La experiencia inició con el vuelo de LAN Bogotá-Lima. El avión, uno de los Airbus 318 recientemente adquiridos por la aerolínea, nos lleva en un vuelo de tres horas hasta la capital del Perú. Lima, una ciudad moderna, acogedora y organizada, tiene aproximadamente ocho millones de habitantes, más del 30% de la población total del país. Está al nivel del mar, en el Océano Pacífico y allí aprovechamos para comer todas las delicias de la reconocida cocina peruana, pues nos habían advertido que en el Titicaca, nuestro destino final, había que “comer poquito, andar pasito y dormir solito”.
Para llegar al Titicaca, tomamos otro vuelo que nos llevó hasta Juliaca, haciendo escala en Arequipa. En Juliaca abordamos un autobús hasta Puno a orillas del lago Titicaca. Al llegar, llama la atención el color de la tierra árida con el que se confunden las casas a medio terminar. La población en su mayoría pertenece a la familia Aymara, indígenas que también están en Bolivia y el norte de Chile.
Hay que ver el Titicaca en la mañana aunque sea desde la habitación del Hotel Sonesta. Su inmensidad (8.562 km2) y belleza contrastan con el paisaje desértico de Puno. Ya una embarcación nos espera para llevarnos a las islas flotantes de los Uros.
Muy abrigados, pues el frío es intenso a 3.810 metros de altura sobre el nivel del mar, llegamos a Khantati, una las 70 islas flotantes en donde habitan siete familias de la etnia de los Uros. Nos explican que fabrican sus islas con las raíces de la planta acuática totora y que cada isla está amarrada a unos 20 metros de profundidad. La vida útil de una isla puede llegar a los 20 años.
En este lugar se respira (con alguna dificultad por la altura), paz, armonía, amabilidad y tranquilidad. Todas las actividades de los Uros se desarrollan sobre las islas, quienes se desplazan en balsas con figuras de cabezas de animales que también han sido construidas con totora. Incluso, pueden ver televisión y escuchar noticias gracias a los paneles de energía solar que un día Alberto Fujimori les instaló.
Ya en Lima, hay que seguir disfrutando de su comida. La gastronomía peruana es de las más exquisitas y diversas del mundo. Son casi 500 platos típicos, una amplia variedad de mariscos y pescados, 3.000 clases de papas y junto a eso, la mezcla de la cultura de cuatro continentes, hacen de ésta una cocina llena de platos sorprendentes y deliciosos, una de las más exóticas del planeta.
Cualquier comida en Perú está antecedida por un “Pisco Sour”, coctel preparado a base de Pisco, que es un licor extraído de la uva. Con la comida no puede faltar una “Inka Cola” o una “Chicha Morada”, refrescante bebida a base de maíz morado.
Después de haber probado todo y para evitar el posterior remordimiento de conciencia, hay que bajar el almuerzo con una caminata por el centro de Lima. Esta “Ciudad de los reyes” y capital del imperio Inca fue fundada el 18 de enero de 1535 por el conquistador Francisco Pizarro. La imponente Plaza Mayor y la pileta de bronce constituyen el espacio público urbano más antiguo de la ciudad. Allí están la Catedral, el palacio arzobispal y el palacio presidencial.
Volviendo a la Lima moderna damos un paseo por Miraflores y El Olivar, dos adelantados barrios en los que se encuentran importantes hoteles, centros comerciales y que tiene muy de cerca a una de las más reconocidas excavaciones arqueológicas del país sureño. Tan sólo un abrebocas de todos los sitios que hay por conocer en el Perú.