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Un día, en clase, Santiago Cárdenas nos contó que alguien le dijo que vestía como notario, a lo que él contestó: “Es preferible vestir como notario y pintar como pintor, que vestir como pintor y pintar como notario”. Sentencia de una persona inteligente que hablaba mesurado y justo, que observaba rápido y bien y que hablaba y escuchaba.
El maestro
No soy el único que piensa que Santiago Cárdenas fue su maestro (el profesor guía y corrige, el maestro enseña), la persona que en medio de las grandes confusiones de los estudiantes jóvenes que todavía no sabían bien qué hacer con las experiencias de una época en la que el signo de los tiempos era el cambio permanente, supo darles un polo a tierra no diciéndoles qué debían o no hacer, sino enseñándoles a valorar su propia experiencia a través del infinito respeto que traslucía su forma de analizar sus trabajos.
Nadie sabía mejor que él describirlos de una forma en que los mismos autores no podían hacerlo. Sin complacencias, sin mentiritas, las fallas (normalmente, en el proceso artístico las fallas del trabajo son autoengaños, por eso la enseñanza artística plantea un entrecruzamiento muy complejo entre la vida personal y el desarrollo de un oficio con cánones y tradiciones formales) surgían con una evidencia irrebatible, y también sin concesiones; las virtudes del trabajo se hacían claras.
Más de una vez, bajo el influjo de las palabras del maestro Cárdenas (nunca pude dejar de llamarlo así), la obra desdeñada de un compañero se convertía en una cosa mucho más vital de lo que habíamos imaginado. Y eso sucedía así, como si nada, como si fuera la cosa más natural del mundo. Todavía hoy, después de unos 26 años de haber dictado mi primera clase, cito algunas de sus frases célebres que conservo como un pequeño tesoro porque en medio de tantas normas, estándares, indicadores e imperativos administrativos que se han tomado la cotidianidad del campo educativo, representan algo que en Colombia extrañamos cada vez más: el diálogo entre artistas. El diálogo entre la persona mayor que ha vivido y tiene el peso de la experiencia que acompaña, y la menor, que puede tener la misma pasión, pero no aún ese peso específico.
Es curioso, pero de tantos puntos de entrada como pude haber elegido, en el momento de escribir un perfil del maestro surgió esa historia, medio olvidada, y encuentro que me permite concretar varias de las cosas que podría señalar. En primer lugar, describe a la persona sin aspavientos, que tiene una apariencia bastante tradicional –me refiero tanto a su persona como a su obra– que no se sitúa en un espacio enfático ni retórico, pero que hace un trabajo sobre el que la mirada se detiene y queda atrapada porque es de una profundidad inusual: de pronto, la cosa más obvia se convierte en extraña porque lo que se hace visible no es el objeto, sino el hecho de que lo estamos viendo, como cuando en medio de un sueño notamos que estamos soñando.
Paradójicamente, esa operación se obtiene reproduciendo la apariencia. Así como el notario que imaginamos, la aparentemente tranquila pintura de Cárdenas presenta un testimonio: algo fue visto un día, a cierta hora, bajo ciertas condiciones con una radicalidad que no da tregua porque el cuadro no fue pensado para la contemplación pasiva, sino para despertar; como el relámpago que no por ser veloz simplemente pasa, sino que anuncia una actividad que no está sucediendo en las cosas, sino en uno.
Sentado en su sala, en donde además de algunas de sus obras se encuentra un cuadro de su hermano Juan, su interlocutor de confianza, en medio de un gran silencio, con algunos dibujos de sus nietos y ventanales hacia dos jardines, pienso que esta atmósfera se le parece: Santiago Cárdenas es el tipo de persona alrededor del cual se instala una atmósfera de tranquilidad o –más bien– de fluidez. De una mirada serena.
La mirada desde afuera
Las décadas de los años sesenta y setenta fueron de una gran vitalidad para las artes plásticas colombianas. Entre los muchos factores que influyeron para eso, uno de los más interesantes es la presencia de intelectuales y artistas extranjeros (Guillermo Wiedemann, Marta Traba, Juan Antonio Roda, por nombrar sólo unos pocos) cuya mirada sirvió de contrapunto a los puntos de vista locales, dinamizándolos en más de un sentido.
Aparte de sus desarrollos propios, Estados Unidos vivió un fenómeno similar debido a la inmigración forzada de artistas de vanguardia por la Segunda Guerra Mundial y la política nazi. Los planteamientos de estos artistas se afincaron y apoyaron el surgimiento de una serie de tendencias que lo constituyeron como uno de los centros del arte mundial. Simultáneamente, se consolidaba un proceso que trasladaba las antiguas escuelas de artes –cuyo anacronismo era blanco favorito de los artistas vanguardistas– a los espacios universitarios, abiertos a una formación intelectual más amplia que el simple aprendizaje de oficios o estilos y que exigía la construcción de un pensamiento artístico. Santiago Cárdenas vivió entre 1947 y 1967 en Estados Unidos, estudió en Rhode Island School of Design, en Cummington Art School y en Yale University, de manera que su aprendizaje como artista coincide con un momento extraordinariamente vital del arte norteamericano.
Al volver a Colombia, su bagaje visual y reflexivo lo llevó a ser rápidamente reconocido como uno de los artistas que aportan nuevos elementos al pensamiento artístico local.
En una época que mostraba dos grandes tendencias, una a las grandes narrativas con gran carga de contenidos literarios y, la otra, a abstracciones líricas en las que se enfatizaba en el desarrollo de valores propiamente plásticos, construyó un realismo que tenía tanto de la carga reflexiva del primero como de la sensibilidad plástica del segundo y remitía a una pregunta contemporánea: el arte como conocimiento.
Sin recurrir a la ilustración de contenidos literarios, estas imágenes suscitaban la reflexión; tampoco derivaban directamente de la imagen fotográfica –aunque sabemos que las artes plásticas del siglo XX tal como las conocemos son impensables sin el desarrollo de la fotografía y del cine–, sino de una actitud reflexiva que guía la percepción, no para llegar a conclusiones teóricas, sino para suscitar un estado en el cual la percepción se abre: después de ver una serie de imágenes de Cárdenas es inevitable ver el mundo de otra forma.
Y no el mundo en general, sino el más inmediato y al tiempo el más difícil de ver conscientemente: el mundo cotidiano.
El objeto cotidiano
La representación del objeto antes de la fotografía tiene una historia que lo vincula con problemas espirituales: la naturaleza muerta (o silenciosa, como se la llama en inglés) como género remite –su nombre lo indica– a la reflexión sobre la vida y la muerte. En el siglo XX el cubismo recupera el valor estético del objeto cotidiano y el surrealismo lo sitúa en un entrecruzamiento simbólico, en un ambiente de extrañeza que pone a dudar al observador respecto a lo que realmente está viendo. Cárdenas se sitúa en una dirección que mira la cotidianidad como un problema, podríamos decir, filosófico. Es la pregunta sobre el observador y cómo la mirada se construye en una doble vía. Lo que el objeto muestra y lo que queremos ver en él.
Solamente que Cárdenas es un pensador visual, no pretende darnos respuestas, sino permitirnos la experiencia del ver. La luz en una pared, una caja de cartón colgada, un gancho de ropa, un florero, no pintados como en la pintura clásica, es decir, como si estuvieran detrás de la superficie del cuadro, sino sobre ella, nos invitan a contemplar no más allá del cuadro, sino más acá. A contemplar cómo construimos cotidianamente la imagen del mundo, cómo cada día, cada instante, volvemos a construir la imagen del mundo como una decisión cotidiana.
A vernos viendo.