La dama del vino

María Isabel Mijares es una de las pocas mujeres posicionadas en el mundo enológico. Menciona que las catas que más recuerda son las que hizo con Cantinflas, Frank Sinatra y el papa Juan Pablo II.

María Isabel Mijares dice que la única opinión válida a la hora de catar un vino es la propia. /Cortesía

Estudió ciencias químicas. ¿Cómo llegó a interesarse en la enología?

Las mujeres que habían hecho química iban a un laboratorio de control o a la enseñanza. Ninguna de las dos me atraía, yo quería crear. Supe que la mejor escuela de enología estaba en Francia, pedí la entrada en el Instituto de Enología francés, en la Universidad de Bordeaux, me la dieron y pasé el examen de control.

También fue aceptada en la Universidad de Lyon para estudiar perfumería, ¿por qué no tomó éste camino?

Pedí la entrada en los dos sitios y me admitieron, pero reflexionando, el perfume tú lo creas pero a través de sustancias ya hechas, mientras que el vino lo tienes que hacer tú y no cabe duda de que hay una técnica para hacerlo, que se aprende, pero hay mucha parte de creatividad. El enólogo es un poco científico y un poco artista.

Es una de las ‘sommeliers’ más importantes del mundo y vicepresidenta de la Federación Internacional de Periodistas y Escritores del Vino. ¿De qué manera logró posicionarse en este sector dominado por hombres?

Tuve la suerte de encontrarme con el gran profesor Emile Peynaud, considerado el enólogo del siglo. Me quedé con él, me admitió en su equipo, empecé a asistir con él a los grandes châteaux, a elaborar vino, y me pareció apasionante. Dije: quiero dedicarme a la bodega. Volví a España y no tuve la impresión de que el hecho de ser mujer me fuera a condicionar, tenía una preparación superior a la mayor parte de mis compañeros, era doctora en enología y así actué.

¿Cómo fue trabajar con Naciones Unidas?

Fue cuando vine a Colombia en el año 89 con idea de ver si en los valles podíamos hacer algo de vino. Me tocó el asesinato de Luis Carlos Galán, el proyecto se paró. He conservado siempre un recuerdo increíble de Bogotá.

A propósito de su libro ‘El vino de la cepa a la copa’, ¿cómo desarrolla esa faceta de comunicar un lenguaje tan complejo como el del vino?

Monté mi primera revista de vinos, que se llamó Marco Real. Me pareció fascinante poder hablarle a la gente del vino de forma que lo entendiera. No quería escribir para científicos, lo que el consumidor necesita es que le expliques de verdad lo que es el vino, de forma que él la pueda entender y que le pueda inclinar a beber sin necesidad de dar la impresión de estar pasando un examen.

¿De qué manera se prepara un enólogo para la cata?

Lo ideal es tener la cabeza muy despejada, haber dormido bien, no tomar un desayuno picante ni excesivamente copioso que pese en el estómago; hacer ejercicio, tener la mente muy libre para no estar con prejuicios de ningún tipo y después escucharte a ti mismo, la única opinión válida es la tuya.

¿Cómo se entrenan los sentidos para esta labor?

Probando vinos, desde el vino más sencillito, que te puede provocar una emoción. Estamos conviviendo los técnicos, los directores comerciales, los directores de exportación, los enólogos, los periodistas, con el público y deduciendo el valor de un vino según las sensaciones en el público.

¿Cuál es el vino que más recuerda?

No puedo decir cuál, porque han sido muchas experiencias en mi vida. Recuerdo el vino que caté con Cantinflas, el que caté con Frank Sinatra, con el papa Juan Pablo II. Todos han ido marcando y haciendo historia, pero seguramente el que más recuerdo sería un tinto con cierta edad, esos que tomas casi terminando la cena, en una charla grata con alguien que te interesa y que te encanta, fácil de beber, con buenos modales, carnoso, que permanece en la boca, que te pasas un buen rato admirando.

¿Y el que más le gusta?

No tengo preferencia por las cepas ni por las nacionalidades del vino, creo que es universal.

¿Cómo se le pone el toque femenino al vino?

Tengo una definición que no les gusta mucho a los varones: digo siempre que es el que da lo que promete, no es un vino de estos jovencitos, facilitos, dulces, es aquel que cuando lo hueles, lo ves, dices ‘me va a emocionar’ y no te decepciona. El varón promete mucho y da poco.

Si Colombia fuera un vino, ¿cuál sería?

Un tinto, de ese que ha pasado por madera mucho tiempo y sigue siendo fresco, ligero, acídulo, expresivo, con los taninos todavía pulsantes. El colombiano es muy expresivo, no es tímido, se diferencia por ser abierto, sencillo y directo.
 

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