César Rodríguez, una avanzada por los derechos

El nuevo director de Dejusticia, ORG especializada en investigación en temas de derechos humanos, entre otros, habla de los retos de dirigir la organización de la que fue cofundador.

Es cofundador y ahora director de Dejusticia. ¿Qué reto representa tomar las riendas de la organización?

Aprovechar la fortaleza de Dejusticia de hacer investigación acción, es decir, combinar la producción de conocimiento, la relevancia pública, la incidencia en los debates públicos en un momento en el que Colombia está en un giro esperanzador de un posible posconflicto, pensando en un contexto en el que probablemente va a haber oportunidades para llegar a lugares de Colombia que han estado inmersos en violencia, inmersos en una falta de institucionalidad. El reto es combinar ese trabajo nacional y el trabajo internacional, con un trabajo más local donde las ideas que propongamos sean relevantes y útiles para una Colombia del posconflicto.

Luego de diez años de trabajo, ¿cómo define a Dejusticia?

Como un centro de investigación y acción o un tanque de pensar y hacer, porque lo que hacemos es estudiar, investigar, pero siempre pensando en cómo esa investigación y cómo ese pensamiento pueden ser útiles y relevantes para crear en Colombia una cultura de la legalidad, para fortalecer el Estado de derecho y muy importante para disminuir la desigualdad.

¿Cómo es el trabajo que vienen realizando a nivel internacional: África, Asia, continentes en los que también hay transgresión de derechos?

Lo que hacemos nosotros es pensar cómo fortalecer la voz de América Latina y el sur global en general: África, Asia y Medio Oriente, para que ese mundo de los derechos humanos no sea desigual y aquellas organizaciones y comunidades que están donde está la mayor parte de la población del mundo tengan una influencia correspondiente al mundo de los derechos humanos. Lo hacemos a través de la misma combinación de investigación acción que tenemos a nivel nacional, pero también lo hacemos a través de alianzas con organizaciones que están en ese lugar del mundo y también con organizaciones que están en Estados Unidos y Europa.

Un ejemplo que ilustre esa labor.

El taller anual de investigación acción que selecciona a 15 personas activistas de diferentes partes del mundo para que vengan acá y durante 10 días compartan un taller itinerante. Lo hacemos mientras que viajamos a alguna parte de Colombia dándoles herramientas adicionales de escritura creativa, de comunicaciones y de investigación, porque parte de la convicción que tenemos es que para hacer que el trabajo en derechos humanos sea más eficaz, hay que comunicarlo de diversas maneras y no solamente mediante informes de derechos humanos y escritos académicos, sino que podemos aprovechar otras herramientas y hacerlas en el taller: crónicas periodísticas, blogs. Es una apuesta por fortalecer la investigación, pero también proyectarla en formatos en que pueda llegar a públicos más amplios no solamente en Colombia, sino en otras partes del mundo.

En 10 años de trabajo con comunidades y organizaciones. ¿Cuáles son los logros más importantes de Dejusticia?

Hemos tenidos tres logros importantes en 10 años. El primero es que hemos hecho investigaciones y publicaciones que han sido retomadas en la agenda pública, como el fortalecimiento de la democracia, por ejemplo el tema de equilibrio de poderes, en temas de discriminación racial, de igual de género, justicia ambiental, en derechos sociales, estudios que han sido tomados por la sociedad civil, incluso por el gobierno, para marcar una diferencia en la práctica; el segundo, hemos hecho litigios tanto nacionales como internacionales que han marcado luna diferencia en causas puntuales: discriminación, participación política, lucha contra la corrupción; y finalmente, para nosotros es muy importante el trabajo colaborativo y en red con otras organizaciones de derechos humanos en el mundo de la investigación. Algo que no se ve mucho, pero que es importante, es haber ayudado a fortalecer esas redes de trabajo colectivo, por la igualdad y los derechos humanos.

¿Cuál es el derecho que más se transgrede en nuestro país?

El derecho a tener derechos, es decir, a ser ciudadano o ciudadana en sentido pleno, a tener una ciudadanía que garantice unas condiciones mínimas de dignidad, comenzando por la vida y la integridad física, pero siguiendo por el bienestar y el derecho a no ser discriminado.

Hace poco conocimos el caso de Carlos Angulo, un hombre que fue víctima de discriminación racial por las autoridades. ¿No hemos podido superar las actitudes excluyentes que impiden que podamos convivir entre nosotros con diferencias de ideológicas, de raza?

Trabajamos en un proyecto colaborativo con la Universidad de los Andes y el proceso de comunidades negras que se llama el Observatorios de Discriminación Racial, también durante los casi 10 años. Creo que sí ha habido un avance muy importante que es el avance discursivo, en el lenguaje y en la visibilidad del tema del racismo, pero eso no se ha traducido en acciones y en medidas concretas contra tal discriminación. Tenemos una condena, que sobre el lenguaje no es insignificante, pero si eso está traducido en oportunidades adicionales para las personas afrodescendientes en educación, empleo, en la posibilidad de caminar por la calle sin ser detenidos arbitrariamente, ahí hay muy pocos avances. Ese es el reto principal, cómo traducir las ganancias discursivas en ganancias materiales y por eso es que hay que continuar trabajando contra la discriminación en este país.

