente con algunos hilos de agua, ahora eran lagunas y lagos de dimensiones inmensas con árboles a los que solamente se les veía de la mitad del tronco para arriba. Ya con la urbe abajo, y gracias a las congestiones en el aeropuerto local, el avión dio una vuelta larga y pasó justo encima de la plaza de toros La Santamaría, un lugar en el que fue anfitrión en muchas oportunidades con la banda Soda Stereo.
Todavía en la aeronave, pero ya en tierra, recordó los conciertos memorables en esa plaza y le vino a la cabeza una escena emocionante. Él, al lado de Gustavo Cerati y Charly Alberti, contemplando la posibilidad de darle más vatiaje al sonido, pues la algarabía de la gente era tal que el trío ni siquiera podía escuchar lo que interpretaba. A pesar de la confusión sobre el escenario, la fiesta estaba servida y los artistas decidieron entrar en ella, disfrutar y no estresarse más.
Esos impactos emocionales de Zeta Bosio en el avión fueron solamente el comienzo de lo que sería su visita ahora como solista, como artista principal, como mente, cara y cuerpo de su propio proyecto. Sabe muy bien que fue invitado a la inauguración de una mega tienda de Totto en el norte de Bogotá por ser una celebridad, por su fama como bajista de Soda Stereo, una de las agrupaciones más importantes del rock en castellano, y no por su reconocimiento detrás de las bandejas, ni por la fluidez de su mezcla en el dance y en la música electrónica.
Pero por lo que sea, el bajista puede viajar y no piensa perder la oportunidad de mostrar a qué ha estado dedicado desde que la banda decidió dar sus “gracias totales”, dejar de ser un estéreo de tres parlantes y convertirse en esfuerzos individuales.
“Fueron muchos años de duelo por haberme quedado sin una banda como Soda Stereo. Y el primer paso para salir de la tristeza consistió en buscar sonidos que me emocionaran. Así es como empecé a dedicarme a ser mi artista principal”, cuenta Zeta Bosio. Su verdadero nombre es Héctor Pedro Juan Bosio Bertolotti y tuvo su primera experiencia musical de modesto reconocimiento en el grupo The Morgan, al lado de un teclista, en ese entonces en formación, llamado Andrés Calamaro.
Luego, comenzando la década de los ochenta, unió sus habilidades como bajista a la contundencia de las cuerdas de Gustavo Cerati y al ritmo de la batería de Charly Alberti, con quienes no sólo llegó a la cúspide sino que se estableció allí. En esta agrupación pocas veces hizo solos con su instrumento, porque estaba más concentrado en ser la base armónica de una propuesta que empezó a gestarse a partir del denominado new wave.
“Con Soda éramos de la generación de los ochenta; veníamos de ver muchas bandas de los setenta haciendo alarde de su técnica para tocar y nosotros nos fuimos por la simpleza y nuestra apuesta era por ser certeros en las canciones. En ‘Un misil en mi placard’ es muy claro que había una propuesta de bajo muy fuerte, pero no queríamos destacarnos por las habilidades individuales”, dice Zeta Bosio, y confiesa que con Cerati y Alberti logró una comunión única. Era magia lo que se vivía entonces y ese aspecto jamás se perdió, a pesar de que en lo humano, al final, ya no lograban tolerarse tanto.
De su vida como estrella única del escenario, le gusta la condición liviana al viajar y la licencia para hacer lo que le nace y nada más, sin ponerse de acuerdo con nadie y sin ceder en lo más mínimo.
“Me transporto con una valija de discos y un computador cargado de música, porque a veces toca recurrir a eso. Yo toco con bandejas porque eso es mucho más orgánico. Salgo a la tarima con un plan, una idea básica y voy haciendo el guión yo solo. Lo que sí no puede ocurrir es que comparta un tema con otro DJ. Me encanta tener mi registro y hago que la noche sea especial”, asegura Zeta Bosio. Se define como un productor no precisamente exitoso en lo que a números se refiere, porque siempre ha estado más concentrado en la posibilidad de crear una comunicación fluida con un público que antes pagaba para escucharlo y ahora lo hace para gozar con él.