Jean-Michel Blanquer, ministro de Educación y Juventud de ese país

La fórmula francesa para mejorar la educación

De visita en Colombia con motivo de la segunda reunión de la Misión de Sabios, el funcionario explica qué busca con la “escuela de la confianza” y por qué es bueno reducir la edad de instrucción obligatoria a los tres años. Pide aprovechar las nuevas tecnologías, pero estar atentos al riesgo de deshumanización que conllevan.

El ministro Jean-Michel Blanquer hablará con el presidente, Iván Duque, y la ministra de Educación, María Victoria Angulo. / Óscar Pérez

Francia es un país donde muchas cosas funcionan mejor que en América Latina, pero también tiene sus complejidades y, dada su historia como cuna de la libertad de ideas y de expresión, no es de extrañar que también en materia educativa sea escenario de debate sobre desafíos, métodos y estrategias para mejorar en todos los sectores; desde el preescolar hasta la universidad, en la educación formal y también en la no formal.

¿Qué puede proponer al respecto un abogado de profesión y académico consagrado como Blanquer? La síntesis de lo que él y Macron construyeron está en la reciente ley francesa “Pour une école de la confiance”, conocida como “La escuela de la confianza”. Sus pilares básicos son luchar contra las desigualdades desde una edad temprana, reducir la edad de instrucción obligatoria a tres años, hacer que los temas de desarrollo sostenible sean protagonistas en los currículos y lograr que la escuela involucre a los niños con la innovación desde la primera infancia.

Pero para que esto sea posible hay una serie de conceptos y estrategias atravesados por el camino sobre los cuales Blanquer habló con El Espectador.

¿Por qué es importante una Misión de Sabios como la de Colombia, que ya va por su segunda cumbre y en la cual participará usted el 16 de septiembre, en Cartagena?

Porque hay que tener y fortalecer las políticas públicas de educación y ciencia a la luz de los progresos actuales de las mismas ciencias. Estamos entrando en un mundo muy tecnológico, con las ventajas y retos que eso significa, y es muy importante avanzar a la luz de lo que las ciencias nos dicen. Ninguna persona puede saberlo todo sobre estos avances. Se necesita la creación de una inteligencia colectiva, muy útil para que un gobierno pueda tomar decisiones públicas. Y muy útil también para los actores de la sociedad civil.

¿Cuáles son los aspectos que no puede descuidar la educación en el siglo XXI?

Si debiera decir dos palabras serían “cultura” y “lógica”. En este mundo muy tecnológico, el desafío es cómo tener una sociedad humanista; no es fácil. Hay muchos desafíos. Necesitamos educación humanista y esa educación tiene dos pilares: cultura y lógica. Para la cultura, hay que dar a cada niño la posibilidad de tener un lenguaje rico, de hablar y escribir bien gracias a ese lenguaje rico. Si queremos una sociedad más equitativa, debemos combatir la primera desigualdad, que es en el lenguaje. Y poner mucha energía en la educación de los primeros años de todos los niños. Por eso en Francia hacemos mucha insistencia en los primeros siete años de educación, con énfasis e insistencia en la educación preescolar.

Pero también la lógica, porque entramos a un mundo con las redes sociales y otros fenómenos de este tipo que desafían la verdad y el pensamiento racional. Y tenemos el riesgo de entrar en un mundo de irracionalidad. Y por eso es importante dar armas a los niños para que en la vida puedan juzgar por sí mismos la racionalidad de un pensamiento. Y por eso la lógica, las matemáticas y la capacidad de hacer un racionamiento lógico son claves.

La prioridad de un sistema educativo, si debo resumir, es tener una escuela primaria de muy alta calidad. Poner prioridades en estos primeros años. Para que a través del lenguaje y de las matemáticas el niño pueda adaptarse a su mundo y generar confianza.

Algunos creerían que tres años de edad es muy temprano para estar en la escuela, pero ustedes acaban de adoptar una medida para hacerlo obligatorio en Francia.

Sí, acabamos de votar una ley que pone la instrucción obligatoria a tres años; antes eran seis. Tenemos una gran tradición de “escuela maternal”, que es la que va de tres a seis años y es muy importante fortalecerla. Pensamos que es un tema que se debe tomar en serio. Es una escuela donde se canta, se juega, hay insistencia sobre los elementos de felicidad para el niño, pero a través de este ambiente maternal hay objetivos pedagógicos, en particular en cuanto a vocabulario, capacidad de socializarse, trabajar colectivamente y tener valores de vida en sociedad respecto al otro. Todos estos conocimientos y valores pueden estar en este principio de la vida del niño si hay un trabajo bien hecho con medios consecuentes.

Sabemos que hay un interés de su país por buscar alianzas para que el francés vuelva a ser enseñado en las escuelas públicas de Colombia. ¿En qué anda ese tema?

