'¡Lo mío es inspirar!'

Tras dirigir el montaje más ambicioso de ‘Carmina Burana’ en el país, Rodolfo Fischer asegura que la Sinfónica de Colombia está al nivel de las de São Paulo y Buenos Aires.

Rodolfo Fischer dice que siempre que va a dirigir lo hace como si fuera la última vez. / Cortesía

Cómo era el ambiente de su casa, en medio de una familia de músicos?

Mi abuelo Soltan, húngaro de origen judío, llegó a Chile con la música como bastión. Creó la Escuela Moderna de Música de Chile. Mi padre era un consagrado chelista, mi madre formó a grandes músicos en el piano y tenía gran cercanía con la ópera. En mi casa se vivía el contraste de la sobriedad musical de mi padre y la explosión de las máscaras, el vestuario colorido y el temperamento vivaz de los cantantes de ópera, a través de mi madre.

¿Cómo descubrió su vocación?

Me tomé mi tiempo. De adolescente era muy serio, como mi padre. Me concentraba en la música de cámara. Resistía la ópera porque me parecía excéntrica. Luego fui becario en Nueva York y en el Curtis Institute de Filadelfia, donde la curiosidad por la dirección fue ganando espacio en mí.

¿Qué disfruta más: dirigir obras sinfónicas u óperas?

El gran director del siglo XX, genio y excéntrico de la batuta, Carlos Kleiber, decía: “Si quieres dirigir, tienes que ver con la ópera”. Es un género desafiante, requiere inteligencias múltiples, unas que ni siquiera se estudian sino que se van madurando en la vida.

¿Como cuáles?

Reconocer la diferencia entre dinámicas individuales y grupales y manejar psicología de grupos para motivarlos a sacar lo mejor de ellos en su ejecución musical, con sentido de unidad. Pero hay otras que no tienen que ver con el arte, como aprender a mercadearse para estar en el juego de la dirección internacional.

¿Cuál es el mayor desafío de un director frente a la orquesta?

Depende de la orquesta. Hay algunas, como la Filarmónica de Berlín, a las que no hay mucho que enseñarles técnicamente. En ese caso, y ojalá en todos, el reto es inspirar la interpretación. Entre más profesional es una orquesta, más inspiradora es la labor del director.

¿Cómo alimenta su inspiración para lograrla en las orquestas?

(Después de un largo suspiro) De la vida. De mis hijos mellizos de diez años, de mis relaciones de pareja y recientemente de mi soledad, con la que me he reencontrado y que he aprendido a disfrutar ampliamente. De la música que me conecta con lo espiritual, como la tercera sinfonía de Anton Bruckner.

¿Cambia su relación con una misma partitura?

Sí. Hay obras que evolucionan o uno evoluciona frente a ellas y descubre nuevas oportunidades, nuevos lenguajes en ellas. Es un tema de comprensión de la obra. Me pasa con ciertas óperas, como Las bodas de Fígaro y Don Giovanni, de Mozart, pero también con Johannes Brahms y Beethoven. Son construcciones que usan la orquesta como un elemento de color.

¿Cuál es su actitud cuando dirige?

Siempre asumo dirigir como si fuera la última vez.

¿Qué quiere dirigir?

Me encantarían Las campanas, de Rachmaninov (sinfonía coral basada en un poema escrito por Edgar Allan Poe), la ópera en tres actos Wozzeck de Alban Berg, y ojalá la tetralogía de Richard Wagner, El anillo del nibelungo. Ya lo he hecho como asistente en mis inicios, pero ahora quisiera hacerlo como director.

Ha podido dirigir varios proyectos en Colombia, como ‘Carmina Burana’, que se repitió este año, y ‘Ainadamar’, del argentino Oswaldo Golijov. ¿Cómo valora nuestro nivel frente al resto del mundo?

La verdad, disfruto mucho trabajar con la Sinfónica de Colombia, por su disciplina y profesionalismo. El nivel es muy competitivo frente a otras capitales, como Buenos Aires, Santiago o São Paulo, por mencionar algunas. Veo una oportunidad muy grande para madurar en Colombia la ópera, donde todavía hay grandes cosas por hacer.

 

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