Un concierto convertido en devoción
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Relato de una noche insólita en la voz de João Gilberto

João Gilberto cantaba como quien pule un diamante. Al depurar hasta el cansancio su música, se aislaba del impulso que hace crecer las hiedras y tiende naturalmente al desorden.

En el Theatro Municipal de Río de Janeiro, centenares de brasileños despidieron a Joao Gilberto. Ian Cheibub / AFP

Releo un correo electrónico que me envió mi papá el 14 de julio del 2000, en respuesta a la crónica que le hice del concierto de João Gilberto al que había asistido un par de días atrás:

“Me alegra saber que disfrutaste del concierto. Ya entendiste por qué me encanta la música brasilera”.

Mi papá, melómano irredimible y fan rotundo de la música del Brasil, tenía claro que yo no saldría indemne del remezón de oír cantar en vivo a João Gilberto. Conociéndome, y conociendo sobre todo lo que el padre de la bossa era capaz de hacer con la voz y la guitarra, mi papá sabía que esas dos horas de concierto transformarían en devoción lo que antes era para mí solo un gusto por la música brasilera, una insólita impresión de guarida cuando las canciones de Jobim y de Caymmi se apoderaban del aire.

Leí por primera vez su mensaje en un café internet de Barcelona, a donde había llegado hacía poco para visitar a una amiga. Tenía veinte años y era mi primera vez viajando sola. Antes de irme a España consulté la agenda de conciertos de las ciudades que visitaríamos y me topé con la sorpresa de los dos shows que João Gilberto daría en el Teatre Grec de Barcelona. Como crecí oyendo hasta el cansancio a los padres de la bossa nova en los parlantes de la sala de mi casa y del Renault 4 de mis padres, no dudé en comprar un par de boletas. No obstante, en la levedad de esas vacaciones, donde cada cosa era un fruto a punto de madurar, no entendía aún la rareza y el privilegio de ver a João Gilberto en concierto, solo ocho años antes de que se retirara por completo de la escena musical y se encerrara en su apartamento de la Rua Carlos Góis, en el barrio carioca de Leblón, donde falleció el pasado 6 de julio.

Llegamos al teatro en una noche que le pertenecía de lleno al verano. La belleza del lugar, un anfiteatro al aire libre rodeado de verde, dejaba prever la maravilla que se revelaría ante nosotros en unos minutos. Subimos la colina del Montjuïc, decorada por lámparas de papel que marcaban el camino, y allí mi amiga me tomó una foto que atestigua la imperiosa felicidad de mis veinte años. En ella me veo feliz, parada junto a una lámpara de luz ámbar. Al fondo, detrás de mi sonrisa soberbia, se ve el escenario vestido únicamente con una silla, un taburete para los pies y dos micrófonos, todo resguardado por un biombo acomodado en forma de paréntesis. Cada cosa en ese lugar parecía dispuesta para guardar un secreto. Los pinos nos aislaban de la ciudad y el semicírculo de las graderías de piedra abrazaba el escenario para que quien estaba a punto de salir no se fuera nunca de allí. El murmullo de los insectos era la música antes de la música.

João Gilberto salió al escenario cargando su guitarra. Llevaba puestos unos tenis blancos y un traje de paño azul que le quedaba grande y que agudizaba la impresión de que solo la música casaba en su cuerpo deshabituado a la multitud y al barullo. Se paró junto al banco e hizo una corta venia que repitió un par de veces antes de tomar asiento. Puso las manos sobre la guitarra, acercó la boca al micrófono y entonó las primeras notas de “Samba de uma nota só”. Solo le tomó un soplo de voz gestar en torno suyo un silencio espeso. El recogimiento en la platea era absoluto. Con miedo y reverencia acercamos el cuerpo hacia él, como una planta en busca de luz, y dejamos que operara sobre nosotros su embrujo.

Eis aqui este sambinha feito numa nota só” (He aquí esta sambita hecha en una sola nota)., fue lo primero que cantó esa noche. Valiéndose de la letra de Newton Mendoça, que va narrando lo que hace la melodía de Tom Jobim, nos advirtió que lo suyo era la depuración y la contención. Una única nota bastaba para que la música floreciera; un murmullo podía ser mucho más elocuente que cualquier malabar vocal. Los versos de “Samba de uma nota só” revelaron luego esa otra verdad que podría ser un mantra del circunspecto Gilberto: “Quanta gente existe por aí que fala tanto e não diz nada, ou quase nada” (Cuánta gente existe por ahí que habla tanto y no dice nada, o casi nada).