De manera general, el plurilingüismo es muy importante para la formación del niño. George Steiner decía que entrar en otro lenguaje es entrar en nuevo universo. No es una cuestión de utilidad, es de desarrollo humano de cada uno. Por eso en Francia, y el presidente de la república lo dijo en su discurso de La Sorbona, tenemos como objetivo francés y europeo que cada alumno salga del sistema escolar con dos lenguas más que la suya. Muy a menudo puede haber inglés, pero debe haber otra. Un mundo con una sola lengua es un mundo pobre.

La amistad entre Colombia y Francia ha permitido muchas cosas. Por eso es un poco triste ver que hay menos personas que estudian francés. Los que lo hacen ven el interés en su vida profesional, pero también personal. Estamos trabajando en el tema con el Ministerio de Educación de Colombia. Es una de las razones de mi presencia en el país: buscar que haya un renacimiento del francés en las escuelas. No es solo que sea útil en la relación entre los dos países, sino que es un elemento clave de civilización. En Francia la gran mayoría de los niños aprenden el español y eso constituye una apertura hacia América Latina. Valdría la pena tener la misma proporción de colombianos que conocen el francés.

Una escuela más lúdica y menos rígida, pero con una orientación clara hacia valores…

El concepto clave es la “escuela de la confianza”. Es lo que queremos en la sociedad. Es un tema importante en un país como Colombia o Francia. Si hay conflictos grandes es porque no hay confianza entre la gente. La sociedad puede crear confianza entre profesores y alumnos o entre padres y profesores; pero también darles elementos a los niños para que tengan confianza en sí mismos. Y esa formación que damos al niño desde los tres años para sentirse bien, tener una satisfacción de vivir en una colectividad, en una clase, es fundamental para un futuro. Lo que alcanzamos a hacer en los primeros ocho años de edad del niño es clave para el resto de su vida.

Por eso todos los países deberían invertir mucho en estos años de la vida del niño.

¿Y cómo echar a andar la “escuela de confianza” en sociedades con profundas desconfianzas?

La confianza no se puede decretar; es un proceso. Es un círculo virtuoso. Hay un círculo vicioso de la desconfianza y uno virtuoso de la confianza. El de la confianza empieza por la capacidad que la institución da a sus actores. Hay que mostrar a los profesores que tenemos confianza en ellos. Los países que tienen éxito en materia de educación son los mismos en los que hay un prestigio del maestro. Hay que recrear eso, porque en muchos países este prestigio ha bajado por diversas razones, económicas, pero también culturales. La confianza comienza por este sentimiento de honor que los maestros tienen de ser maestros. Un ministro de Educación tiene el deber de trabajar sobre esta confianza, que llega a crear canales de discusión y reconocimiento.

Una parte clave para esa generación de confianza es promover la controversia del alumno. ¿Cómo preparar a los docentes que están acostumbrados a la tradicional clase magistral?

Desde Sócrates, el buen maestro tiene dos cualidades fundamentales. La primera es amar la disciplina que enseña. Tener pasión por lo que transmite. La segunda es la pasión por los alumnos. Platón habla en “La república” de la dimensión del eros en la educación. La educación es un asunto de pasión y de razón. Lo demás viene automáticamente.

Pero hay dos cualidades y saberes nuevos. En particular, un conocimiento de lo que es el niño y el adolescente. Por eso el conocimiento psicológico y la personalidad del docente son sumamente importantes. Y en psicología sabemos cada día más sobre el ser humano, porque la ciencia evoluciona sobre estos asuntos, en particular gracias a las ciencias cognitivas. Sabemos más, por ejemplo, sobre los distintos problemas cognitivos o de comportamiento que un niño puede tener.

También sobre sus capacidades. El gran desafío de nuestra época en materia de educación es saber personalizar el camino del niño.

En cuanto a los nuevos saberes hay otro asunto clave: tener conocimientos en materia tecnológica es muy importante, no para someterse a la tecnología, sino para aprovecharla.

El que posea estas características, el que domine estas cualidades, nuevas y antiguas, es el súper docente del siglo XXI.

Usted conoce la región e incluso fue investigador en la Universidad Nacional, en Bogotá, entre 1989 y 1992. ¿En qué ha fallado la educación en América Latina?

No me atrevería a decir que hay un fracaso en América Latina en general. Hay dificultades y desafíos comunes. Aun en los países que parecen en una buena situación para estos desafíos, en particular debido a la evolución de los niños, a la complejidad de nuestro mundo, a la dificultad de compensar las desigualdades sociales a través de la educación. Hay grandes desafíos y nadie puede venir con la receta mágica frente a ellos. Pero hay que tener método (lo que trato de hacer con estos conceptos) y medios para la educación.

Debemos ser capaces de tener líneas de largo plazo para, con método, alcanzar a tener una estrategia educativa. Por eso también se puede hablar de la “escuela de la confianza”, porque en un buen escenario, un país tiene la capacidad de consenso sobre la visión educativa para, en un plazo de quince o veinte años, y cualquiera que sea el gobierno, seguir esta línea de largo plazo. Lo primero que falta en muchos países, como en América Latina, es la estrategia de largo plazo a la luz de las prioridades pedagógicas que pueda tener un país.

