'Creo vidas ficticias'

El dramaturgo Fabio Rubiano habla de los retos de su obra ‘El vientre de la ballena’. Asegura que su trabajo siempre ha estado permeado por la bioquímica..

Fabio Rubiano aprendió de Fanny Mikey la efectividad, pues ella “materializaba lo que se imaginaba”. / Andrés Torres
Fabio Rubiano aprendió de Fanny Mikey la efectividad, pues ella “materializaba lo que se imaginaba”. / Andrés Torres

¿En qué se inspiró para escribir el guión de su más reciente obra, ‘El vientre de la ballena’?
En un personaje de mi barrio. Una mujer que quedaba embarazada cada año y nunca se veía con niños.

¿Cuál era su intención?
Preguntarme si este era un país donde todo se vendía.

Una reflexión necesaria en un lugar tan polarizado como Colombia...
La polarización se da porque no se reflexiona. Mientras más se reflexione, menos polarización habrá, y sí habrá más diálogo, más discusión.

También es un llamado de atención al público que todo lo volvió ‘show’...
Yo no hago llamados de atención, sólo teatro. Que ahora todo sea mediático no es del todo malo. Todos nos volvimos públicos y eso hace que haya cosas más visibles que antes.

¿Por qué le dio tanta importancia a los sonidos por medio de los efectos rústicos?
El teatro se debe explotar al máximo. Si puedo mostrar una golpiza sin dar golpes, una escena sangrienta sin sangre, y que el público viva y entienda ese lenguaje, habré hecho teatro.

¿Lo más difícil de desarrollar la idea?
Deshacerse de escenas. La obra duraba el doble, pero debíamos despedirnos de escenas bellas que decían lo que ya estaba dicho. Lo más difícil: la concreción.

¿Siente que empezó a madurar su trabajo?
Falta, falta.

¿Qué aprendió de Fanny Mikey?
La efectividad. Materializaba lo que se imaginaba.

¿Qué opina del teatro actual?
Viene con mucha fuerza una nueva camada de escritores y directores sin miedo. Eso es emocionante.

¿Su trabajo hubiera tenido éxito en un país distinto a Colombia?
Espero ser profeta en mi tierra.

¿El teatro le salvó la vida?
Más que el teatro, Marcela Valencia, que ha estado ahí en las buenas y las malas, y mi hermana Mariela, que me apoyó desde el principio. Mi familia, que pasó del desencanto al encanto. Ese fue mi primer éxito.

¿Qué historia le falta dirigir?
Las brujas de Salem.

¿Y qué personaje por interpretar?
El rey Lear. El primero sin barba (risas).

¿Cuál es el placer de actuar?
Pasar de algo que no existe a algo con vida. Uno crea vidas ficticias, que son las más interesantes.

¿Cómo usa la bioquímica, la biología y la ingeniería industrial en su profesión?
Todo ha servido. Siempre hay descripciones biológicas en mis obras. Me sirvió arreglar máquinas de escribir y trabajar en una papelería. Todo va sumando.

¿Aún se arrepiente de no haber concretado su experiencia con esa mujer a los 18?
Claro, porque no tuve la “experiencia” a los 18.

¿Cuál es su debilidad?
El dolor de los seres queridos.

¿Qué pasó con el teatro callejero?
Se transformó. Pero la potestad para hablar de eso no la tengo yo.

¿Qué opina del público colombiano?
Está creciendo. Puede ser porque ahora hay más gente (risas). Pero al igual que el país, debe dejar la polarización, también debe abrirse a más opciones. A veces parece que quisieran ver un solo tipo de obras.

¿A quién se debe?
A mis primeros maestros, Santiago García, Epifanio Arévalo, Carlos José Reyes; a mi familia, a los del Teatro Petra, que construyen las obras y las quieren tanto o más que yo, y de paso me quieren a mí. He sido querido, en el teatro. Y en la casa.

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