El repertorio de esa noche no me dio un instante para reponerme. Pasé dos horas de sobresalto en sobresalto. En la voz de João Gilberto los clásicos de la bossa nova sonaron como acabados de parir. No faltaron los icónicos “A Felicidade”, “Garota de Ipanema” y “Desafinado”. El bahiano de Juazeiro homenajeó también a otro gran bahiano, Dorival Caymmi, y al cantar sus “Rosa Morena” y “Doralice”, movió las piernas imitando el paisaje marino de Bahía.

Mientras cantaba, Gilberto miraba un punto fijo a medio camino entre sus manos, la guitarra y el micrófono. Daba la impresión de que allí se hallaba la médula de su música y que oírse le generaba una felicidad cristalina. Cuando interpretó canciones de corte más intimista, como “Aos Pés da Santa Cruz” y “Estate”, su sonrisa apenas delineada mudó en un gesto grave. Frunció el ceño y movió levemente la cabeza de un lado a otro, en un gesto de deslumbramiento frente al sonido que él mismo producía.

João Gilberto cantaba como quien pule un diamante. Al depurar hasta el cansancio su música, se aislaba del impulso que hace crecer las hiedras y tiende naturalmente al desorden. Él podaba, callaba y cincelaba, porque el mundo como está hecho nunca le bastó. Esa insistencia que caracteriza a genios como él, ese ímpetu con que reclaman lo que para otros es accesorio, resulta un misterio para quienes nos hemos curtido en el arte de perder. Uno cede, entrega y se adecúa a lo que la vida trae. Ellos no. Su equilibrio pende de un hilo y obedece a leyes caprichosas, por eso eligen bien las cosas que les sirven de morada y a través de ellas respiran. João Gilberto fue obsesivo con su arte y perfeccionista como pocos. En sus últimos años renunció a los corrillos de la vida social y a las entrevistas; renegó del canto que extiende plumas de pavo real sin levantar nunca vuelo; cerró las cortinas de su apartamento y allí, tal vez encerrado en el baño donde decía que encontraba la mejor acústica, siguió dedicado a lo que realmente le importaba.

Verlo esa noche fue presenciar cómo se vive fuera del mundo. João Gilberto cantó con la concentración y la gravedad de un funámbulo sobre la cuerda. En las alturas donde se encontraba, su cuerpo se aferraba al alambre —a las cuerdas vocales y las cuerdas de la guitarra— y flotaba. Durante el concierto habló poco entre canciones y no levantó la cabeza de la guitarra. Cada nota era un corredor que lo conducía al interior; de ahí que oírlo cantar se sintiera como una intromisión. Yo contuve el aire durante dos horas y olvidé el cuerpo y el verano, para que nada interrumpiera la danza del funámbulo sobre la cuerda.

Salí del concierto desorientada, sin la sonrisa con la que había subido el Montjuïc. En el trayecto a pie hasta el apartamento donde nos hospedábamos, mi amiga comentó cuánto le había gustado el concierto. Lo dijo, sin embargo, como quien admira un plato exquisito o un edificio altísimo. Yo, en cambio, estaba en otro lado. Llevaba sobre los hombros la perfección de esa noche y no sabía qué hacer con ella. La belleza llegó con su cuota de pesadumbre. La ligereza de ese verano se vino al suelo en ese par de horas que pasé mirando y oyendo a João Gilberto. Perdí la complicidad con las plazas de Barcelona abarrotadas a media noche y no supe solidarizarme con el entusiasmo de quienes iniciaban la fiesta.

Al salir del concierto tarareaba Eclipse, bolero de Margarita Lecuona, que João Gilberto cantó espléndidamente esa noche. Al Eclipse le faltó, sin embargo, Astronauta, una de mis canciones favoritas, en la que Gilberto le canta a la amada distante que vive en todo cuanto viaja en el cielo. Ahora que João Gilberto ha muerto, lo imagino como el astronauta de la canción, flotando en la negrura del espacio, tan a gusto en el silencio soberano de allá arriba.

Al leer mi crónica del concierto, que sin lugar a dudas se quedaba corta frente a la maravilla que había presenciado, mi papá se alivió de no seguir cargando solo con una emoción que esquiva las palabras. Por fin alguien entendía que lo mejor que él tiene, y que yo tengo desde aquella noche insólita como un eclipse, es lo que pasa cuando el inmenso João Gilberto pone las manos en las cuerdas de la guitarra y abre la boca.

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2019-07-09T14:12:28-05:00

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2019-07-10T00:21:26-05:00

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Juliana Camacho / especial para El Espectador

Música

Relato de una noche insólita en la voz de João Gilberto

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