Casos como el de Brigitte Baptiste, directora del Instituto Humboldt, en el que hace 10 años no podían ocupar cargos importantes la comunidad LGBTI, dan muestra de que hemos avanzado. ¿Cómo ha trabajado Dejusticia con este tema?

De acuerdo. Ahí creo que la causa contra la discriminación sexual y contra la comunidad LGBTI, ha tenido avances muy grandes. Organizaciones como Colombia Diversa, la misma Dejusticia ha litigado casos en este frente y creo que ha habido más cambios en las reglas de juego. En términos jurídicos hay adelantos más concretos, incluso que los que serían necesarios en la lucha contra la discriminación racial, la discriminación étnica, entre otros. El reto ahí es terminar de consolidar esas ganancias, ojala con un reconocimiento a los derechos de las parejas homosexuales, como contraer matrimonio. Lo que sabemos, por un documento que hicimos con Colombia Diversa, es que en la práctica muchos notarios e instituciones como la Procuraduría ofrecen resistencia a aplicar en la práctica lo que la Corte Constitucional ha dicho, que es el derecho de esas personas a ser iguales. La brecha entre la letra y la práctica es un frente en el que falta mucho por ganar.

¿Para qué la justicia?

Para disminuir la desigualdad.

¿Una razón por la que existe la discriminación?

Durante toda la historia hemos vivido en una sociedad que está acostumbrada a clasificarse por recursos económicos, por el color de la piel, por la orientación sexual, por el origen nacional, porque tenemos una mentalidad de clasificación y de desigualdad.

Las últimas semanas han sido fundamentales para creer que estamos ad portas de firmar los diálogos de paz. ¿Se imagina a las Farc como un movimiento político?

Claro y ojala que el proceso de paz genere una inserción a la vida democrática, a la práctica política de las Farc y de quienes han estado por fuera de la ley. Me lo imagino, y el día en que la vida política colombiana sea incluyente, que las Frac jueguen con las reglas democráticas y pacíficas, ese día estaremos en otro país.

¿Qué recomendación le hace al Gobierno Nacional en el inicio de un proceso con el ELN?

Creo que lo que deberían hacer es tomar justamente como punto de partida las lecciones que se han tenido en el proceso con las Farc. El acuerdo de hace dos semanas es único en el mundo. Es una afinación muy delicada, sofisticada y bien lograda entre dos imperativos muy difíciles de conciliar que son la justicia y la paz. Siempre son balances imperfectos, nadie tiene la fórmula para lograr esa cuadratura del círculo, pero ciertamente desde la Corte Penal Internacional hasta los colombianos, deberíamos estar esperanzados por ese tipo de fórmula que se ha adelantado y que falta por perfeccionar, pero que va en la dirección correcta. Eso tomó varios años en desarrollar, para un proceso con el ELN, aunque las características son diferentes, para que no durara tanto tiempo y para que construyéramos sobre lo logrado deberíamos partir de los avances muy considerables que se lograron en justicia con las farc para buscar más formulas afines con el ELN.

¿Está preparada la sociedad colombiana para vivir un proceso de reinserción?

No es fácil, pero es indispensable. En Colombia tenemos que construir una cultura de la reconciliación, que a la vez vaya con el reconocimiento por los derechos de las víctimas. Es algo difícil de hacer, va a tomar muchos años y para personas como yo, que nacieron en el conflicto, para familias en las que hemos tenido allegados que han muerto en el conflicto, o que hemos visto colegas que han sido asesinados, o exiliados por diferentes motivos relacionados con el conflicto armado, reprogramarnos y aprender a vivir en un mundo sin la amenaza constante de la violencia. Prefiero aprender a vivir en paz, a tener que vivir con la violencia con la que nació mi generación o con la que pensamos que nos iba a tocar morir.

La revista “Semana” y la Fundación Democracia y Liderazgo lo eligieron entre los mejores 20 líderes del país. ¿Se considera un líder?

Me considero un líder, pero un líder que entiende el liderazgo como facilitación y acompañamiento, no como guía y luz. Si por líder se entiende alguien que facilita que personas y comunidades puedan desarrollar su potencial, que puedan avanzar en las causas justas que defienden y que en esa medida puede acompañar esos procesos individuales o colectivos, sí lo considero.

Lleva siete años como columnista de El Espectador. ¿Qué tan fácil le resulta encontrar los temas y colocar su postura en ellos cuando son de coyuntura nacional?

