En equipo con la comunidad de Cazucá

Andrés Wiesner puso a rodar el balón para ocupar el tiempo libre de los niños de ese sector que limita con el sur de Bogotá. La iniciativa se ha convertido en un laboratorio de paz que ha llegado a otros rincones del país.

El periodista Andrés Wiesner es director de  Tiempo de Juego, que en 2015  ganó el Stars Impact Award. / Mauricio Alvarado - El Espectador
El periodista Andrés Wiesner es director de Tiempo de Juego, que en 2015 ganó el Stars Impact Award. / Mauricio Alvarado - El Espectador

¿A qué se dedicaba cuando nació Tiempo de Juego”?

Hace diez años trabajaba en Semana. Eran tiempos difíciles en Cazucá, porque el paramilitarismo estaba intentando entrar a Bogotá desde allí y había índices de desplazamiento muy altos. Fui a hacer trabajo de reportería y me impactó la condición de los niños: el reclutamiento, la desnutrición, los colegios precarios y nada para hacer en el tiempo libre.

¿Cuál fue su respuesta a lo que vio en Cazucá?

Soy muy aficionado al fútbol y se me ocurrió hacer una escuela. Como en el barrio había tan pocas cosas que hacer, un mes después de empezar teníamos 200 niños. Las familias estaban muy contentas con lo que hacíamos, porque se había vuelto una forma de encontrarse unos con otros.

¿Qué es “Fútbol por la paz”?

En los primeros meses de la fundación llegaron a Cazucá unos scouts de la FIFA que buscaban gente que usara el fútbol como modelo de desarrollo. Ellos nos mostraron una metodología que había nacido en Medellín después del asesinato de Andrés Escobar y trataba de solucionar los conflictos mediante el diálogo y el fútbol.

¿Cómo funciona esa metodología?

En el primer tiempo se acuerdan reglas. Pueden ser de convivencia, como que si alguien mete gol todos le dan la mano, o que no vale decir groserías. También están las reglas técnicas, como que hay que hacer tres pases antes de tirar al arco. Al final los equipos se evalúan el uno al otro y se decide el ganador del partido.

¿Quién entrena a los niños?

Los más grandes se capacitaron y se convirtieron en entrenadores. Ha funcionado muy bien, porque viven lo mismo que los niños y entienden sus necesidades. Hoy hay 1.500 niños que asisten al menos a dos actividades semanales guiadas por muchachos que han recibido nuestra capacitación.

¿Cómo transforma a la comunidad el ejemplo de esos jóvenes?

Ellos están en la universidad, son patrocinados por marcas deportivas y salen a estudiar al exterior. Eso pone a los más pequeños ante otro tipo de liderazgo. Antes, el líder era miembro de la pandilla, el que tenía plata o una moto.

¿Por qué, además, ofrecen actividades artísticas?

A la escuela empezaron a llegar niños con intereses distintos al fútbol. Por eso tenemos atletismo y creamos espacios de música, teatro y cine. Hoy contamos con una de las mejores salas de grabación del país y la oferta artística y lúdica es igual de fuerte a la que hay en deportes.

¿Qué es el Street Football World?

Es una red de fundaciones que usan el fútbol para el desarrollo de las comunidades. Ser parte de esa red y coordinar su operación en Latinoamérica permitió que los niños participaran en el mundial de fundaciones en Francia y Brasil.

¿Cómo surgieron los proyectos productivos de la fundación?

Los papás se fueron vinculando en las actividades y ofrecieron su ayuda con las necesidades que iban saliendo. Así surgió “La jugada”, una panadería que hace los 8.500 refrigerios que requerimos en la semana. Los pelados también crearon un taller de estampado que hace camisetas, cachuchas y sudaderas y tenemos un hotel de turismo responsable en nuestro capítulo de Santa Marta.

¿Cómo funciona el programa que tienen en Soacha?

Allá estamos en siete colegios en los que nuestros muchachos capacitaron a los maestros para usar nuestra la metodología. Hoy en día 50 profesores son voluntarios de Tiempo de Juego. Eso, junto a la participación de los padres, nos permitió llegar al tiempo libre, al colegio y a las casas.

¿En qué lugares del país está Tiempo de Juego?

Tenemos tres capítulos: uno en Santa Marta, otro en Timbiquí y el de Cazucá. También empezamos a hacer transferencias metodológicas a Paz del Río, Pereira y junto a la Fundación Selección Colombia empezamos a llevar nuestro método a Quibdó y Tibú.

¿Cuál es el proceso que siguen cuando llegan a otras ciudades?

Primero hacemos un diagnóstico en el que identificamos líderes y los traemos a Cazucá para que se queden con nosotros un mes. Después, ellos regresan a su comunidad y empiezan a implementar lo que aprendieron. Eso nos fortalece porque los que hacen esas transferencias y capacitaciones son nuestros propios pelados.

Desde su experiencia en la fundación, ¿cree que sea posible la paz?

Siempre hemos apostado por la paz a nuestra manera. Acá hay hijos de paramilitares, de guerrilleros y el coordinador es desmovilizado de las Auc. Llevamos diez años trabajándole a la paz. Es una fundación en la que cabe todo el mundo.

¿Se puede ser optimista sobre el futuro de Cazucá?

Por el periodismo veo el barrio como es, un lugar muy duro en el que siguen matando una cantidad de niños y jóvenes. Sin embargo, por Tiempo de Juego también veo el barrio que debe ser. Encontramos esperanza cuando nos damos cuenta de que podemos unirnos para trabajar y que si ofrecemos unas oportunidades mínimas, las personas las van a aprovechar.

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