16 Aug 2015 - 2:22 a. m.

El precio en salud de la locomotora minera

Irregularidad menstrual en mujeres de pueblos de Santander, enfermedades osteomusculares y auditivas en mineros de Cundinamarca, son una muestra del precio que están pagando los colombianos por una minería mal administrada.

Pablo Correa

Clelia Rosa Calao y José Luis Marrugo, dos investigadores de la Universidad de Córdoba, acaban de publicar un artículo que titularon Efectos genotóxicos asociados a metales pesados en una población humana de la región de La Mojana, Colombia. Detrás de esa fría neutralidad lingüística, típica de las publicaciones científicas, hay una noticia que en otros países provocaría la máxima alerta de las autoridades de salud: las concentraciones de mercurio, cadmio y plomo en los habitantes de cuatro municipios caribeños exceden los límites permisibles por la Organización Mundial de la Salud.

Hace dos años los investigadores viajaron a esta zona y tomaron pequeñas muestras de sangre a 57.737 pobladores de los municipios de San Marcos, Guaranda, Sucre y Majagual. Lo hicieron guiados por una sospecha muy lógica. Si La Mojana se inunda constantemente por el desbordamiento de los ríos Magdalena, Cauca y San Jorge, y estos a su vez arrastran metales pesados que son desechos de la minería y la industria, era bastante probable que en los tejidos, en los órganos, en la sangre de los pobladores que se bañan en ellos, comen sus pescados, usan el agua para preparar los alimentos, existieran efectos “genotóxicos”, daños provocados por estos elementos químicos en el ADN.

La sospecha, tras llevar esas muestras al laboratorio, se confirmó. “Los resultados de genotoxicidad mostraron ser estadísticamente significativos en las poblaciones expuestas, lo cual indica que estas poblaciones presentan alteraciones en su ADN”, escribieron los investigadores.

La acumulación de esos metales, sin que ellos ni nadie lo haya notado, ha venido alterando el ADN de sus células, provocando cambios sutiles en las letras del alfabeto que codifica la vida, con consecuencias que pueden llegar a ser muy graves. En el caso del mercurio se sabe que puede provocar alteraciones en el desarrollo de los bebés. El plomo afecta profundamente el sistema nervioso. Y el cadmio puede desembocar en cáncer de pulmón, cáncer de próstata, insuficiencia renal o una enfermedad que los japoneses bautizaron itai-itai, una dolencia ósea que hace gritar de dolor a quienes la padecen. En japonés itai-itai significa “¡ay, ay!”.

“En países desarrollados, la contaminación con plomo se considera un problema de salud pública, lo que no ocurre en países en desarrollo”, anotaron en la discusión de sus resultados. Para el Centro de Control y Prevención de Enfermedades de Estados Unidos, dicha contaminación constituye una de las cinco prioridades de intervención en estrategias de salud.

No sabemos qué está pasando

El trabajo de Clelia Calao y José Marrugo no es el único que demuestra el peligroso efecto que está teniendo la falta de controles a la minería y a la industria en el país. Dos profesores de la Universidad del Rosario, Leonardo Briceño y Marcela Barona, editores de la última edición de la Revista Biomédica, la más importante del país en temas de salud, eligieron junto a este los mejores trabajos de distintos grupos del país para alertar sobre esta bomba de tiempo.

“La Mojana es sólo un ejemplo de lo que está ocurriendo en gran cantidad de ríos del país”, comenta Briceño, médico y profesor de la U. del Rosario, “nos preocupan estos resultados pero nos preocupa más lo que no hemos estudiado. Creemos que la situación en algunos sitios puede ser peor de lo que sospechamos”.

De hecho, Isabel Casas, Elidier Gómez, Lina Rodríguez, Sandra Girón y Julio Mateus, de la Fundación FES y la U. del Valle, luego de revisar más de 300 documentos publicados sobre los posibles efectos de contaminación por mercurio en la población colombiana, establecieron que los análisis se han concentrado en la población minera “dejando de lado grupos vulnerables biológicamente, como las mujeres embarazadas, los escolares residentes en áreas contaminadas y la población general con hábitos de consumo y utilización de productos que contienen mercurio”.

