Ruge, Roca, y el (des)encanto

Reseña sobre la presentación ofrecida por la soprano Ana María Ruge y el pianista Alejandro Roca en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango como parte de la Temporada Nacional de Conciertos del Banco de la República.

La soprano Ana María Ruge y el pianista Alejandro Roca se presentaron en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango, en Bogotá.Gabriel Rojas © Banco de la República

El latín incantare significa recitar o cantar una fórmula mágica como a manera de hechizo. De allí proviene el más moderno verbo español ‘encantar’. Si bien, el término se ha usado proverbialmente para describir fenómenos que no utilizan literalmente el canto como método de ‘encantamiento’, podría decirse que el acto de cantar, especialmente cuando es usado con fines estéticos y hacia una audiencia, se convierte en la actividad humana ‘encantadora’ por antonomasia.

O al menos es esto lo que persigue: un cuasi literal encantamiento de la audiencia, cuyo síntoma evidente es el aplauso fervoroso, al menos en el contexto de la tradición occidental de canto lírico. Pero además, en esta tradición, el deseo es recíproco: el público va en busca del hechizo encantador. Así las cosas, un posible punto de partida para comentar un concierto tal yace en la pregunta sobre el grado de ‘encantamiento’, la medida en la que se genera ese ‘hechizo’, mediante el incantare del cantante y su consorte.

Emergen estas ideas a partir del recital que ofrecieron la soprano Ana Maria Ruge y el pianista, preparador vocal, y director Alejandro Roca, ambos colombianos, el pasado miércoles 15 de mayo en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá. Para la ocasión, Ruge y Roca propusieron un programa relativamente peculiar en comparación con el tipo de programación que presumo podría encontrarse en recitales de canto lírico a nivel mundial.

La tradición decimonónica del Lied germánico haría su presencia, por supuesto, pero en las más extremas y fronterizas versiones de Mahler o en la reminiscencia popularesca de algunas canciones del austriaco Alexander von Zemlinsky. Al lado de un viaje exploratorio por un par de mágicas canciones del ruso Rimski-Korsakov, completaría el programa en la segunda parte una selección de canciones de corte más popular del germano-americano Kurt Weill y el británico Benjamin Britten.

Si bien se trataba de un repertorio perteneciente todo a la primera mitad del siglo XX, se hacía difícil aventurar una posible lógica detrás del hilo de canciones, más allá de una curva que iba de la expresión profunda al canto juguetón en cada mitad.

Buscar ayuda a este respecto en el programa de mano resultaría infructuoso: luego de una elegante introducción sobre una referencia en Italo Calvino a la voz humana y su singularidad, el programa se dedicaba a presentar un mosaico de datos biográficos sobre los compositores, los autores de los textos, y uno que otro comentario sobre alguna canción o ciclo. Así, el estilo de collage inconexo del programa de mano reflejaba de alguna manera la secuencia de canciones que escucharíamos durante la velada.

Una propuesta tipo collage no es necesariamente mala de antemano. Cuando intencionado, el ambiente posmoderno respalda el collage como apuesta estética. La pregunta sobre el encantamiento se debería centrar, por tanto, en la eficacia expresiva de la propuesta, más allá de la lógica del sentido explícito u oculto del programa.

Buscando razones para mi ligero desencanto de aquel día, se me vino a la mente la adaptación que del famoso concepto de habitus del sociólogo francés Bourdieu hizo la etnomusicóloga Judith Becker en relación con nuestros hábitos de escucha. ‘Habitus’, escribe, «es un patrón corporeizado de acción y reacción, en el que no estamos completamente conscientes de por qué hacemos lo que hacemos… Nuestro ‘habitus de escucha’ es tácito, no examinado, aparentemente ‘natural’. Escuchamos de una manera particular, sin pensarlo, y sin darnos cuenta ni siquiera de que es una manera particular de escuchar». Así, nuestra escucha, y crucialmente también nuestras reacciones a lo escuchado, están mediadas por un hábito aprendido.

Con Ruge y Roca, atestiguaríamos precisamente lo habitual para el formato en escena: una expresividad corporal y sonora con unos códigos esperados, que incluyen una particular impostación vocal, vibratos resonantes, colores vocales variados —ora dramáticos o trascendentales, ora picarescos o recitados— histrionismo facial, teatralidad y divismo. Todo muy correcto, símbolo evidente de un entrenamiento y un desenvolvimiento ya cómodo por parte de Ruge en los códigos y hábitos del canto lírico. Esto, unido a un intrincado y muy musical diálogo con Roca, síntoma a su vez de un arduo trabajo consensuado y sin duda de la experiencia del pianista y director.

El hábito nos llevaría a unir las manos para aplaudir el evidente camino recorrido en el difícil viaje hacia la perfección musical. Pero en Ruge y Roca me faltó lo que en realidad encanta y hechiza de un performance: el trascender el ámbito y la expectativa de una tradición para decir cosas nuevas, y hacer sentir algo más allá de la admiración por lograr colmar las expectativas de esa tradición. Habiendo ya domesticado la técnica y los códigos gracias a su talento y esfuerzo, hacia allá, hacia un remover de hábitos, hacia un verdadero incantare, debería apuntar ahora Ana María Ruge.

* PhD en Musicología, Profesor Pontificia Universidad Javeriana

 

 

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Luis Fernando Valencia*

Música

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