Obra prima de Katherine Vélez, 'Golpes en el sótano', en el Teatro Fanny Mikey

Su esposo, Ernesto Benjumea, dirige el montaje que la actriz escribió. No se considera dramaturga, sino una apasionada por el papel y el lápiz.

¿Por qué llamó a su obra 'Golpes en el sótano'?

Fue el primer nombre que se me ocurrió. Me imagino que por analogía. En el sótano de aquella casa suenan unos golpes que evocan los golpes que han sufrido quienes la habitan...

¿Qué fue lo primero que le dijo a su esposo cuando se la entregó?

“Tenga, sumercé. Haga lo que pueda. Yo por los ensayos no me aparezco, porque me da pena que los compañeros actores piensen que les voy a hacer auditoría. Si le tiene que cambiar algo me cuenta. Que Dios lo bendiga”.

¿Qué es lo más gracioso que tiene Ernesto Benjumea?

Que alguna gente piense que es muy serio.

¿Qué tan fácil es que su esposo dirija la obra que usted escribió?

Creo que es fácil, porque yo escribo lo que necesito decir y él dirige lo que quiere hacer. El punto de encuentro es la confianza.

¿La obra en escena es como se la imaginó?

Es más de lo que pude haber imaginado. Cuando los escribí, estos personajes eran intuición y concepto, no cuerpos. El director y los actores les dieron voz, entrañas, ritmo vital... huevos.

¿Cómo describiría la diferencia entre actuar frente a cámaras y frente al público?

La respiración de los que miran a un actor desde una butaca del teatro hace la diferencia. Respirar es un acto vital y el actor siente inevitablemente la vida que lo acompaña o se opone en su viaje por el escenario. La televisión no alcanza a provocar tanto.

¿Qué tiene de Katherine esta obra?

No es una obra autobiográfica. Mi pobre papá debe estar en el cielo salvando su honor. Lo que tiene de personal radica en que hablo de temas que me conmueven, me perturban y, por supuesto, los expongo desde mi punto de vista y con un tono de humor negro si se quiere.

¿Cómo ve el teatro colombiano?

Mucho mejor que hace unos años. Creo que aunque dispersos, hay grupos que avanzan con el convencimiento de que este oficio nuestro exige formación, disciplina y mucho tesón.

¿Cuál fue su primera aparición en televisión y la última?

La primera fue en Amanda, tortas y suspiros y la última en El capo. En la primera era Amanda y en la segunda una ‘torta’.

Una novela que no se perdía de niña.

Recuerdo especialmente El cuento del domingo. Como dicen las abuelas, “ya no se hacen de esas vainas tan buenas”.

¿Le gusta verse en televisión?

No. Me la sufro horriblemente. Tengo la excusa de que mi hija Antonia no ve novelas y así puedo escapar del dañino proceso de criticarme y darme duro por lo que hago o dejo de hacer.

La mejor hora del día para sentarse a crear.

La noche, pero no soy buena trasnochando porque madrugo. Quizá la mañana si uno logra desconectarse del teléfono.

¿Cuál es la relación entre la música y los personajes que interpreta?

Muchas veces empiezo a pensar en un personaje a partir de la música que yo supongo que oye. Ese proceso me resulta divertido, porque dependiendo de eso integro lo que ese personaje dice o hace.

El personaje que más le ha gustado interpretar.

Recuerdo con especial cariño a Mónica, en Guajira; Josefina, en La saga; “La Generala”, en Todo por la plata; Isabel Cristina, en El capo, y Amparo, un personaje que hice en Salsa y que me acercó a la música... para desgracia de mis vecinos, a los timbales.

¿Qué le quedó de ‘La Generala’?

La peluca y buenos momentos de ese combo de trabajo. Mas bien fueron las “Generalas” de la vida real las que me enseñaron los discursos mamertos y la Internacional socialista. Claro que me quedé esperando que “La tierra fuera la patria de la humanidad”.

¿A qué reto se enfrenta cuando escribe teatro?

No tengo el oficio ni el rigor que exige escribir. Puedo tomarme muchos meses escribiendo y reescribiendo tres páginas. He sacado en limpio un par de obras, pero no soy dramaturga, como no es actor todo el que tiene trabajo en televisión. Escribir me hace feliz y punto.

La temporada irá hasta el 21 de noviembre en el Teatro Fanny Mikey.

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