A mi modo de ver, también en Europa hay que actuar sobre los grandes factores de éxito de las políticas de educación. En particular el reclutamiento y la formación de los maestros y, a partir de eso, cultivar el prestigio de la escuela, del docente, según una línea política de largo plazo. Por eso a veces he hablado de la constitución educativa de un país. Para mí, debe haber una serie de principios que corresponde a una visión compartida de la sociedad y que permanecerán en el tiempo.

¿Y cómo resuelven en Francia el debate entre la educación formal y la no formal?

El desafío es sobre pasar cosas que a veces parecen opuestas. Es dialéctico. Por ejemplo, en Francia soy ministro de Educación y también de la Juventud. Como ministro de la Juventud tengo una competencia para educación informal, lo que llamamos grandes asociaciones de formación popular, las actividades del niño el fin de semana, en las vacaciones.

Con el presidente Macron pensamos que es necesario tener una visión completa del tiempo del niño. Y el padre y el profesor deben tener también una visión completa del tiempo del niño. Por eso deben asociar la educación formal con la no formal. Cuando un niño aprende música en su barrio, eso es importante para su desarrollo. Y es importante que el profesor sepa esta realidad en el entorno escolar.

He tenido iniciativas recientemente para hacer que haya más involucramiento del niño en actividades colectivas, en especial en medio ambiente, por ejemplo. Crear un jardín en su escuela, poner nuevos árboles, ir al bosque para quitar las basuras, actividades que tienen que ver con la biodiversidad y el medio ambiente. Eso se puede calificar de actividad informal, pero tiene efecto sobre la educación formal.

¿Y la controversia entre las universidades y los nuevos escenarios de formación que están tan en boga en Francia, como École 42, en París?

Es normal tener nuevas tendencias pedagógicas que favorecen la autonomía del estudiante, el uso de nuevas tecnologías, el trabajo colectivo alrededor de proyectos. Pero todo eso puede existir dentro de la universidad. Lo que vemos en Francia es que las universidades hacen evolucionar su pedagogía y sus maneras de trabajar. De nuevo, creo que no se oponen, sino que es una nueva especie de desafío para que la universidad se organice. Sentarse a estudiar en un anfiteatro es una de las modalidades de la vida de la universidad, pero no es la única. El tema de las modalidades de trabajo es un redescubrimiento, no es algo nuevo. Si pensamos en Sócrates, los cursos no se hacían en un anfiteatro, sino caminando en la ciudad, hablando y discutiendo alrededor de problemas concretos que se podían plantear.

Una clave de la vida universitaria y de la formación del estudiante es la libertad; la educación para la libertad. Me parece positivo que haya nuevas formas de educar, pero, a mi modo de ver, a cada forma no corresponde necesariamente un modo específico de institucionalidad. No hay por un lado una universidad con medios pedagógicos clásicos y por el otro escuelas como École 42 u otras con modalidades nuevas; puede haber una especie de mezcla entre las dos.

Contenidos y certificados eran otros de los temas de discusión en Francia a la hora de hablar entre las ventajas de las universidades y las de los nuevos centros de educación…

Cuando aparecieron los primeros de estos centros de formación hubo una gran reflexión sobre el impacto en nuestras maneras de pensar, en los cursos, los contenidos y la certificación. Es un buen desafío que, de nuevo, obliga a las universidades y los liceos a reinventar distintas maneras de ver. Pero creo que nunca se podría imaginar un proceso educativo para un niño, adolescente o joven basado únicamente sobre educación a distancia y cosas de este tipo.

Por otro lado, nunca se podría imaginar una formación continua toda la vida sin utilizar este tipo de tecnologías o instrumentos. Por eso necesitamos una visión que mezcle estas nuevas realidades con cosas más clásicas. Y en todo este ejercicio lo que no podemos perder de vista es la dimensión humana. Lo que no podría funcionar con alguien que desde niño tenga una educación a distancia es que perdería la dimensión humana y también podría tener informaciones falsas, porque no hay el maestro para ser el guía.

Creo que la abundancia de recursos inmateriales en materia de conocimiento que caracteriza nuestro tiempo da un papel aun más importante al maestro humano, por eso tengo una visión bastante optimista del futuro de la educación y del rol del maestro. Porque pienso que en este mundo tan tecnológico no hay una desaparición del maestro, lo que podría ser una tesis, sino una reaparición, un reforzamiento del maestro. Es una necesidad absoluta tener guía en un mundo tan complejo. Por eso es también el renacimiento de una visión bastante antigua del maestro en el sentido clásico de la palabra, que es un guía, más que una voz vertical.

¿No le gusta mucho el ejercicio de los autodidactas?

Son muy útiles. Corresponden a una riqueza de nuestro tiempo, pero no pueden resumir lo que va a ocurrir para un estudiante. No debemos correr el riesgo de una deshumanización del camino del estudiante.

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