George Coba, el García Márquez de “La Cacica”

Aunque siempre quiso ser actor, estudió comunicación social porque su mamá le recordó la importancia de una carrera. Después de dos roles pequeños en otras producciones, el baranoero de 28 años celebra su primer papel importante en una producción.

Su verdadero nombre es Jorge Mario, pero le gusta ser conocido como George Coba. / Cristian Garavito - El Espectador

Usted estudió comunicación social, ¿por qué terminó en la actuación?

Mi mamá siempre fue muy exigente con el tema de los estudios porque es docente, me decía que tenía que ir a la universidad. Terminé a los 16 años el colegio y quería irme para Argentina o venirme para Bogotá a prepararme como actor, pero empecé a estudiar comunicación social en la Universidad Autónoma del Caribe, que tiene alguna relación con el tema de medir nuestro potencial frente a una cámara. Me gradué y a las dos semanas llegué a Bogotá para buscar mi sueño de actuar.

Vino a Bogotá sin tener nada. ¿Cómo fue conseguir un espacio en la televisión?

Represento la cara de muchos jóvenes que llegan sin nada a guerreársela. A los 15 días me salió mi primer personaje en Chepe fortuna, donde hacía de mesero; después tuve otro pequeño en A mano limpia, y fui presentador. Renuncié porque no me permitían actuar, empecé a hacer teatro, que es lo que me apasiona realmente, porque me brinda herramientas como actor. Estaba en una obra llamada Filos, en Fundactores, y conocí al libretista de La cacica y me invitó a hacer casting.

¿Cómo fue la preparación para personificar a Gabriel García Márquez en “La Cacica”, serie de Caracol Televisión?

El proceso de casting fue muy largo, querían escoger a un actor que tuviera trayectoria y que su cara fuera reconocida. Era un reto, la oportunidad perfecta para demostrar que tantos años de dedicación valían la pena. Ha sido muy enriquecedor para mi carrera profesional, porque es la primera vez que Gabo es interpretado actoralmente a nivel mundial.

¿Cómo logró parecerse a Gabriel García Márquez?

Por eso el bigote, que duraba hora y media en maquillaje poniéndomelo pelo por pelo, sumado al calor de Mompox. Sentía que tenía algo en la boca que no me dejaba hablar. En una de las pocas fotos que hay de Gabo cuando joven tiene las mismas cejas caídas y la mirada triste como la mía. Él también era de un pueblo de la costa como yo, le encantaba el vallenato como buen barranquillero. Me empeliculé con el personaje.

¿Le sirvió de algo ser de un pueblo de la costa para interpretar a un hombre que también viene de allí?

Ser de un pueblo de la costa me ha servido para todo en la vida. Tener la familiaridad y la cercanía que nos caracteriza, sentarte en la terraza de tu casa y saludar al vecino, crecer cerca de las personas que quieres. Todo eso es muy bonito, sobre todo porque soy hijo de una madre soltera, una docente muy popular en Baranoa.

Su familia lo marcó mucho.

Cuando estaba niño hice la representación de la llegada de los Reyes Magos al portal de Belén, yo era el ángel de la obra. En ese momento mi mamá me ayudaba a aprenderme el libreto, era párrafo por párrafo, como se lo aprende un niño cuando tiene una exposición en el colegio. También mi tía me sentaba en su regazo para contarme historias. En general, la cultura de Baranoa me marcó mucho.

¿Por qué?

Le debo mucho a la cultura de mi pueblo. Crecí haciendo teatro, bailando, presentando, desarrollando mis habilidades. A Baranoa se le conoce como el pueblo cultural, el corazón alegre del Atlántico.

¿Entonces actuar siempre estuvo en su sangre?

Sí. Cuando estaba pequeño mi tía tenía una jaula gigante con muchos pájaros y yo hacía como si se le hubieran escapado. Le decía “el canario va por allí” y ella salía corriendo, preocupada porque alguien había abierto la puerta de la jaula. Más que payaso, eran esas gana de actuar, era algo que me salía.