Stravinsky, Ginastera y Mejía: músicos por naturaleza

Modernidad y nacionalismo se conjugan en la obra de tres creadores que, aunque diferentes y personales, están ligados por una época y por un interés en la naturaleza como fuente de inspiración y recursos creativos.

En abril de 1936, el compositor Igor Stravinsky pisó por primera vez suelo argentino. En Buenos Aires fue recibido por toda suerte de fanáticos y autoridades, incluyendo al director de la orquesta y ópera del Teatro Colón, el compositor Athos Palma. El ruso venía precedido de una fama que hacía de su visita un evento imperdible. Y es que las crónicas sobre sus triunfos y escándalos, con mayor o menor asentamiento en la leyenda, corrían de aquí para allá en territorio argentino, entre otras cosas gracias a su amistad de larga data con varios de los faros de la intelligentsia porteña, entre otros la escritora Victoria Ocampo, presente en el estreno de su discutido ballet La consagración de la primavera en 1913, en el parisino Teatro de Champs-Élysées. En el prólogo a la edición en español de las memorias del músico, Ocampo confesaba que Stravinsky había sido su “primer amor moderno”, y recordaba cómo, “desde el primer contacto, la aspereza, la extraordinaria violencia rítmica de La consagración, me hablaron de un genio”.

En platea, durante el estreno de la obra cumbre de Stravinsky en su ciudad natal, un joven aprendiz de músico de no más de 20 años recibía, absorto, cada disonancia, cada violento requiebro de la obra subtitulada Imágenes de la Rusia pagana en dos partes. “Fue como un shock: algo nuevo e inesperado”, recordaría años después Alberto Ginastera acerca de la impresión indeleble que había dejado en él aquella obra, enamorado a primera oída por “el primitivismo de la música, por su impulso dinámico y por la novedad de su lenguaje”. Todo ese ideario quedó vertido en su primera obra, el ballet Panambí, escrito en 1937 y claramente heredero de La consagración en el empleo de disonancias, en los cambios abruptos de volumen orquestal y en el tratamiento de la percusión, con todo y que la narración hecha danza ahora tocaba los terrenos de las leyendas guaraníes.

En esas mismas fechas de 1936, un joven músico de la costa Caribe colombiana afincado en Bogotá ingresaba al Conservatorio Nacional de Música para perfeccionarse. Antes había pasado tres años en Nueva York, donde integró un trío de cuerdas al lado del célebre músico argentino Terig Tucci, recordado por musicalizar las cintas de Carlos Gardel para la Paramount. Ese músico, llamado Adolfo Mejía Navarro, estaba listo para emplear sus nuevos conocimientos como un vehículo para encauzar la enorme sabiduría que ya ostentaba en los terrenos de la música popular.

Lo que da la tierra

Armonía de la naturaleza es el nombre de la sesión que el Cartagena Festival internacional de Música dedica a la obra de tres creadores personalísimos y de intereses, cuando no contrastantes, directamente opuestos; aunque -para emplear el lugar común de los polos que se atraen- unidos justamente por eso. Igor Stravinsky (1882-1971), Alberto Ginastera (1916-1983) y Adolfo Mejía (1905-1973) encontraron en la naturaleza una fuente de inspiración que los condujo por caminos propios, en la que los elementos y fenómenos del mundo físico se encauzan a través de una mirada y una obra personal.

Hijo tardío del Impresionismo francés, de cuyas fuentes bebió durante su estancia en París en 1939, Mejía Navarro implementó en su trabajo, ligado a la música colombiana tanto en su componente caribe (su Pequeña Suite de 1938 involucró por primera vez la cumbia en una pieza de carácter académico) como en el andino (con buena parte de su hoy recurrente obra para piano), un profundo sentido de sinestesia en su obra. Baste con escuchar su preludio para arpa Luminosidad de aguas, que de inmediato remite a la imagen visual de un riachuelo cristalino y tranquilo en su cauce. La pieza, compuesta hacia 1949, fue estrenada en Colombia por el maestro del arpa español Nicanor Zabaleta. De manera contraria a esa visión del mundo externo, el poema sinfónico Íntima apela, tal como lo dice su nombre, a una mirada intrínseca, de acuerdo con líneas escritas por el propio Mejía que hablan de un personaje ciego que no quiere recuperar la vista, pues por fin puede reconocerse en su fuero interno. “Ya he visto mucho hacia afuera, dejadme ahora ver hacia adentro”, dice este personaje imaginario, tal como fue expuesto por Mejía en el programa de mano del estreno de Íntima, en 1947.

