Ramiro Osorio, un gigante de la gestión cultural

Dirige el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo. Considera que el destino hizo que su carrera como gestor cultural en Latinoamérica y Europa lo fuera preparando para el cargo.

Ramiro Osorio fue embajador de Colombia en México (1994) y el primer ministro de Cultura,  en 1997. / Óscar Pérez - El Espectador
Ramiro Osorio fue embajador de Colombia en México (1994) y el primer ministro de Cultura, en 1997. / Óscar Pérez - El Espectador

¿Cuándo se interesó por el teatro?

A los ocho años pasó algo que me cambió la vida. Estudiaba en el colegio y estaba en el grupo de teatro. Por alguna razón terminamos actuando en el Colón y, ese día, descubrí que el encuentro entre el público y el artista es una experiencia única que transforma la vida. Lo que sigo buscando en el Teatro Mayor es eso, que la gente venga al teatro.

¿Cómo empezó su formación como gestor cultural?

Aprendí el oficio desde los cargos más humildes. Entré a los talleres del teatro La Mama y la Universidad Javeriana en una época en que todo era más difícil. Eso me dio una condición un poco singular. No soy un gestor cultural que haya estudiado en una universidad, sino que he aprendido resolviendo desde los problemas más pequeños hasta los más grandes.

¿En qué momento vino la oportunidad de ir a México?

Formaba parte del grupo de la Javeriana y nos invitaron a un festival en ese país. Tenía 22 años y fuimos con la idea de hacer dos funciones, pero terminamos haciendo una gira que duró tres meses. Fue alucinante descubrir un país que ha hecho de su diversidad su fortaleza. Los mexicanos son orgullosos de sí mismos como pocos pueblos en el mundo.

¿Por qué decidió volver a Colombia?

Después de esa gira, que terminó en Honduras en octubre de 1974, regresé a México al año siguiente y he vivido allí cerca de 22 años. Volví a Colombia por primera vez, en 1987, cuando, junto con Fanny Mikey, empezamos a trabajar para crear el Festival Iberoamericano de Teatro.

¿Cuándo conoció a Fanny Mikey?

Sabía quién era Fanny porque era una actriz muy reconocida, pero no la conocía personalmente. Un día, cuando era director del área de danza y teatro de la Universidad Autónoma de México, el embajador de Colombia me llamó porque quería que le mostrara a Fanny el complejo de teatros que tiene la universidad.

¿Cuándo empezaron a idear el Festival Iberoamericano de Teatro?

Nos encontramos en Guanajuato, una ciudad en donde estudié y en la que dirigí el Festival Internacional Cervantino, que quizás es el más importante de toda América y que reúne ópera, teatro, danza, música y artes plásticas. Allí Fanny me propuso que regresara a Colombia. La pregunta era para qué, y así empezamos a crear lo que sería el Festival Iberoamericano de Teatro.

¿Cómo era el ambiente del país cuando apareció el Festival?

Era una época muy dura. Habían matado a cuatro candidatos presidenciales y, por cuenta del terrorismo, la ciudad atravesaba un momento de enorme tensión. Al mismo tiempo existía un movimiento teatral muy fuerte y beligerante en lo social y artístico. Esos dos factores fueron centrales para el éxito del festival que llegó a abrirle las puertas a la cultura.

¿Cuándo escuchó por primera vez sobre el Teatro Mayor?

A finales de 2009, por casualidad, me enteré de que la familia Santo Domingo le iba a donar a Bogotá un gran complejo teatral. En ese momento vivía en España y dirigía una empresa de teatros. Creía que mi capítulo en Colombia ya estaba cerrado y que no iba a volver al país.

¿Cómo llegó a la dirección del teatro?

Vine a Bogotá, y unos días antes de regresar a Madrid, Catalina Ramírez, quien entonces era la secretaria de Cultura, me llevó a conocer el teatro cuyas obras estaban muy adelantadas. En medio de la emoción le dije que me regresaría para dirigir este teatro. Ese comentario hizo carrera y tanto el alcalde como la familia Santo Domingo se comunicaron conmigo para ver si de verdad había interés.

¿Qué significó asumir ese reto?

Es un gran privilegio. Después de tantos he ido acumulando experiencias políticas, diplomáticas y administrativas, y estar a cargo del Teatro Mayor ha implicado poner en práctica todo ese aprendizaje. Siempre he tenido responsabilidades maravillosas y es como si mi destino estuviera en un libreto en el que una cosa me lleva a la otra.

¿Cuál ha sido la mejor parte de estos seis años a cargo del teatro?

El teatro se ha convertido en un referente a nivel global y está pasando por un momento brillante. Sin exagerar, los más grandes artistas del mundo quieren venir aquí. Programamos 48 semanas al año para enriquecer la vida en Bogotá. Todo eso hace que esta casa tenga una vitalidad extraordinaria y que la mía sea una tarea muy bella.

¿Qué siente tras haber cosechado tantos premios este año?

Es muy honroso. Primero, el rey Felipe VI me dio la Encomienda de Número del Mérito Civil. Después el gobierno mexicano me entregó el reconocimiento Ohtli, un galardón para quienes han servido a ese país y a sus ciudadanos. Finalmente, la Sociedad de Mejoras y Ornato de Bogotá me dio el premio Jiménez de Quesada por haber ayudado a mejorar la vida en la ciudad.

 

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