Rosana compone canciones para compartir la vida

La cantante española, que comenzó en la música con una guitarra que le regalaron cuando era niña, cree que su carrera es como una fiesta de cumpleaños continua, en la que su trabajo se convierte en regalos. Estrenó el sencillo “No olvidarme de olvidar”.

Rosana Arbelo Gopar lanzó el álbum “En la memoria de la piel” en 2016, del que ha sacado tres sencillos. /Gustavo Torrijo - El Espectador

¿Por qué eligió “No olvidarme de olvidar” como tercer sencillo de su álbum “En la memoria de la piel”?

Yo me ocupo de hacer las canciones y conciertos, pero de los singles se encarga mi equipo. Nunca sé por qué tiene que ser uno primero y otro después, sino que para mí cualquiera de ellos podría ser el primero, el segundo o el tercero.

Esta canción tiene distintas atmósferas.

No olvidarme de olvidar por los tres estados que uno vive cuando está intentando olvidar. No entender nada, la tranquilidad y el apasionamiento, cuando tú solo quieres seguir adelante y pasar a otro nivel. Con la música conseguimos que esos tres sentimientos estén en una producción y que se logre pasear por todas esas atmósferas.

En la letra alude a remar contra la corriente.

Colecciono remos contracorriente. Si siento que viene camino a mí o que algo se hace más pesado a la hora de tirar para adelante, tengo remos para eso, energía y ganas. El mundo está hablando más de cosas que nos separan, fronteras o de cosas que no son comunes para los seres humanos; todo mi empeño está en recordarnos que hay cosas que nos unen y que nos separan. Al final, cuando se está sin ropa, no somos tan distintos.

Su más reciente trabajo parece estar inclinado hacia la nostalgia.

Tiene una mezcla. En la memoria de la piel no es tan así. Para mí, es el reconocer que la piel tiene su propia identidad, no solo sus propios recuerdos, sino que además tiene una forma de activarse. Cuando a uno se le ponen los pelos de punta, no ha procesado antes con la cabeza, sino que uno se emociona y se da cuenta de lo que le pasa. La piel funciona, no con la cabeza, sino con las emociones.

“Que llegaste que te quise, que rompimos, que te fuiste”. ¿Por qué condena la canción en esa frase?

Una canción es una película de tres minutos y medio. Por lo tanto, uno tiene que condensar todo: frases, emociones y explicaciones, porque no hay demasiado tiempo para contar una historia. Es verdad que no siempre se consigue concentrarla de esa manera, pero cuanto menos gastes en explicar algo en esa canción, mejor.

Después de veinte años de trayectoria, ¿qué le dice el estudio de grabación?

Casi nada. Para mí mi carrera y mi trabajo son como una fiesta de cumpleaños continua. Hay tres momentos, el primero es ese en el que uno tiene que comprarle un regalo a alguien que quiere y cuando voy a buscarlo, queriendo que sea el más bonito del mundo, que le guste a quien se lo daré, pero también a mí. Ese es el momento de hacer las canciones, donde yo me pongo a componer, a buscar un regalo común.

¿Cuál es el siguiente paso?

Decido qué haré con ese regalo, si lo voy a empapelar o meter en una bolsa, le voy a poner un lazo o cómo lo voy a vestir. Ese es el momento del estudio, donde uno decide por qué tipo de paisaje se va a pasear la canción y qué estética va a tener ese disco.

¿Y el tercero?

Me parece el más maravilloso, grande y esperado. Cuando uno ve la cara del cumpleañero al abrir el paquete, el momento del concierto o la gira, cuando ves la cara que pone el que lo recibió… Si se divierte, si le gusta, si se emociona. Quitar cualquiera de esas tres partes sería quedarme sin fiesta de cumpleaños.

¿Cómo influye el público en la creación de sus canciones?

Yo no hago una canción buscando una finalidad o pensando en si está de moda o no es el concepto del que estoy hablando. No la hago pensando en que le guste a quien la vaya a escuchar, sino porque es una necesidad para mí vaciar lo que cuento y tengo el deseo de compartirlo. Hacer música y compartirla con la gente es una especie de terapia, una manera de compartir la vida.