Escribir columnas nunca ha sido fácil, pero me encanta. No me veo, en mi ejercicio profesional y en mi vida pública, sin escribir esas columnas. Al ser investigador, me siento obligado a hacer una mini investigación para cada columna. Me cuesta, porque intento combinar el trabajo investigativo con un cuidado por la forma, me importa mucho cómo sale la columna. Todas las semanas, cuando se acerca el miércoles, es el día en que circulamos internamente en Dejusticia y hacemos un pequeño debate sobre cada columna que publicamos. Durante la semana me preparo y lo que va pasando en la semana lo proyecto en la columna.

Hay anotaciones en las paredes y vidrios de su oficina. ¿Qué escribe allí?

Las ideas y gráficas que me gustaría realizar en un futuro. Creo que en el ámbito académico le tenemos mucha resistencia a la innovación, entonces me gusta pensar ideas un poco más locas, ayudándome con diseñadores, comunicadores, artistas, para tratar de anticiparnos a lo que podría ser relevante en cinco años, y para eso no hay nada mejor que trabajar con gente joven y de otras disciplinas.

¿Cómo qué tipo de ideas?

Estoy muy mentido en asuntos ambientales. No solamente investigando y pensando cómo avanzar hacia allá. Me la paso caminando por páramos, bosques húmedos los fines de semana, porque pienso que volver a esos temas básicos te sostenibilidad ambiental, de pensar cómo se produce nuestra comida, es el inicio del cambio, en eso quiero trabajar a futuro. Además, porque parte de mis aficiones es el deporte, pero combinado con volver a ese contacto con la naturaleza, me muevo en bicicleta, vengo al trabajo en ella, así que no estoy alejado del tema ambiental.

Tiene muchos libros en su repisa. ¿Qué lee?

Me gusta leer una combinación entre derecho, sociología, periodismo y literatura, y creo que ahí convergen diferentes temáticas. Por ejemplo, estoy leyendo sobre el derecho de alimentación y el hambre, entonces estoy leyendo a Martín Caparrós y un libro sobre un activista y jurista de India que se llama Harsh Mander, el libro se titula Ash in the belly, como cenizas en el vientre, que es sobre la experiencia de trabajar con personas que pasan hambre en India.

Ha tenido la oportunidad de viajar por diferentes países. ¿Cómo ha influido esa experiencia en sus gustos musicales?

Sí, mi gusto es muy mezclado, muy universal. Tengo una fascinación particular por el Caribe y la conexión con África. Me gusta la música africana, de Senegal, de Nigeria, y su influencia sobre la música caribeña. Últimamente estoy escuchando champeta y, con la ayuda de amigos que sí saben del tema, regresando a los orígenes de este género.

Es docente de la Universidad de los Andes. ¿Cómo le va en esa faceta?

Me encanta enseñar, no tanto el contenido de un tema, sino motivar los debates, provocar a los estudiantes a que cuestionen y se inquieten sobre el papel de los abogados en el país, puesto que dicto clase a los estudiantes de Derecho. Quiero mucho la universidad, Siempre he dado clases allí, además, soy egresado de allí y lo que me gusta es que tenemos la oportunidad de contar con estudiantes que vienen del programa Ser pilo paga, la sensación de estar en un aula de clase más diversa y más representativa de Colombia, para mí ha sido una maravilla.

¿Y cómo era usted como estudiante?

Era muy nerd. Estudié con jesuitas, que son una influencia muy importante, ahora que al papa todo el mundo lo cita, pues todas aquellas cosas que él dice, yo las aprendí con los jesuitas del San Bartolomé. Me hubiese gustado ser más indisciplinado, ahora me arrepiento de no haber disfrutado más esa época. En los Andes fue lo mismo, muy activo, estuve en el movimiento de la séptima papeleta. Con algunos compañeros de la universidad hemos concluido que si no fuera por la Constitución del 91, probablemente seríamos economistas, antropólogos o periodistas. Nos salvó la Constitución del 91 que nos dio una razón para luchar con el derecho.

A propósito, ¿un acontecimiento en que lo hubiese gustado estar?

En mayo del 68, porque es la última generación que tuvo la oportunidad de pensar en grande, en cambiar el mundo, no solamente en canciones, sino en escritos, en movimiento sociales. Mucha de la gente que admiro son intelectuales, activistas, figuras públicas, que pasaron por ese filtro y que conservaron ese espíritu.

Un personaje que alto significado para usted.

Paul Farmer, porque representa una figura cercana de investigación y acción. Una persona que ha logrado ser académicamente relevante, sin nunca perder el norte de la acción y siempre preocupándose por saber para qué sirve el conocimiento que produce.

Es una oportunidad muy grande conocer la realidad de otras personas. ¿Qué enseñanza le deja trabajar con comunidades?

He aprendido a ser humilde y empático. A bajar la protección que tenemos los académicos de saber lo suficiente y creer que vamos a enseñarles a ellos.

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