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Una mirada a Jack Bruce, legendario bajista y vocalista de Cream

Fallecido hace pocos días, Bruce influyó en la generación del rock de los sesenta, exploró el jazz en los setenta y buscó incluir diferentes géneros en sus más de 14 producciones en solitario.

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Juan David Torres Duarte
28 de octubre de 2014 - 06:21 p. m.
Jack Bruce durante un concierto en Budapest (Hungría) en febrero de 2013. / EFE
Jack Bruce durante un concierto en Budapest (Hungría) en febrero de 2013. / EFE
Foto: EFE - BALAZS MOHAI
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Su profesora le dijo, cuando intentó escribir un cuarteto de cuerdas, que él carecía de talento para someterse a semejante producción. Jack Bruce (nacido en 1943 en Escocia, fallecido en Inglaterra) solía decir —quizá por aquel episodio, o por otros tantos— que el colegio musical era en realidad bastante inútil: todos aprendían lo mismo y nadie tenía en cuenta, decía, las habilidades personales. La improvisación era —afirmaban con certeza sus profesores— inadecuada: en cambio, Bruce creía que era una forma de aplicar la libertad a la música, de crear patrones sonoros para tocar al borde del abismo, sin saber quién lideraría, quién daría el siguiente paso y en qué dirección. Su música fue, entonces, uno de los modos más agradables de la antítesis.

Porque en sus primeros años, en los años de la enseñanza, cuando apenas pasaba los veinte, Bruce supo que su labor como músico debía trascender, debía ser algo más que una mera experiencia melódica: sabía que las notas más bajas de Bach resplandecían por su belleza tonal, sabía que la música india creaba bases para que los instrumentos fueran deslizándose, tranquilos, por la ruta que marcaba esa base, como un río que arrastra cada tanto una rama, piedras.
Había ganado una beca para estudiar en una escuela de música cuya política tenía cierta rigidez. Les advertían a los estudiantes, por ejemplo, que no debían tocar jazz. Bruce lo hacía porque así se sostenía y porque, en buena parte, no es posible llegar a ningún lugar sino se hace todo cuanto se quiere desde el momento en que se quiere. En la escuela supieron de su afición extraescolar y le advirtieron: o dejas de tocar jazz o te vas de la escuela.
Él se fue.

Era 1964 o 1965. Bruce se habría de definir, años después, como un músico de jazz, pero en principio todo su esfuerzo estuvo enfocado en el rock y en sus raíces: con bandas como Graham Bond Organisation y John Mayall and his Bluesbreakers pululó entre el blues, el bebop y el rhythm and blues. Sus líneas de bajo no seguían el ritmo de la guitarra, no eran sólo acompañantes serenas del caos; al escucharlo, es posible comprender que Bruce hacía que el bajo fuera por un camino en apariencia diferente al del resto de instrumentos, y sin embargo sabía encontrarse con ellos en diferentes puntos.

En esa forma, tras el entrenamiento constante en estudio, llegó a Cream junto a Eric Clapton y Ginger Baker. Con Baker las relaciones habían sido, desde antes, delicadas; mientras ambos estuvieron en la Graham Bond pelearon, se ocultaron los equipos y los instrumentos para impedir que el otro tocara. A pesar de ello, se juntaron para esta nueva banda; su relación opuesta sería uno de los términos de la separación de Cream.

Pero las luchas personales parecían perderse entre la música. O se escondían con sutileza. Así sucedió en los cuatro álbumes que lanzaron en apenas dos años de existencia: Fresh Cream, Disraeli Gears, Wheels of Fire y Goodbye. Allí, en cuatro horas de música, están las bases de grupos como Led Zeppelin: la improvisación, la fortaleza de la batería, el canto sosegado del bajo, la precisión de la guitarra. Había volumen, había cabezas moviéndose en los conciertos. Era blues, pero iba más rápido; era rock, pero tenía una ligazón indudable con las raíces. En un concierto en el Royal Albert Hall, ocurrido en noviembre de 1968, se ve a Cream en su punto más alto: eran apenas tres músicos —“un ingenioso y pequeño trío”, lo llamó Frank Zappa— pero sonaban como una máquina de sonido. Eran tres y parecían veinte. Eran tres y podían tocar improvisaciones de veinte minutos que, a pesar de los decibeles, sonaban como extensas fortificaciones que iban variando el tono, los colores, la fuerza.

Bruce sobrevivió a las luchas finales, a la incansable insistencia de la discográfica de sacar un disco de despedida, creando una producción en solitario que nada —o casi nada— tenía que ver con Cream: Songs for a tailor (1969), un disco que abreva más en el campo del jazz. Desde allí hasta marzo de este año, Bruce compuso y grabó 14 álbumes de estudio que recogieron todas sus ambiciones estilísticas: jugaron con la música del mundo, el jazz, el blues, de nuevo —de tanto en tanto, como un guiño a la memoria— con el rock y el sonido particular de Cream. “Lo que queda —dijo Bruce en una entrevista reciente con la revista Rolling Stone— es un puñado de canciones que la gente aún ama. Y eso no tiene nada malo”.

Por Juan David Torres Duarte

 

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