Dieciséis años después de la primera ejecución de Luminosidad de aguas, el mismo Nicanor Zabaleta sería el encargado de estrenar, en su faceta de solista, el Concierto para arpa y orquesta de Ginastera. En esta pieza, la naturaleza se hace presente como el territorio colonizado por el habitante rural argentino por antonomasia: el gaucho. Amo y señor de la extensa Pampa, pacificador de caballos briosos y reses ariscas, ágil depositario de los secretos del repentismo puesto en práctica en el canto de las payadas, el gaucho lleva en la sangre una tradición sonora y dancística con 400 años de historia llamada malambo, género musical festivo con protagonismo del bombo y las guitarras, que invita al aparcero a un baile casi ritual, caracterizado por un estilo de zapateado tan solo comparable al del flamenco. Justamente el malambo es la inspiración para esta pieza de carácter tonal del compositor porteño, y su trepidar se puede sentir en diferentes momentos, en particular en su arranque y en su cierre.

La evolución de la obra de Ginastera y de buena parte de sus contemporáneos del mundo entero debe entenderse como la consecuencia del parteaguas histórico que fue La consagración de la primavera. Mucho se ha dicho acerca del caldeado ambiente de su estreno, el 29 de mayo de 1913, en Champs-Élysées: baste, para hacerse una idea general, el testimonio de uno de los ilustres presentes, el escritor, pintor y cineasta Jean Cocteau: “La gente reía, hacía burlas, pitaba, hacía sonidos de animales y quizá se hubiera cansado a la larga si no fuera porque la multitud de estetas y músicos, en su exagerado celo, se puso a ofender al público de los palcos, y a atacarlo físicamente”. Hoy, cuando han pasado cien años y más del escándalo, la escena se antoja una simple anécdota.

La pieza, que por primera vez exploró recursos de la modernidad como disonancias, cambios abruptos de compás y diferentes efectos percusivos, se cifra en la naturaleza como objeto de ofrenda e idolatría. Su primera parte, Adoración de la Tierra, comprende situaciones en las que las tribus danzan con frenesí en recuerdo de los antepasados y en agradecimiento a los dones concedidos. Es el comienzo de la primavera y, tal como se expone en la segunda parte, El sacrificio, es necesaria la entrega de una doncella a los dioses para seguir recibiendo las bondades de la Tierra. Lejos ya de su funcionalidad como acompañamiento de ballet e interpretada en concierto infinidad de veces sin el componente dancístico, La consagración de la primavera sigue siendo un parangón de vanguardismo, y sus efectos de inquietud, confusión y hasta terror siguen conservándose intactos en el público que la escucha por primera vez.

Una época y un reconocimiento de la naturaleza como punto de partida une a los tres compositores del concierto del jueves 10 de enero en el Auditorio Getsemaní, del Centro de Convenciones de Cartagena, en el marco de la llamada “Serie Latinoamericana” del Cartagena Festival Internacional de Música. Otro aspecto, en este caso, cohesiona aún más el repertorio: la solista de arpa Gwyneth Wentink, a quien le corresponde volver a Ginastera y a Mejía (pese a haber sido escrita para ese instrumento, es extraño ya escuchar Luminosidad de aguas como no sea en su arreglo para piano) y la participación de la Filarmónica Joven de Colombia, ya convertida en visitante ineludible de esta cita anual.

*Jefe musical de Radio Nacional.

 

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