Menstruaciones alteradas y dolores óseos

En Santander, la investigadora Laura Rodríguez, junto a sus colegas Diana Jaimes, Adelaida Manquián y Luz Helena Sánchez, demostraron que las mujeres que viven en distritos asociados a la explotación de oro presentan una mayor irregularidad en la menstruación que aquellas mujeres que viven en otros municipios donde la minería no es una actividad económica. Aunque descartaron una mayor tasa de abortos, el grupo de científicos de la Universidad Industrial de Santander y la Universidad Santo Tomás creen que se deben realizar estudios de largo plazo para evaluar las consecuencias de la exposición a los vapores del mercurio.

Mientras las mujeres de estos pueblos han visto alterados sus ciclos reproductivos, los hombres de pueblos que viven del carbón como Guachetá (Cundinamarca), reportaron a un grupo de investigadores de varias universidades colombianas que los problemas de salud que más padecen son dolor lumbar (46,1 %), dolor miembros superiores (40,3 %), dolor en miembros inferiores (34,4 %), trastornos respiratorios (17,5 %) y problemas auditivos (13,6 %).

Rastros en el agua

Aunque a muchos colombianos les pueda parecer que el problema de la minería es algo lejano que no los afecta, la verdad es que sus peligros pueden estar más cerca de lo que creen. Una señal de esto es el trabajo de Ghisliane Echeverry, Andrés Zapata, Martha Páez, Fabián Méndez y Miguel Peña, todos investigadores de la Universidad del Valle. Los científicos se dieron a la tarea de estudiar el agua que consumen los habitantes de las comunas 13, 14, 15 y 21 de Cali y que agrupan al 27 % de la población urbana de la ciudad.

Si bien no detectó la presencia de mercurio en ninguna de las muestras (un rastro de minería), sí reportaron concentraciones de plomo y cadmio, dos metales asociados a vertimientos industriales. Estas concentraciones se encuentran por debajo de los límites permisibles pero como lo señalaron los científicos cuando la exposición se prolonga en el tiempo “aun en bajas concentraciones, puede ser una ruta de exposición significativa y representar un riesgo para la salud de la población”. Si el plomo y el cadmio se han colado hasta el acueducto de una de las principales ciudades del país, el mercurio arrojado por los mineros también lo puede hacer.

El médico Leonardo Briceño cree que estas señales de lo que está ocurriendo en el país deberían traducirse en acciones concretas como crear un sistema de vigilancia de contaminantes ambientales en Colombia y planes para el control de los efectos del mercurio.

Como lo escribieron en el editorial, los investigadores han trabajado durante muchos años “con la esperanza de que los resultados de sus análisis permeen en los sectores académicos y en la sociedad en general”.

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24% de la carga mundial de enfermedad se atribuye a factores relacionados con el ambiente general y ocupacional.

17% de la mortalidad en países desarrollados se atribuye a causas ambientales. En países como Colombia ese porcentaje se puede elevar a 25%.

85 de las 102 principales enfermedades identificadas en el mundo se deben a la exposición a riesgos ambientales.

70% de las muestras de los pueblos de La Mojana (aproximadamente) sobrepasaban los límites permitidos de mercurio.

2% del Producto Interno Bruto pierde Colombia atendiendo enfermedades prevenibles asociadas a la salud ambiental.

Colombia no tiene un sistema de monitoreo

Jancy Andrea Huertas, experta en información del Ministerio de Salud, plantea en uno de los artículos de la serie publicada en la revista Biomédica que Colombia debe comenzar a pensar en la creación de un sistema de vigilancia de contaminantes ambientales.

Se trata de una tarea que pondría a prueba toda la capacidad del Estado porque exige combinar esfuerzos de muchas instituciones. Por un lado, la vigilancia epidemiológica que realizan las autoridades de salud; por otro, la vigilancia ambiental junto al monitoreo sanitario. También tendrían que estar allí los reportes de médicos, hospitales y clínicas sobre efectos directos en individuos. Y, por si fuera poco, sectores políticos para generar políticas e intervenciones.

“Los registros de intoxicaciones muestran el impacto en salud de los contaminantes ambientales, pero esta información es sólo la punta del iceberg”, concluye Huertas para advertir sobre la necesidad de un sistema que permita saber dónde y cuándo intervenir.

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