Diego León Hoyos, un villano encantador

Para el actor bogotano, la dualidad entre el deseo y el rechazo es lo que hace buenas historias. Asegura que los antagónicos son los más recordados y en su caso este personaje marcó su infancia.

Diego León Hoyos es actor, comediante, director y guionista. / Cortesía

¿Cómo terminó siendo el capitán Garfio?

Tengo una entrañable amistad con Misi. Ella creó un personaje que recogía el espíritu de la Navidad, muy de la visión de ella, y yo daba vida a este muñeco mecánico que recogió un gran impacto. Desde allí tenemos esta bonita amistad y he tenido la oportunidad de trabajar con ella desde sus inicios y he estado muy relacionado con sus obras. El capitán Garfio hizo parte de mi infancia porque a mí, como a muchos otros, nos impactó la película Peter Pan. Los malos de Disney son los más recordados, lo que es maravilloso porque Garfio, por ejemplo, es malhumorado y totalmente inofensivo. Mi personaje adquiere unos matices mucho más emocionales, sobre todo por lo que significa el mundo de Nunca Jamás.

¿Tiene en cuenta elementos de otros actores que han interpretado al capitán Garfio?

Preferiría abstraerme, pero es imposible. Son personajes tan poderosos que me resulta de verdad algo honorífico interpretarlo. No puedo dejar de pensar que el capitán Garfio era un villano encantador. Ya al margen de esas producciones descubrimos unos matices bastantes más delicados, el odio a Peter Pan es un profundo dolor, una envidia dolorosa, porque Peter Pan pudo aprender a amar y él no, y eso es lo que le envidia: la felicidad, la frescura, la inocencia y la eterna juventud. Ese es su sentimiento, tan aterrador que es odio. Uno odia lo que no puede ser, la parte de uno mismo rechazada. Es un sentimiento tan fuerte que trunca lo que uno es como ser humano, y esa es la profunda reflexión de la obra.

A propósito de los musicales, ¿en esta versión de “Peter Pan” ve lo que quiso ser de niño?

Ojalá. Me llenaría de felicidad que los niños vean lo que he hecho y tengan un sueño viéndolo y se llenen de alegría y felicidad.

En ese abanico de sentimientos, ¿cuál es el más fructífero para la creación de personajes?

Creo que inevitablemente los buenos relatos se construyen siempre en torno al conflicto, y todo conflicto es una dualidad entre el bien y el mal o entre el deseo y el rechazo. El conflicto es el motor de casi todos los relatos, de otra manera son historias blancas sin dinámica interna, entonces naturalmente los villanos están llenos de una naturaleza mucho más rica que el héroe, que siempre está defendiendo unos valores. El villano contiene todas aquellas cosas que están vetadas a los seres humanos y son sin duda esenciales para que haya villano. Si no existen no hay historia.

Su familia es paisa, pero usted nació en Bogotá. ¿Cómo fue su infancia?

Era terrible porque en parte Bogotá es tan insolidaria y difícil porque está llena de hijos de migrantes que llegaban a la ciudad y la detestaban. Parte de la historia del conflicto en el país es por el regionalismo, por tratar de lograr las supremacías en el país. En mi época se decía que había aristócratas hipócritas e indios sucios, y ser rolo era lo peor que podía pasar, entonces mis hermanas me hacían llorar diciéndome rolo y un día mi papá me vio llorar y me dijo: “Si una gata tiene gaticos en una panadería, ¿tiene panes o gatos?”. Le dije que gatos. Entonces me aseguró que no me preocupara porque era paisa. Ahora me tiene sin cuidado. Soy colombiano y adoro Bogotá, pero en su momento ese acertijo me quitó un gran peso. Tuve la suerte de pasar mi infancia en el primer multifamiliar en el Centro Nariño y ahí ocurría una cosa muy peculiar en los años 50, cuando llegaron personas de todo el país migrando de las provincias. Lo interesante es que había familias de todo lado y era absolutamente increíble. Ahí estaba toda la clase media.