Jaime Eduardo Jaramillo, una mirada a los orígenes de la sociología en Colombia

La Universidad Central publicó el libro “Estudiar y hacer sociología en Colombia en los años sesenta”. Se trata de una rigurosa historia que devela el pasado de la profesionalización de una ciencia social en el país.

Jaime Eduardo Jaramillo fue reconocido este año como investigador emérito por Colciencias. Es profesor de la U. Nacional desde hace más de 30 años. / Ricardo Gonzáles - Unimedios

Usted es de Manizales. ¿Por qué estudiar una carrera como la sociología que para entonces era nueva en la capital del país?

La década del sesenta fue un periodo muy intenso y creativo en todo el mundo. Los jóvenes de aquella época fuimos la primera "generación planetaria". Estábamos enterados de lo que pasaba en otros lugares del mundo, en especial por la omnipresencia de los medios de comunicación masiva.

¿Cómo era Manizales en su adolescencia?

Era una ciudad apegada a sus tradiciones y muy reacia a los cambios sociales y culturales. Pero hasta mí llegaron los vientos renovadores de los sesenta y, como muchas personas de mi generación, me hacía preguntas y cuestionamientos sobre la compleja situación sociopolítica que vivía el país. Recuerdo que durante mi último año escolar visité la principal librería de la ciudad, Atalaya, y allí encontré exhibido el libro La violencia en Colombia, escrito por el sociólogo Orlando Fals Borda, por Monseñor Germán Guzmán Campos y por el abogado Eduardo Umaña Luna.

¿Por qué escribir un libro sobre cómo se enseñaba y practicaba la sociología en los años sesenta?

En esta investigación histórica y sociológica, a la cual dediqué cuatro años, me sumergí en los archivos del ahora Departamento de Sociología de la Universidad Nacional, y entrevisté a 20 estudiantes de esta década. Allí busco ilustrar cómo surgió la sociología profesional en Colombia, desde su principal centro educativo e investigativo, mostrando sus transformaciones y conflictos a través de los años. Me interesa mostrar la forma en que los que llamo “profesores carismáticos”, como eran Orlando Fals Borda, el sacerdote y sociólogo Camilo Torres Restrepo y la antropóloga social Virginia Gutiérrez de Pineda, en compañía de un entusiasta equipo de jóvenes científicos sociales, le fueron imprimiendo un rumbo definido, crítico y proyectivo al Departamento de Sociología.

Una de las fortalezas del libro es que hace un análisis cuantitativo de las tesis de los estudiantes de sociología, para mostrar que la cuestión agraria ha sido una de las temáticas que más ha interesado a los sociólogos. ¿Por qué?

Hasta los años cincuenta del siglo pasado, la población del país era mayoritariamente rural, registrándose entonces (tal como continúa en el presente) una gran concentración de la propiedad, en muchos casos acaparada, no como un bien productivo, sino como una “alcancía del capital”. El resultado de esta situación premoderna e inequitativa ha sido la existencia de millones de minifundistas, en condiciones de gran pobreza y carencia de servicios básicos, como si ellos vivieran en el siglo XIX. De este modo, la sociología se ha preocupado por estudiar, con una perspectiva regional y con investigación participativa, esta preocupante problemática, mostrando sus diversas facetas y planteando propuestas para que al fin seamos capaces de construir un sector agrario más moderno y equitativo, con unidades empresariales grandes, pero también con amplias clases medias campesinas.

¿Qué le sorprendió durante esta investigación?

Basándome en testimonios de los estudiantes de ese periodo, me di cuenta de que en el Departamento de Sociología existían verdaderos maestros y maestras que propiciaban experiencias educativas muy avanzadas para esos años, las que combinaban una buena capacitación académica con una formación “fuera de las aulas”, para que sus estudiantes tuvieran un contacto cara a cara, sensorial y afectivo con poblaciones, interactuando con ellas en barrios de Bogotá y en diversas zonas rurales de Colombia.

¿Por qué el sociólogo ha perdido ese lugar que tenía en los años anteriores, cuando jugaba un papel clave en la toma de decisiones del Estado?

Entre otras razones, porque, desde finales de los años sesenta, comenzó un deplorable desencuentro de la universidad pública con varios sectores sociales del país. Hubo excesos de lado y lado. Sí, esto es necesario reconocerlo, especialmente en este momento histórico que nos llama a la reconciliación. Existió una posición muy reactiva frente al Estado por parte de los estudiantes y, además, frecuentes “tropeles” que condujeron a que sectores de la opinión pública y los sucesivos gobiernos asumieran a la Universidad Nacional, y a otras universidades estatales, como un problema casi exclusivamente de “orden público”.

¿Y por parte del Estado?

Pero también de parte del Estado ha existido, a diferencia de lo que sucede en muchos países capitalistas desarrollados, una posición de falta de compromiso financiero y de apoyo a una educación pública de más amplia cobertura, que propicie la calidad, la investigación y la interlocución de la universidad con el país. Por estas razones es importante volver sobre la rica experiencia de la primera etapa de la sociología profesional en Colombia, porque allí se evidencia que la universidad pública, con autonomía y una posición crítico-constructiva, puede participar muy positivamente en estudios prospectivos y en proyectos de creación de tejido social, desarrollo regional, gestación de paz y, más ampliamente, de construcción de nación.

 

 

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