Ana Consuelo Gómez, la dama de la danza

Ha bailado toda su vida. Su mamá le inculcó el amor por el arte y se enfrentó a los estereotipos de la sociedad para que pudiera aprender en las mejores compañías de ballet del mundo. Ahora lidera el Ballet Anna Pavlova y la Danza Experimental de Bogotá.

Para Ana Consuelo Gómez, los artistas son los que permiten poner en escena su creatividad. / Cristian Garavito - El Espectador.

¿Cómo comenzó en el ballet?

Sé que mi mamá quiso ser bailarina y no pudo. Cuando nací ella me inculcó el deseo de bailar. Hay muchas madres que quieren que sus hijas lo hagan, pero no todas las niñitas a quienes meten a clases van a terminar con un gusto por la danza.

¿Qué significó entrar al ballet?

Era una niña tímida y callada, no socializaba o hablaba mucho. Cuando mi mamá me metió a clases me sentía como una mariposa que sueltan a volar. Nunca dudé si me gustaba o no, sino que era el lugar donde mejor me sentía y el ambiente en el que podía desarrollarme como ser humano.

¿A su mamá le debe lo que ha construido en la danza?

No solo lo que he construido en el ballet y la danza, sino todo. Ella logró imponerse ante su familia y la de mi papá, toda una hostilidad social, porque muchas cosas relacionadas con el arte asustan a los padres. Yo no solo soy bailarina clásica, sino que también tengo un grupo contemporáneo llamado Danza Experimental de Bogotá.

¿Cómo fue su formación?

Tuve mucha suerte, no solo por mi mamá y todo su apoyo, sino porque me fui muy pequeña a formarme en los mejores lugares del mundo para el ballet y en las mejores escuelas. A los siete años estudié en Nueva York por tres años, volví y al poco tiempo estuve en París por ocho años, en el Conservatorio de París, con los mejores profesores que había en el momento. Le doy gracias a Dios, a mi mamá y a mi papá, que la apoyó cuando se dejó convencer de que sería bailarina.

¿Por qué su mamá creó el ballet Anna Pavlova?

Quería tener algo listo para mí; estoy segura de eso.

¿Qué representa el ballet Anna Pavlova para usted?

Significa un legado que me dejó mi madre. Tengo una obligación con ella, con quienes creyeron en mí en todo este proceso y con quienes han estudiado acá. Me costó mucho esfuerzo lograr esta segunda sede, que es la de mi otro hijo amado que es Danza Experimental de Bogotá. A la gente se le olvida preguntarme por eso, solo me asocian con el ballet clásico, el tutú y la coronita, pero es que yo tengo dos aspectos fundamentales.

Cuéntenos de la Danza Experimental de Bogotá.

Lo creé en 2003 como una respuesta a una inquietud personal que tenía. No quería seguir haciendo solo reposiciones de los clásicos, aunque me dan mucha satisfacción y de allí ha salido un gran semillero de bailarines. Llegó a mi vida; salió de mi corazón como una respuesta a un deseo de hacer otro tipo de danza para el público del futuro.

¿Qué está preparando con ellos?

El 28 de octubre nos presentaremos en el Teatro Colón de Bogotá con Catulli Carmina, una obra de Carmina Burana. Quise hacer un homenaje a sus composiciones.

¿Qué pasa con el público del futuro?

Un bailarín escribió en The Guardian que si la danza clásica no se diversifica hacia otro género y no hay creaciones nuevas, el ballet se convertirá en una pieza de museo y las generaciones nuevas no van a estar tan interesadas. Son necesarios músicos y coreógrafos que hagan nuevas cosas. No es un pensamiento que solo me acompaña a mí, sino a muchísimos artistas del ámbito internacional.

¿Qué representan sus artistas para usted?

No hablo nunca de mí sola, no hago nada sin los artistas. Una comparación es que, si un pintor tiene un lienzo y no tiene pintura, no puede pintar. Yo como coreógrafa, sin bailarines o artistas que pongan en escena mi creatividad, no podría trabajar. Es importante que quienes he formado tengan una oportunidad, para que el gobierno y la empresa privada los miren y piensen que vale la pena apostar por el talento colombiano.

Temas relacionados