La novela negra, mucho más allá del crimen

Julio Paredes, editor general de la Universidad de los Andes, publicó el libro “Encuentro en Lieja”, una historia exquisita que explora la relación entre el poder, la traición y la corrupción.

Julio Paredes es licenciado en filosofía y letras. Ha traducido obras de Alice Munro, Oliver Sacks y Lafcadio Hearn. / Luis  Ángel
Julio Paredes es licenciado en filosofía y letras. Ha traducido obras de Alice Munro, Oliver Sacks y Lafcadio Hearn. / Luis Ángel

¿Cómo empezó su pasión por la novela negra?

Empezó en los años finales de la carrera en la universidad, de lleno en Raymond Chandler y Dashiell Hammett, los dos grandes referentes del género. Más tarde, mientras estudiaba literatura medieval en Madrid (España), inicié una especie de inmersión en Patricia Highsmith, Osvaldo Soriano, Donald Westlake, Chester Himes y David Goodis, uno de los grandes desconocidos en esta historia de la novela negra. Después, durante los noventa, tuve otra prolongada inmersión en las llamadas “novelas duras” de Georges Simenon, con más de cincuenta publicadas por la editorial Tusquets. Hubo, claro, otras lecturas tangenciales, como Boris Vian, Vásquez Montalbán, y clásicas como G.K. Chesterton. En los últimos años, la obra de autores como Henning Mankell, Andrea Camilleri, Natsuo Kirino, Ferdinand von Schirach, Leonardo Padura y, sobre todo, Benjamin Black, le han dado un impulso a esta pasión.

Por su talante psicológico, ¿es necesario dedicar mucho más tiempo a la elaboración de los personajes en la novela negra?

En realidad, la construcción de un personaje, de un individuo identificable en el mundo y, por lo tanto, único, es una tarea que va más allá de los esquemas de cualquier género. Para mí, se trata de uno de los retos más enigmáticos a la hora de reflexionar sobre la experiencia de la escritura.

¿Y en el caso del “Encuentro en Lieja”?

Con la decisión de tomar el punto de vista de un presunto criminal (decisión que responde a una de las características básicas y más simples del género), el proyecto también estuvo en saber cómo responder a las motivaciones íntimas, desconocidas, que hay detrás de cualquier acto, fatal o no. Sin duda, una elaboración cuidadosa de la presunta profundidad psicológica de cualquier protagonista de novela, policíaca o no, es la clave para llegar a un universo verosímil, convincente para cualquier lector.

¿Se siente identificado con alguno de los personajes de “Encuentro en Lieja”?

Tal vez con el personaje de Salacrou, un antiguo juez y el mejor amigo de Lucien Renchon, el protagonista. Creo que es quien lee con mayor claridad la historia trágica de Renchon, pues sabe de antemano, como cualquier buen lector de novela negra o policíaca, cuál es el único e inevitable desenlace de una historia como esta.

Usted es un reconocido traductor. ¿Qué piensa de la frase “Traduttore, traditore”? ¿Realidad o un simple prejuicio?

Es probable que la idea de la traición, del traductor como traidor, venga de la propia esencia de la experiencia de la traducción, del hecho de tener que ser “desleal”, de “destruir” la palabra y el “lugar” original, como dijo Antoine Berman, idea central que acompaña muchas de las teorías de la traducción y que se podría resumir en la imposibilidad de trasladar la resonancia primordial de toda lengua a otra lengua, con ecos propios intraducibles. Sería una tarea ilusa. Hipótesis, si no entiendo mal, que también planteó en parte Walter Benjamin, cuando habló de la “traducibilidad” de la obra de arte. El caso es que, como también afirmaba Berman, nunca estaremos completamente libres de la traducción, como una de las consecuencias de la pretensión y los espejismos universales de la torre de Babel.

Una tarea nada sencilla.

Aun así, el verdadero reto sigue siendo convencer al lector (nativo de esta otra lengua extranjera a la que se traduce) de tener una versión válida del original; válida en la medida en que la nueva versión responde a la estructura primordial de esta nueva lengua. Así, cualquier traductor juicioso se preguntaría, entonces, cómo sonaría y cuál estructura tendría un original en inglés o alemán escrito de nuevo en español, por ejemplo.

¿Cuál cree que es una preocupación vital en la traducción hoy?

Un tema fundamental para la discusión sobre el papel de la traducción hoy en día es el de su propia naturaleza colonial intrínseca. Un ejemplo fácil: el hecho de tener una memoria de la lectura de los clásicos (rusos, franceses, polacos, alemanes, japoneses, etc.) en esa especie de lengua también extranjera como es el español peninsular, con giros, sintaxis y retóricas de una orilla lejana.

Juan Carlos Onetti fue uno de los pioneros que introdujeron en América Latina el estilo del género policial. ¿Qué piensa de su obra?

Para nadie es un secreto que la obra de Juan Carlos Onetti es un referente obligado en cualquier reflexión sobre la escritura de ficción, y más aún la ficción escrita en español. Quizás la vinculación con el género esté tanto en una envidiable capacidad para crear atmósferas como en el manejo del lenguaje, en el talento para escuchar y reconocer el poder, la precisión, de las palabras escritas.

Por otro lado, y como sucede hoy en día con una obra como la de Patrick Modiano (traducido al español después de más de veinte y treinta años de publicado originalmente en francés), el universo de Onetti también lo habita cierta clase de protagonistas orilleros, que se mueven por los vértices y las fronteras donde la verdad, la justicia y la ley pierden gran parte de su valor establecido.

La novela negra, ¿mucho más que un asesino?

La novela negra no sólo se concentra en el argumento del asesinato, pues uno de sus principales combustibles ha sido la vinculación del poder con la corrupción, por ejemplo.

En su novela se combinan pulsiones de vida y pulsiones de muerte. ¿Por qué la novela se mueve entre estos dos extremos?

Encuentro en Lieja, que en una primera versión se llamó Cinco tardes con Simenon, parte de una premisa literaria afín a las novelas publicadas para la colección “Literatura o muerte”, creada por la editorial brasileña Companhia das Letras: tener como protagonista central un escritor, autor de novelas policíacas o no. Siguiendo otra directriz fundamental en la novela negra, era necesario plantear, por supuesto, un crimen. Por otra parte, la presencia de la muerte, como fuerza que relativiza las motivaciones y los deseos, era otro elemento ineludible.

Adelántenos algo sobre la novela.

El protagonista, Lucien Renchon, se enfrenta al interrogante devastador de ser quien le abre la puerta a la muerte y de si ese acto, el de atentar contra la vida en su máximo esplendor, le ha sido dictado por la voluntad, por su propio espíritu, dominado en un momento por un espejismo sentimental.

¿Por qué eligió un narrador en primera persona para “Encuentro en Lieja”?

Por dos razones: por una parte, guardar fidelidad a una de las características del formato, particularidad que acerca, además, la trama y el argumento a los territorios de la confesión íntima, casi siempre secreta para quienes rodean al protagonista de la novela negra cuando se adopta el punto de vista de quien comete el crimen. La otra razón tiene que ver con la propia experiencia de la escritura, con el reto de imaginar el lenguaje y, para decirlo de alguna manera, la topografía interna de un corazón y una mente totalmente ajenos a mí, tanto por razones históricas como geográficas. Lucien Renchon, además de ser habitante de una ciudad donde nunca he estado, imaginaba el mundo en flamenco y francés.

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